Se encuentra usted aquí

Descendents: No somos losers

Descendents: No somos losers

Un debut histórico y conmovedor
Descendents: No somos losers

Miércoles 7 de diciembre de 2016
Teatro La Cúpula

En mayo de este año Gustavo tenía planificado un viaje a Estados Unidos. La ansiedad era la dueña de sus emociones. Todos los días se metía a sitios web de agencias de viaje para cotizar los pasajes más baratos. Reencontrarse con su novia, que estaba viviendo allá, era uno de los objetivos de su periplo, pero había otro, quizás más subyacente y, probablemente, más importante, aunque nunca lo admita públicamente: ver por primera vez a Descendents en vivo. Tenía todo listo para volar desde su Asunción natal a Norteamérica, pero sus deseos quedaron hechos pedazos cuando el Consulado de Estados Unidos en Paraguay rechazó su solicitud de visa.

Jorge lleva años tocando bajo en Waterglass, una banda que ha tenido algo de éxito en la escena local. Antes de lograr aquello formó parte grupos que pasaron sin pena ni gloria por escenarios de gimnasios escolares, de multicanchas, de sedes vecinales y en un sinfín de tocatas donde los grupos que tocaban eran lo menos importante. Una de esas bandas se llamaba Denial. A sus escasos trece años de edad, Coke, como le dicen sus amigos, siempre se paraba en el escenario acompañado de su bajo y con un precario inglés decía las siguientes palabras tras tocar las cuerdas de su instrumento con sus frágiles dedos de niño: “Running out of time again, where did you go wrong this time? When your problems overwhelm you, go get drunk, it's party time”. La canción muchas veces pasaba desapercibida por los oídos de sus auditores, pero Jorge se sentía feliz tocándola, casi como si estuviera cumpliendo un sueño y fuera el cantante de su banda favorita.

Bastantes años más atrás, a fines del siglo pasado, o quizás a comienzos de éste, se organizó en Santiago una tocata tributo a Descendents, en la Paila Marina, donde tocó Nosindependencia, Syndie y los desaparecidos VTS. Aún el punk rock de corte melódico no llegaba a su apogeo pero iba encaminado hacia ese destino, por lo que existían varias expectativas en que ese homenaje a uno de los grupos más representativos de la escena internacional fuera un éxito. Nada de eso pasó. No llegó casi nadie. La tocata terminó siendo un fiasco. Los integrantes de Nosindependencia cuentan como anécdota que el show fue tan malo que decidieron llamarlo el “Tributo a Decadent”.

Muchos de los miembros de esas tres bandas se encuentran ahora girando en medio del circle pit que se forma siguiendo el ritmo del acelerado bombo que Bill Stevenson golpea con su grueso pie. Todos, menos el baterista de “Nos”, quien se desplaza de un costado hacia el otro del escenario preocupado porque el show, en el que hipotecó hasta el alma y por el cual luchó por organizar desde hace mucho tiempo, salga a la perfección. En el pogo también se encuentra Jorge y Gustavo. Ambos no se conocen, jamás se han visto, pero se han encontrado un par de veces en medio de esa masa de gente, se han abrazado y han coreado juntos alguna estrofa de la misma canción.

También se encuentra en el circle pit Daniela, quien inevitablemente ve por el rabillo de su ojo a su ex pololo con el que terminó una larga relación y con el que soñó compartir dicho momento. Se encuentran en medio de la muchedumbre, pero no se saludan, sólo se miran un par de segundos, para luego perderse, tal como sucedió también con ese proyecto de vida que alguna vez tuvieron.

Así como ellos, en el pogo hay centenas de personas. Probablemente muchos también tiene historias de derrotas, de decepciones, de frustraciones, de rechazos, historias que probablemente acompañaron con las canciones de Descendents de fondo, esas canciones que hablan desde el fracaso, pero que siempre dejan abierta una ventana para que se cuele una luz de esperanza. Hoy, Gustavo, Jorge, los integrantes de los grupos que protagonizaron el fallido tributo, Daniela y cada una de las casi 2.000  personas que repletan la Cúpula del Parque O’Higgins han dejado atrás sus fracasos y están viviendo una jornada de triunfo, se están sintiendo ganadores, porque por primera vez están cumpliendo el sueño de ver en vivo a una de las bandas trascendentales en la historia del punk.

