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Fish Rising

Fish Rising

Fish Rising

Viernes 01 Julio, 2011
1975. EMI/Virgin
 
Definitivamente uno de los momentos más luminosos, creativos, brillantes e irrepetibles en la historia del rock de vanguardia fue el que se dio en el pequeño poblado inglés de Canterbury durante las décadas de los 60 y 70.  Imagínense que en Chile una serie de bandas geniales, adelantadas a su tiempo, consistentes musicalmente y con mucho sentido del humor en su propuesta, compartiera a sus músicos y proviniera de un pueblo como Talagante o Peñaflor, de diez mil habitantes, rodeado de campo y relativamente cercano a la capital. Bandas de hermanos, primos y amigos de barrio, todos conocidos entre sí desde muy jóvenes, músicos por pasión, herencia y formación, que aportaban silenciosamente a la evolución del rock dándole además una identidad tan propia como no se ha podido volver a ver. 
 
En esta incestuosa movida, cuyas cuatro bandas más emblemáticas son Soft Machine, Caravan, Gong y Hatfield and The North, podría afirmarse que los músicos más escasos eran los guitarristas. La diosa de seis cuerdas por lo general era desplazada por teclados –en efecto, si alguien quiere definir el aporte sonoro distintivo del Canterbury, los solos sobre órganos ruidosos dan una buena pista- o por secciones de vientos, pero los pocos que habían eran de un talento fuera de serie y sembraron semillas que se cosecharon en movimientos posteriores como el progresivo, el Rock In Opposition, el avant garde, el avantpop, el acid jazz, el downtown neoyorkino e incluso la electrónica.
 
Ejemplos fehacientes podemos encontrar en Phil Miller, dueño de un estilo propio e intuitivo como pocos en la interpretación, improvisación y composición; también está Pye Hastings, que si bien no es un instrumentista tan técnicamente dotado es, hasta hoy y tras casi 40 años de historia, el alma creativa de Caravan; otros como Allan Holdsworth, Daevid Allen (¿Qué decir de esta eminencia, que a sus ahora 69 años se mantiene rockeando como el que más?) y Fred Frith también han dejado una profunda huella, y no podemos dejar de referirnos a quien motiva la escritura de este comentario: Steve Hillage.
 
Definido por cierta prensa musical como “the Outer Space Hippie”, Hillage contribuyó en un modo superlativo en la creación del rock canterburiano y espacial, en su paso por bandas tales como Uriel/Azrachel –más tarde Egg-, Khan –cuyo único álbum, “Space Shanty”, es un clásico imprescindible y subvalorado del género y del rock inglés de los ‘70- y los anglofranceses Gong, banda que terminó de completarse con su inclusión, en 1973, pariendo dos trabajos esenciales como “Angel’s Egg”, de ese mismo año, y “You”, de 1974, ambos partes del mayor legado gongiano al rock: la hoy pentalogía “Radio Gnome Invisible”. Todos esos discos nos muestran a un virtuoso en pleno dominio de su instrumento, dueño de un estilo muy volado y a la vez sentido, pulcro y rockero, influyente para toda una savia nueva de bandas aparecidas en los 90, como Ozric Tentacles, Spiritualized y Porcupine Tree.
 
Tras los compromisos de “You”, y la posterior marcha de Daevid Allen, Gilly Smyth y Tim Blake en 1975, Hillage también se desligó, no sin antes participar –ahora como invitado- en “Shamal”, primer trabajo de la nueva Gong liderada por el eximio baterista Pierre Moerlen (R.I.P. 2005). Esta contribución tuvo su vuelta de mano en la concepción del primer álbum solista de Hillage, el monumental “Fish Rising”, disco al que nos referiremos de aquí en adelante.
 
Este trabajo, aparecido durante el último tercio del ’75, suena como un disco perdido de Gong, esto gracias a la producción notable de Simon Heyworth y la participación de prácticamente toda esa formación clásica que marcó una época para los sonidos más amplios e infinitos del rock: Mike Howlett en el bajo, Tim Blake en los sintetizadores, Didier Malherbe en el saxo tenor y la flauta india, Pierre Moerlen en la batería y percusión, y Miquette Giraudy en el vibráfono y algunas voces, a los que se agregó Lindsay Cooper (Henry Cow) en el fagot, Christian Boule en la guitarra de apoyo y el virtuoso Dave Stewart (Egg, Khan, Hatfield and The North, compañero musical de Hillage desde sus inicios en la banda seminal Uriel, el ‘66) en los pianos y el órgano, para configurar una obra perfecta, galáctica y plagada de buenas vibras y música para volar, compuesta en su totalidad por Hillage, quien además aporta su voz cantante, de amplio registro.
 
