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Sigur Rós: la emoción del aquí y el ahora

Sigur Rós: la emoción del aquí y el ahora

El inolvidable debut de los islandeses en Chile
Sigur Rós: la emoción del aquí y el ahora

Viernes 24 de noviembre de 2017, Movistar Arena

No deja de ser curioso que una banda a todas luces experimental como lo es Sigur Rós, tenga un arrastre y adoración tan masiva como la que se pudo observar ayer en el potente debut que realizaron en nuestro país. En el mejor de los casos y en sus momentos más “normales”, los islandeses son una agrupación de pop ambiental bastante espesa que, más aún, ni siquiera interpretó “Hoppipolla”, el tema más digerible de su catálogo. Sin duda que en todo esto, la potencia emocional de su música, la belleza prístina de sus canciones y la voz extraña pero siempre melodiosa y en extremo triste de Jónsi, tienen mucho que decir. Por pasajes, el grupo desplegaba furiáticos constructos de puro ruido que, por supuesto, eran matizados con momentos reflexivos, calmos, de introspección y profunda nostalgia.

A las 21:15 en punto, el trío actual conformada por Jónsi en voz y guitarra tocada con arco en el 90% del show, Georg Hólm en bajo y teclados y Orri Páll Dyrason en batería, subió a un escenario –un espacio íntimo digamos-, donde se podían ver entre unos postes que se transformaban en cruces y una pantalla en el fondo, que en todo el concierto iba cambiando sus proyecciones, siempre surrealistas y en concordancia con el tono y estado de ánimo de cada canción. Sin palabras de por medio, la banda abrió el espectáculo con el nuevo tema ‘Á’ y luego siguió con ‘Ekki Múkk’ del álbum “Valtari” de 2012. Ambos de inmediato dejaron sentir con potencia, el estado de ánimo triste, intimista y melancólico que atravesaría la noche en su mayor parte. 

Sin embargo, la más energética ‘Glósóli’, uno de los temas más conocidos del grupo aparecido en el álbum “Takk…” de 2005, significó una explosión de entusiasmo por parte del público. Era impresionante ver cómo Jónsi, quien ha inventado una técnica completamente nueva de guitarra eléctrica ejecutada con arco, iba de la interpretación de delicados sonidos texturiales, hasta llegar a intensas explosiones de sonido. Por su parte, Orri Páll Dyrason matizaba percusiones sutiles y contenidas, con momentos de energía casi tribal. Las cosas se mantuvieron en alto, con las interpretaciones de ‘E-Bow’, ‘Dauðalagið’, ‘Fljótavík’, ‘Niður’ y ‘Óveður’, exposiciones de las distintas facetas y épocas de los islandeses.

Ese falsete de Jónsi lleno de peso emotivo y belleza interpretativa fue, por supuesto, el protagonista de toda una jornada que nunca bajó en intensidad, que mantuvo en todo momento esa tan peculiar manera de entender la tristeza, la contemplación y en la que se expresó de manera impactante, ese espíritu –digamos- ingenuo y bondadoso presente en la obra de Sigur Rós. Otro momento especial, llegó con ‘Sæglópur’ de “Takk…”, en una interpretación de alto calibre. Canción a canción, las proyecciones iban cambiando, generando distintas sensaciones para cada una de ellas: colores pregnantes, formas extrañas, paisajes agrestes, imágenes del universo, se sucedían en un continuo juego entre música y visualidad.

A continuación ‘Ný Batterí’, ‘Vaka’ y la belleza estática de ‘Festival’, siguieron impregnando el recinto de melancolía a raudales. Un verdadero llamado a dejar lo superfluo y las preocupaciones cotidianas, para entrar en otra dimensión, en la que solo importa la emoción del momento, el aquí y al ahora que crean los sonidos y melodías de Sigur Rós. La más marciana y energética ‘Kveikur’, fue un complemento para un concierto, por lo general, cruzado por una añoranza contemplativa, una tristeza llena de esperanza. 

Luego de interpretar ‘Varða’ y ‘Popplagið’, que fueron las dos finales de un show de dos horas de duración, los integrantes de Sigur Rós iban y volvían al escenario para despedirse, me imagino, maravillados por el cariño y pleitesía demostrada por el público local, que los recibió como verdaderos héroes musicales. Un concierto que demostró una vez más que Sigur Rós es un fenómeno único de música actual, que ha sabido tocar la fibra de miles, sin hacer una propuesta fácil, sino que todo lo contrario, de un voltaje emotivo que pocos grupos se pueden jactar de poseer. Una jornada inolvidable.

Héctor Aravena A.
Fotos: Juan Pablo Maralla

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