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The Sound Of Being Alive

The Sound Of Being Alive

The Sound Of Being Alive

Domingo 19 Marzo, 2017

2016. Susan Lawly Records

Certero y desafiante compilado que resume la importante discografía final de la extinta banda experimental inglesa Whitehouse. Una selección a la cual se le agradece, por una parte, no incluir aquellas escabrosas y extensas confesiones de piezas como ‘Private’, ‘Public’ o ‘Bird Seed’, y por otra, renovar la validez de una de las agrupaciones más provocadoras y extremas dentro del contexto noise e industrial. El que fue, en gran parte de su historia, un trío conformado por Phillip Best, Peter Sotos y el destacado William Bennett, practicaba una ideología no muy distinta a la que divulgaban otros como Throbbing Gristle, Laibach o SPK: incitar la realidad hasta sus fronteras, revelar los sectores más hoscos del comportamiento humano, sus aberraciones y deformidades; y así declarar que la sistemática imagen de prosperidad no es más que una incompleta y ociosa fotografía; que las fisuras que esa misma imagen procura soslayar no son más que muestras de la fragilidad del hombre, de su constante y natural abyección. Siempre a un paso de lo irracional, siempre al borde del abismo. Invasiones, abusos, guerras, genocidios, esclavitud. El fascinante “homo homini lupus” que diluye fundadamente esa evasiva imagen. 

Todo lo que hacía Whitehouse desde la década de los ochenta, se caracterizaba por una ruidosa y asfixiante espesura industrial que agobiaba a cada una de sus composiciones. Sin embargo, en esta última parte de su discografía, es la violencia galopante de electrónicos y voces lo que los desmarca y sitúa en un punto distante. Es una continua cumbre de extremo e incisivo pavor rítmico que ya estalla en la obertura de la recopilación: la intratable ‘Wriggle Like a Fucking Eel’, en la que se encuentra el agudo enfrentamiento de voces entre William Bennett y Phillip Best, un violento registro en el que se insiste en la breve ‘Why You Never Became a Dancer’, ambas del disco “Bird Seed” (2003) y las dos dotadas de una explosiva progresión percutiva que William Bennett sería capaz de acrecentar en Cut Hands, proyecto individual de tribal frenesí que derivaba del trabajo realizado en el afronoise de “Racket” (2007), último disco de Whitehouse y del que se extrae otra que aparece en el presente compilado: ‘Dyad’, de digitales percusiones que parecieran acústicas y que terminan por otorgarle un carácter ancestral a cada pulso elegido.

También aparecen pistas de “Cruise” (2001), último disco en que aparecería el controvertido escritor Peter Sotos, tal como la delirante ‘Cruise (Force the Truth)’, de inquietud casi psicodélica en su enfática base electrónica y en la que Bennett cuestiona el statu quo a través de simples y existenciales preguntas que llegan incluso hasta el lamento; o ‘Princess Disease’, que se inicia con una incómoda estridencia y luego, la explosión verbal y el ruido. Son este tipo de pistas las que sitúan a Whitehouse en un terreno eminente. Su uso del ruido nunca decayó, sino al contrario, se intensificó brutalmente. Sus viciados beats son potentes cúmulos de ruido pesadamente compactado e inmediatamente liberado en forma incisiva y titilante, una cita a la música concreta, al rumor percutivo de rabia y desesperación de otros fundadores como Test Dept. o los mismos  Einstürzende Neubauten. No había otra respuesta más que el ruido, esa alegórica figura situada en la condición del hombre.

El quiebre en el largo y paulatino camino evolutivo de Whitehouse se vuelve perceptible en “Mummy and Daddy” (1998), y del que se escoge ‘A Cunt Like You’, pista en que la ofensiva electrónica y los contaminados fraseos de William Bennett y Phillip Best se conectan con lo realizado por Stefan Burnett y Zach Hill en los populares y más accesibles Death Grips, banda que con aciertos y desaciertos intentan mantener vivo parte del espíritu sedicioso de Whitehouse. Cierra la selección otra del mismo “Mummy and Daddy”: los doce minutos de ‘Daddo’, track de relato ambiguo e inextricable –esencia de la banda- en el que un precipitado demiurgo cuestiona la realidad de una específica víctima y que en su longitud pasa por distintos estados en los que el ruido puro y experimental muta a través de perfectas decisiones sonoras. Exactos compositores del gran ruido, ese bruto del que emanan gestos terribles e imborrables, y que evadido brota entre espesas capas, el horror de sus huellas y llagas, que ahora completan un total retrato. 

Carlos Navarro A.

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