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Thundercat: Más allá de lo evidente

Thundercat: Más allá de lo evidente

Se viene un virtuoso debut en Santiago
Martes 08 Mayo, 2018
Thundercat: Más allá de lo evidente

Nacido como Stephen Bruner, Thundercat es una de las figuras más destacadas de la música afroamericana, con una trayectoria envidiable, trabajando en discos claves del R&B, el rap, el soul y el jazz del último tiempo. En su mejor momento, viene a Chile a presentar “Drunk” (2017), su alabado último disco, el próximo 8 de mayo en el Teatro Nescafé de las Artes.

Por César Tudela

Es bajista, compositor y productor. En sus 33 años, ha compartido estudio y escenario con artistas tan disímiles que hasta el más avezado de los melómanos frunciría el ceño. Pero Thundercat es de esos músicos que son el fiel reflejo de la generación millennial –aunque venga de un poco más atrás–, totalmente desprejuiciado y con todos los sentidos en estado de alerta, propio de los talentosos. No por nada es una de las figuras más requeridas del momento.

No hace falta escudriñar mucho una vez que se googlea su nombre. Fanático de los dibujos animados y los cómics, miles de bytes y decenas de discos dan cuenta que no es ningún aparecido. Al lado de su nombre, van saliendo un montón de otros artistas de primera línea con los que ha trabajado y establecido amistad (y un trabajo colectivo al que no hay que perderle pista). Si nos centramos sólo en el último lustro, fácilmente podríamos decir que el virtuoso bajista californiano ha cosechado solamente éxitos, uno tras otro, aunque, como ha dicho él mismo, trata de "no pensar demasiado en eso, (porque) te puedes volver loco". Humildad aparte, Thundercat parece estar predestinado a las luces estelares de la gran industria de la música. Ronald Bruner, su padre, fue baterista de Diana Ross y de The Temptations, y sus hermanos, al igual que él en 2016, han sido nominados al Grammy: Ronald Jr., el mayor, tiene una estatuilla al Mejor Álbum de Jazz Contemporáneo como baterista de The Stanley Clarke Band, mientras que el más joven, Jameel, tocó los teclados con The Internet en su disco “Ego Death”, que estuvo compitiendo a Mejor Álbum Contemporáneo Urbano.

Antes de las nominaciones y que brillara con luces propias, un lozano Thundercat ya mostraba sus inquietudes y credenciales en el mundo del jazz junto a unos entonces desconocidos Kamasi Washington, Cameron Graves, Ryan Porter y su hermano Ron. El proyecto llevó el profético nombre Young Jazz Giants. Un disco homónimo editado en 2004 es la prueba del talento prístino de estos jóvenes afroamericanos, que una década después darán aire fresco al viejo jazz. Kamasi será punta de lanza de un movimiento en el que también militará Flying Lotus, ambos, reformulando los códigos del jazz fusion, y teniendo como común denominador el bajo trepidante de su amigo Stephen.

Pero Thundercat también aparece tras los planos de uno de los discos más aplaudidos del último tiempo en el rap: “To Pimp a Butterfly”, de Kendrick Lamar. Versatilidad en estado puro. Ese desdoblamiento como músico profesional no sólo fue mejorando su técnica y lo puso a circular por el mundo, sino que lo transformó en el arquitecto de la llamada Black American Music (uno de los movimientos más excitante del panorama musical actual), cuyo valor fundamental radica en su capacidad de fusionar discursos con la sensibilidad contemporánea, sin importar el domicilio sonoro.

Muéstrame el camino
“La música es como una gota que cae, hace ondas, y no sabes hasta dónde”. La visión de futuro de Thundercat es como si empleara uno de los poderes del dibujo animado que le da su apodo (los felinos cósmicos): ver la realidad más allá de lo evidente. El californiano ha tenido el extraordinario talento de saber casi con exactitud hacia dónde moverse en el mundo de la música. Con ese realismo mágico es más fácil entender sus enroques, desde sus tempranas colaboraciones a Erykah Badu, hasta su paso más extremo formando parte de Suicidal Tendencies.