Arriba del escenario de la Cúpula del Parque O’Higgins se encuentra un cuarteto procedente de California que, gracias al apoyo de enfervorizados fanáticos que se desviven en medio de la cancha, también se sienten ganadores. Atrás quedaron los años de fracaso, los años de separaciones, los años de fallarle al clavo cuando todo parecía indicar que el golpe iba a ser certero. Hoy viven un segundo aire, más bien una especie de cuarto aire, girando por el orbe y logrando un éxito que durante años sólo se circunscribió a una reducida escena musical.

No sé si la justicia existe, pero ahora sí está sucediendo eso con Descendents, con una carrera revitalizada gracias a una fórmula creada por ellos hace más de treinta años y que a mediados de los 90 fue usada y manoseada por un sinnúmero de grupos que se hicieron multimillonarios con un sonido que sólo se dedicaron a imitar. “Es bueno ver que estos tipos estén recibiendo el crédito por lo que, en cierta medida, ellos crearon”, dijo Joey Cape, el vocalista de Lagwagon, en el documental “Filmage: The Story of Descendents/All” y hoy somos testigos de que eso se está cumpliendo.

Es 7 de diciembre, son pasadas las 23.00 horas. Ya tocó Valium, quienes coronaron un gran año compartiendo escenario con una de sus principales influencias. “¿Cuántas veces habremos tocado cóvers de Descendents?” Escribió el guitarrista del grupo, Noel, hace algunos días en su Facebook. Hoy, ya consolidados como uno de los exponentes más interesantes del punk melódico local no tuvieron la necesidad de ganarse al público a través del fácil recurso de los cóvers, sino que gracias a sus temas propios como ‘Una vez más’, ‘Poco a poco’ o ‘No me quiero acostumbrar’, los cuales fueron muy bien recibidos. Una merecida respuesta para una de las bandas que estuvo detrás, junto a Mixtapes Lovers, de la realización de “Thank you”, un tributo a Descendents grabado en 2012 por varios grupos de la escena under chilena.

También pasó por el escenario Berri Txarrak, quienes con un estilo inclasificable que entremezcla el punk, el metal y el rock alternativo, brindaron en media hora una clase maestra de ejecución y técnica y que provocó la respuesta entusiasta de algunos seguidores, incluido Fermín Muguruza, leyenda del punk rock vasco y que llegó a la Cúpula para presenciar a sus coterráneos, herederos de la reivindicación del euskera.

Ya se desató el desorden con los BBS Paranoicos, uno de los grupos más importantes del punk rock nacional, y que este año, justo cuando cumplieron un cuarto de siglo, pudieron por fin compartir escenario con una de las bandas que más los ha influenciado a lo largo de su carrera. Ya se escuchó ‘Ausencia', ‘El regreso’ y ‘Mentira’, que emocionaron a los fans de antaño, tal como ‘La rabia’ o ‘Corazón al barro’ lo hicieron con los seguidores más nóveles.

Ya salió a escena Milo, Stephen Egerton, Karl Alvarez y Bill Stevenson, ese robusto baterista que hace un par de años se codeó con la muerte y al que hay agradecerle la existencia de Descendents, ya que es el cerebro y corazón de la banda. Ya sonó ‘Everything Sucks’, tema que abrió la presentación de los norteamericanos y que desató un frenesí que, yo al menos, pocas veces he visto en un escenario nacional. Ya pasó 'Hope', uno de los himnos del grupo, el cual decidieron tocar en segundo lugar y así triplicar la locura desatada minutos atrás. También se escuchó ‘Rotting Out’, ‘Pervert’, ‘I Wanna Be a Bear’ y ‘Silly Girl’, que provocó una hemorragia de stage divings. El público que repletó la Cúpula no ha dejado de corear ninguno de esos temas, que suenan a la perfección, algo que no suele caracterizar a los conciertos de punk. Y pese al calor, pese al cansancio, pese a que el aire está denso, caliente, pegoteado y cuesta respirarlo, la gente aún tiene fuerzas para entregarlo todo. Ahora se escucha ‘Nothing With You’ y yo, que me alejé durante unos minutos del circle pit para tomar apuntes, desvío la vista de mi libreta de notas y empiezo a mirar si en algún lugar del recinto se encuentra mi ex polola para que me vea dedicándole esa canción.

