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Tenemos Explosivos: Hacer, sufrir y aprender

Tenemos Explosivos: Hacer, sufrir y aprender

A semanas de su show en el festival Rockout
Viernes 20 Octubre, 2017
Tenemos Explosivos: Hacer, sufrir y aprender

“Tenemos Explosivos es una banda de post-hardcore que habla de la memoria colectiva y los crímenes de la historia, utilizando como telón de fondo la literatura contemporánea y la tragedia griega”. No hay mejor descripción que la que entrega el mismo Eduardo Pavez, letrista y vocalista, de actual residencia en Londres. Coordinando las cuatro horas de diferencia que hay entre Chile e Inglaterra, junto a Juan José Sánchez – guitarrista-, nos contactamos con él vía videollamada. El ejercicio para los muchachos ya es común, puesto que Eduardo lleva largos años viviendo en Europa, con una estadía iniciada en Berlín. ¿Cómo sobrevive una banda sin su vocalista? Y lo que es más llamativo, ¿cómo lograron hacer un disco como “Victoria” en esas condiciones? La tecnología ha ayudado, sin duda, y sobre todo, la sinceridad en cuanto a sus objetivos, tan brutales como concretos: “no esperamos nada”. Eduardo tiene su tesis: “la distancia ha hecho un efecto de ilusión óptica con el que estamos todo el rato con el material al frente”

Considerando factores como las buenas críticas acumuladas con “La Virgen de los Mataderos” y la dificultad particular de ustedes por no estar siempre juntos ¿Cómo se perpetúa Tenemos Explosivos en la interna para lograr sacar “Victoria”, su último disco?

Juan José Sánchez (J): Por lo menos desde acá se nos hace más fácil componer sin Eduardo. Como que musicalmente lo resolvemos mejor. Una quinta persona es una quinta opinión, y no es por menospreciar sus ideas, pero nos hacía darnos una vuelta más, y muchas veces, nos complicábamos más que solucionábamos. En ese sentido, con “Victoria” todo se dio más expedito, en un año ya teníamos todo. Y se dio también que yo me metí mucho más en la composición, quizás por eso quedó con más riffs noventeros, recuerdo que estaba escuchando harto Helmet y Smashing Pumpkins. Igual, a medida que íbamos componiendo, le íbamos mandando a Eduardo los demos por notas de voz o mail. Él nos comentaba de vuelta, pero eran detalles.

Eduardo Pavez (E): Es curioso cómo se generan dos perspectivas de lo mismo. Los chiquillos, por ejemplo, igual me mandaban audios de los ensayos y para mí era súper difícil imaginarme cómo iban a quedar. Por ejemplo, en nuestra música las melodías las pone el bajo, aunque en este disco un poco menos, ya que las guitarras son más melódicas, pero antes eran como otra voz en sí. Y esta vez estaba todo más “riffeado”, más rockero. Me di el ejercicio de escuchar el disco en forma de mensaje de voz de Whatsapp, entonces para mí no tenía ninguna diferencia el tema 1 con el 5, con el 10, eran una masa de canciones no más. Me acuerdo claramente que lo primero que pensé fue la trompeta de ‘Coéforos’. Al final, cuando me llegó el disco listo, tenía una noción general de lo que era.

¿Qué tan complejo es trabajar así?

E: Para mí ya es difícil hacer melodías en la voz, porque no soy músico, soy escritor, entonces cuando me llegó el disco de golpe fue heavy. Luego viene la parte de qué voy hacer a la hora de armar los temas, porque me gusta crear narraciones grandes. El problema a la hora de escribir un disco entero de golpe es poder diferenciar qué cosas son orgánicamente necesarias en el proceso del disco, y qué cosas estoy forzando para sentir que voy avanzando en la escritura. Ahí apareció la imagen de la familia, y partí de esa base. Pero llegó un punto donde comencé a cuestionarme, “¿estoy haciendo esto porque necesito una imagen central alrededor de la cual escribir, o porque es algo que realmente quiero escribir?”. Todo el tiempo está esa pregunta, porque si no voy hacer un trabajo honesto, mejor no lo hago.

Hay una confianza mutua en esta relación a distancia, donde cada uno hace su parte.

J: Sería súper cara dura decirle a Eduardo “oye, están mal tus letras”. Está claro su trabajo, pero en la parte musical, sí hay un diálogo. Nos escribe y nos dice que le vayamos mostrando lo que tenemos, así va opinando y sugiriendo cosas, y viceversa.

E: Lo que ellos me van diciendo no tiene que ver con el contenido de las letras, sino con la forma de cantar. Entonces el trabajo de ellos ha sido decirme ciertos manerismos que repito mucho. Pasó por ejemplo que en este disco, que fui a Santiago a grabar, se hizo todo un trabajo durante la mezcla, donde aparecieron las sugerencias de todos. Y es interesante, porque a pesar de ser distanciado, es de mucha confianza. Todos queremos sacar un buen disco.

J: Claro, todo enfocado a qué es lo mejor que funciona para una canción. En ese sentido, fue súper bueno lo que hicimos en ‘Serpientes lactantes’, donde hay una parte que es un audio de Whatsapp.

