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The Amity Affliction: El otro espíritu adolescente

The Amity Affliction: El otro espíritu adolescente

Emoción y brutalidad para millenials
The Amity Affliction: El otro espíritu adolescente

 

Miércoles 17 de mayo, 2017. Discoteque Blondie

Cuenta Wikipedia que el origen del nombre de The Amity Affliction tiene que ver con enfrentar una tragedia en ese difícil periodo de la vida como lo es la adolescencia. Un amigo cercano a los miembros de la banda falleció en un accidente automovilístico, lo que les cambió su mirada ante la vida. El impacto de aquella muerte, tan cercana, fue lo que motivó a bautizar al grupo de esta manera, apelando a la amistad y a la lucha sicológica interna que tuvieron que afrontar a tan temprana edad.

De ahí en más, y abrazando los filosos sonidos del emo-metalcore, los australianos sintonizaron con la actual generación desde la angustia, la ansiedad y la depresión adolescente. Aunque es erróneo emparentar etimológicamente la adolescencia con la palabra adolecer, es innegable que en este periodo de crecimiento implique padecer ciertos tópicos negativos que conducen, muchas veces, a un dolor insostenible.

  

Por eso, no fue raro ver la pista de la Discoteque Blondie convertirse en un colérico ciclón de desahogo producido por los centenares de adolescentes que llegaron a ver y escuchar a Amity Affliction. Desde ‘I Bring the Weather with me’, ‘Open Letter’ y ‘Lost & Fadding’, el despliegue de fuerza incesante desde el escenario sólo conseguía respiros cuando el bajista Ahren Stringer –saludando a la bandera con su polera de AC/DC- se ponía en frente al micrófono y le daba el toque de punk emo a las canciones, con su voz limpia y melódica.

Desde atrás, era impresionante ver lo que producía la banda en el público. Brincaban, cantaban, grababan. Confusión y furia. Pero no había nada de manual, todo era “como saliera”. La catarsis era mayor, los bailes hardcore casi tribales eran la vía de escape de sus angustias juveniles. Todo en sincronía con los saltos de los guitarristas Dan Brown y Kyle Yocum, que iban y venían de un lado a otro.

 

La performance del vocalista Joel Birch es cosa aparte. Es sumamente interpretativo mientras desgarra su garganta para sacar gritos agudos y rasgados, que transmiten la desesperación de sus letras que apelan constantemente al suicidio adolescente (vale mencionar que la banda trabaja con diversas ONGs para prevenir esta problemática juvenil). Los aullidos de Birch, cuyo poder es descollante y tan punzante como una sierra eléctrica, siempre eran el botón de partida para que la banda desplegara su mejor faceta metalcore, con redobles tenebrosos y riffs tan veloces como densos. Además, estuvo siempre atento al público, incluso ayudó al borde de la valla del escenario a los fanáticos que caían desde el público luego del ritual de “surfear” arriba de todos. Se conexión fue tal, que en ‘Death’s Hand’ le indicó al público que se abriera hacia los costados, cual Moisés, dejando todo preparado para que se iniciara un nuevo y caótico torbellino humano. 

Sin displicencias y casi sin momentos para alguna pausa (salvo en la más melódica del repertorio: ‘All Fucked Up’, y en el break), los australianos terminaban con la triada ‘Pittsburgh’, ‘Don't Lean on Me’ y ‘This Could Be Heartbreak’, todas coreadas con insólita vehemencia, cerrando así una hora de show. Un verdadero huracán de metalcore, que colisionó con todo a un público que compartió complicidad en todo momento, totalmente entregado al ruido y la furia de la banda.

Puede que The Amity Affliction no tenga mayores matices en su sonido, salvo el uso de samples, teclados pregrabados que le dan un toque distintivo, pero su descarnada potencia y performance, más sus letras en total diálogo con la generación millennial más oscura –pero totalmente desprejuiciada: en la previa no tuvieron problemas para disfrutar a Eminem, Flo Rida y Pitbull-, dejó en claro que su música se entiende bajo esos exactos parámetros. Brutalidad y emocionalidad, juntas y revueltas para exorcizar los demonios y tormentos adolescentes.

Cesar Tudela

Fotos: Gary Go

 

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