Es el turno de otros hits, como ‘Clean Sheets’ o ‘Suburban Home’ y de una serie de temas de su último disco, “Hypercaffium Spazzinate” (2016), como ‘Victim of Me’ o ‘Shameless Halo’. Milo, con sus gruesos lentes y su característica postura algo curvada y con las rodillas semi flextadas, agradece a la gente su recepción y los invita a formar un demencial pit con ‘Coffee Mug’. Es difícil poguear, porque hay muchas personas en la cancha, pero aún así, todos se esfuerzan para girar con canciones como ‘Myage’ o ‘I Don’t Want to Grow Up’. La euforia se transforma en emoción con ‘Get the Time’. Son muchos los ojos del público que comienzan a tornarse rojos. Algunos contienen las lágrimas, pero otros no pueden y las dejan correr por sus mejillas mientras suena ese emotivo tema que forma parte de “Enjoy” (1986), el tercer disco del grupo.

Es intenso lo que se vive en la Cúpula y se acrecienta aún más cuando suena ‘I’m the One’ seguida inmediatamente de 'Bikeage'. Jorge aparece en el pogo y enfervorizado canta, ahora sí con un mejor inglés, ese tema que lo inspiró a formar una banda hace más de diez años atrás. Al igual que él, se replican las figuras humanas nadando entremedio de cabezas, brazos y espaldas. Luego viene ‘When I Get Old’ y ‘Coolidge’, canción que probablemente nos identificó a todos los que estamos ahí en más de una ocasión. “I’m not a cool guy anymore”, grita fuerte el público.

Descendents ahora toca ‘Thank You’ y Milo se acerca a la reja que separa a la gente de el escenario para compartir con ellos el micrófono y hacer que canten con él la estrofa que dice “thank you for playing the way you play”. Son muchos lo que sienten de verdad aquello y quieren acercarse a ese antifrontman con pinta de nerd para agradecerle por tocar junto a su banda del modo en que lo hacen.

Suena ‘Descendents’, track inicial del “I Don’t Want to Grow Up” (1985) y el grupo abandona el escenario por algunos minutos para regresar a destrozar todo con dos temas nuevos ‘Feel This’, ‘Smile’ y dos clásicos como lo son ‘Sour Grapes’ y ‘Catalina’. La banda vuelve a retirarse, las puertas de la cúpula se abren y son varias las personas que comienzan a caminar en dirección a abandonar el recinto, pero de pronto se escucha tímidamente desde el público “olé, olé olé, olé, olé, olé olá, soy Descendents, es un sentimiento, no puedo parar”. El cántico empieza a ser coreado por más gente, hasta que todo el teatro lo canta más fuerte que las canciones de Los de Abajo o de la Garra Blanca.

El cuarteto regresa al escenario, quizás motivado por esa canción de estadio o tal vez porque lo tenían presupuestado desde antes, y le brinda al público los últimos minutos de diversión, de emoción y de pasión con ‘Testorene’, ‘Spineless and Scarlet Red’ y ‘Kabuki Girl’, canción que no han tocado en ningún otro país de su gira y que ahora emplean para cerrar un show que se extendió por más de hora y media.

Son treinta y seis canciones las que acaba de tocar el grupo, que ya abandonó el encenario. En los rostros del público que camina rumbo a la salida la emoción se entremezcla con la sorpresa. Algunos saben que vivieron un show de esos que quedan grabados para siempre, otros aún no asimilan que lo que acabaron de presenciar difícilmente se vuelva replicar, pero probablemente todos se encuentran tan extasiados, tan felices, tan emocionados por ser testigos de un momento que para los seguidores del punk rock será de culto.

Muchos de los que estamos ahí ingresamos al punk o al hardcore porque fue nuestro refugio, el lugar donde decidimos alejarnos de ese mundo convencional del cual nunca nos sentimos adaptados. Muchos nos refugiamos en esas canciones perdedoras de Descendents, antes de que ser nerd fuera sinónimo de cool como quieren hacernos creer los hípster de hoy, porque encontramos que ahí estaban escritas nuestras vidas. Muchos sentimos miedo de acercarnos a la niña o niño que nos gustó o sufrimos por enamorarnos de alguien que sólo nos vio con ojos de amistad. Pero todos aquellos que estuvimos identificados con esos temas más cercanos al fracaso que al éxito, como Gustavo, como Jorge, como Daniela, no fuimos unos perdedores esta vez. Ganamos, nos emocionamos y fuimos felices escuchando el soundtrack de nuestras infancia, de nuestra adolescencia y de nuestra adultez, esas treinta y seis canciones escritas por cuatro viejos cincuentones que dejaron su vida en el escenario. Gracias, Descendents, gracias por tremendo show. Hoy no somos losers. Nada apesta hoy.

José Pedro Rossel
Fotos: Gary Go

Galería Asociada: 

Tags: 

COMENTARIOS

Contenido Relacionado