¿Cómo fue eso?

J: No alcancé a ir a las tomas de grabación de Eduardo, y en el coro de esa canción el coro habían decidido que era mejor poner un sampler, y había un minuto y medio al final que no había nada. Entonces saqué el sampler, lo puse al final y quedó preciso, pero quedó un pedazo vacío al medio, y le dije a Eduardo: “loco, cánta por Whatsapp”, y lo grabamos así, con un micrófono al celular. Seis tomas. Tomamos lo mejor de cada una y armamos un frankenstein que creo funcionó bien, y de alguna forma es un bonito reflejo del trabajo a distancia.

E: Y que no es como un efecto de megáfono puesto como para sonar “choro”, sino que es la honestidad absoluta de decir “esto es lo que dimos”.

Las letras de “Victoria” abrazan un concepto sobre situaciones familiares, con historias crudas ¿Cómo surgió esta imagen?

E: El proceso de nacimiento de las letras es sólo sentarse a escribir. No trabajo mucho con inspiración. Cada letra la debo haber escrito entre ocho y diez veces, hay mucha depuración y de volver a probar. Me gusta trabajar con ciertas imágenes centrales sobre las cuales construyo cosas. La imagen central de una cena familiar, unos animales sangrando que están encerrados, un centro de tortura, y cómo junto estas tres cosas de alguna forma narrativa que me interese lo suficiente como para que dure un disco entero. Ese es el ejercicio, teniendo en cuenta ciertos referentes que son inamovibles para mí, como la tragedia griega. He escrito varias versiones para teatro de la “Orestíada” de Esquilo, y he dado charlas sobre esta obra, la conozco muy bien y usé estos elementos en el disco: la primera parte de la tragedia se llama ‘Agamenón’, entonces propuse que empezáramos con esa canción, la segunda parte es ‘Coéforos’, y pusimos esa canción al medio, entonces es una sincerización del proceso, tomando ciertas bases de esto que me gusta, utilizando las imágenes que tengo, y armando una narración general, pero son procesos por los cuales paso y que son súper largos también.

Aparte de la tragedia griega, es común leer el imaginario de temas políticos no resueltos que construyes, ¿sientes una necesidad de siempre estar planteando estos conflictos pendientes?

E: Sí y no. El hecho de nacer chileno y haber nacido en los ochenta te obliga a hablar de ciertos temas, como que no puedes escapar de ellos. Nuestra infancia pasa, donde hayas estado, por la dictadura. Es una necesidad de hablar del tema porque también hay una serie de lógicas políticas que obligan al olvido y que tienen una serie de consecuencias bien duras. Y no necesariamente es para colocarse el rótulo de banda política y salir con la bandera, porque no somos los representantes de nadie, pero sí me interesa armar ciertas narrativas que a todos nos competen, y desde ahí trabajamos.

En esa transversalidad, hay algo muy potente que se produce en sus shows, como cuando tocan ‘Monte Estepar’ y en la frase “O todos o ninguno / O fusiles o cadenas” se percibe una vibra como cuando Quilapayún toca ‘El Pueblo Unido’, pero con toda una generación nueva. Hago el link sobre todo tomando en cuenta la colaboración que tienen en ‘Desoquedad’ con Marcelo Nilo. ¿Sienten que tienen algún vínculo con ese canto comprometido?

J: Sí, pero es algo más coincidente que patente. Ellos vivieron una época de horrores, y siento que no podían cantar de otra cosa. Lo nuestro va más por la memoria, para que no se olvide y no vuelva a pasar nunca más. En el fondo es validar una lucha desde nuestra trinchera. Es una coincidencia de una forma de ver la vida, 30 o 40 años después, sigue siendo la misma cosmovisión.

E: También hay un punto reinteresante y tiene que ver con la narrativa de la música, con el objetivo casi etiológico que tiene el hecho de armar una banda, como preguntarse “¿por qué cantas? En la Nueva Canción Chilena hay un llamamiento súper épico a la organización, a la acción, a cambiar. Hay un dejo de esperanza de un Chile que podía armarse, un plan país. Con el derrumbe de esta lógica, con el Estadio Nacional y el Estadio Chile lleno de gente detenida y con toda la mierda que hubo después, ya cantar ese discurso se nos quedó atrás. Lo que nos queda es mantener la memoria, ya no clamar por los sueños de la revolución, sino por el recuerdo de cómo eso fue destruido y por todo lo que se vino después. Es un tipo de narrativa súper triste, no en vano la pena juega un rol importante en los discos de la banda, y hay una reminiscencia directa: padres e hijos muertos, personas que se van, cuerpos que desaparecen, hay toda una lógica en este mundo, y al final son temas súper humanos, no recuerdo quien decía que “el amor y la muerte son los únicos dos temas de occidente”, pero en el fondo es eso. En el hecho violento de la tortura y la muerte, había un montón de gente que se quería entre sí, no hay que buscar mucho para encontrar estos dos temas en nuestras mismas familias. 

 Por César Tudela

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