Sus inspiraciones son igual de improbables y extravagantes. Miles Davis, George Clinton, Dr. John, Jaco Pastorius, Stanley Clarke, Elton John, Sun Ra, 2-Pac, Prince, Red Hot Chili Peppers, The Isley Brothers. Nombres e intereses musicales que condensó en “Drunk”, uno de los álbumes más sobresalientes del 2017, y también uno de los más raros. Cocinado a fuego lento, su tercer trabajo como solista es de largo aliento, que se hizo en un ritmo tan pausado como las aterciopeladas melodías que salen de él. Mucho R&B, soul, sintetizadores al estilo de los 70 y 80 (casi new wave) y su canto sensible y agudo son el espíritu de un disco que funciona perfecto esperando la madrugada. Su alta fidelidad sobrecoge, sus lapsus experimentales pasan sin incomodar, y hasta tiene momentos bailables. Y no hay que saber mucho ni de jazz, ni de R&B, ni de funk para disfrutarlo. Ni menos hay que meterse en su escritura críptica (que bromea diciendo que las escribe para su gato, Tron) para entenderlo, aunque su lectura es, al menos, inquietante. Él mismo lo admite: “Drunk describe esa sensación de embriaguez o, mejor, de la resaca que me produce el mundo. Ese mareante conjunto de horrores: la cultura de la violación, el tarado de Trump flirteando con la guerra nuclear, la vuelta de la esclavitud en Libia”. Si queda alguna duda sobre si vale la pena buscarlo en Spotify, solo basta con echar un vistazo a la lista de créditos, y ver quiénes lo certifican y colaboran: Kendrick  Lamar, Pharrell Williams, Wiz Khalifa, Kenny Loggins, Mac Miller. Dime con quién andas.

Pero hay otra cosa que hace particular, distinto y gigante a “Drunk”. Un hilo rojo que lo une a ese instante frenético cuando Quincy Jones se conectó con Michael Jackson y produjeron una indiscutible profecía de lo que sería la vida de Jackson. La posición que tomó aquel binomio para hacer canciones tremendas, evocadoras del espíritu del baile y de euforia, pero construidas sobre la tristeza, es lo que captura Thundercat para hacer lo propio con sus composiciones. Ahí aparece ‘Them Changes’ como una actualización del ‘Wanna Be Startin’ Somethin’’, esa inmortal partida de “Thriller” (1982). En las tripas de su letra, se puede encontrar a un MJ empoderado de la pista mientras grita ayuda, ahogado por su propio misticismo, su mágica conexión consigo mismo, su aterradora existencia conectada umbilicalmente al mundo entero. Desolado, en estado de pánico, mientras todas las discotecas del mundo se incendiaban con su brillante apropiación del ‘Soul Makossa’ y él exclamaba: “Es muy alto para saltarlo / Y muy bajo para pasar por debajo / Estás atrapado en el medio / Y el dolor está estallando”. En un nivel cósmico, Thundercat expresa lo mismo, mirando de frente y con frialdad hacia la profundidad de la melancolía, soltando preciosas gotas de bajo encima y, casi agónico, canta: “Que alguien me diga cómo se supone que me debo sentir / Cuando estoy aquí sentado sabiendo que todo eso no es real / ¿Por qué demonios te daría mi corazón / Sólo para ver cómo lo tiras a la basura?”. Esa conexión espiritual con la humanidad a través de la música, con Jackson evidenciando su soledad, y Thundercat desnudándose de su implacable técnica en el bajo y los efectos en las cuerdas para ver la materia prima de su dolor, nos muestra ese elemento fascinante que siempre ha tenido el pop, conectando la nostalgia y la ausencia, la pérdida y la angustia. Ambos, sabiendo de antemano que antes que existiera el funk, existió la tristeza y la pena. La catarsis del blues y el soul. "Hay un par de momentos en el disco con los que batallé mucho para terminarlos (…) Las cosas que estaba experimentando en ese momento eran muy, muy intensas".

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