Este abrelatas perceptivo comienza con la fantástica ‘Solar Musick Suite’, que en casi 17 minutos transita por cuatro movimientos en los cuales van destacando uno a uno los componentes de la banda. ‘Sun Song’ presenta lo que será el álbum, tema cantado que parte con un sutil arpegio de guitarra coronado por cascadas de sintetizadores absolutamente Blake; ‘Canterbury Sunrise’, se pasea por regiones oníricas exquisitas para desembocar en un puente donde resalta el solo tan propio de Hillage –primero limpio, pulcro y sutil, luego muy rockero y ácido- sobre la apretada, jazzeada y compleja base rítmica de Stewart, Howlett y el soberbio Moerlen; ‘Hiram Afterglid Meets the Derlish’ es otra sección de métrica intrincada donde pasa al primer plano Dave Stewart, soleando en el órgano mientras desliza su izquierda con increíble destreza por las teclas del Rhodes, luego haciendo relevo con Hillage y resolviendo en un tremendo clímax unísono con frases muy a-la Mahavishnu de “Birds of Fire” para volver a ‘Sun Song’ y cerrar de un modo perfectamente cíclico una apertura inolvidable, que interna de modo pleno al oyente en los amigables climas que la placa le plantea.
 
Climas que llegan con cuentagotas en las cortitas instrumentales ‘Fish’ y ‘Meditation Of The Snake’. La primera es una brevísima incursión que recuerda de inmediato el lado más lúdico y alegre de Gong, mientras que la segunda es una profunda exploración sónica y espacial, donde se presentan a todo esas frases rapidísimas de moog con delay características de “Moonweed” de Blake, sobre las cuales Hillage pone su sutil genialidad en las seis cuerdas para levantarnos a unas alturas que sólo en sueños o influjos lisérgicos podríamos conocer, mientras el tema se desvanece suave y lentamente. Aquí se encuentra en plenitud el carácter místico y atmosférico que hizo de Steve Hillage uno de los músicos más influyentes para corrientes electrónicas como el trance y el ambient, siendo reconocido y venerado por integrantes de The Orb,  Orbital y el DJ Paul Oakenfold, entre otros.
 
‘The Salmon Song’, tema que abría el lado 2 del vinilo, es una suite de más de 8 minutos, con una entrada muy potente que da paso a un remanso que prepara el riff principal, bailable, alegre, donde la voz de Hillage destaca. De ahí otra parte ácida muy suave y etérea donde aparece la sonoridad clásica del fagot jugando por los rincones, para de ahí volver al riff y canción principal, con muy buenos solos de guitarra arriba de una entretenida y aceitada base.
 
Para terminar, los 15 minutos de la suite ‘Aftaglid’ mantienen la tendencia volada a mango del disco en sí, pasando por diferentes climas que comparten la amplitud, lo impalpable y el mágico misticismo de lo infinito. Culmina con frenesí un viaje cósmico, mántrico y psicotrópico que nos lleva a galaxias marinas, océanos de estrellas consteladas que se abren esparciendo sonidos mágicos en un firmamento de aguas calmas y levitantes  abrazando los oídos, cuyos tímpanos emergen como peces elevándose en un vuelo espiritual a nado. Un lugar mágico donde estamos libres y seguros de cualquier daño terrenal.
 
En este álbum se encuentra realmente el trabajo de un guitarrista notable, que explora con su instrumento y de paso le da el espacio a los otros músicos para que entre todos creen una obra que trascienda, abofeteando a todos los Satrianis, Vais, Beckers y otros guitarristas soberbios que gustan más de hacer deporte con su instrumento que de entregar música que realmente exprese cosas profundas. Con esos virtuosos fatuos, nerds y jactanciosos sólo puede vislumbrarse una tienda de instrumentos, consolas, mesas de mezclas y demasiado ego, mientras que Hillage y otros guitarristas de la corriente vanguardista setentera pensaron en la obra, el grupo y no sólo en mostrarse ellos, grabando discos en los que uno puede ver lugares remotos, climas y colores, y a la vez entretienen, elevan, purifican y llenan de buena onda. Este “Fish Rising”, junto a los discos dorados de Gong, es uno de los mejores álbumes que podemos encontrar para hacer salir a un depresivo de su tristeza y lograr que ame la vida otra vez.
 
Pedro Ogrodnik C.

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