STP + Bush: ni muertos, ni a la venta

Cofradía noventera reventó el Caupolicán

Jueves 21 de febrero, 2019
Teatro Caupolicán

A la prensa musical le encanta casarse con el rollo de lo “histórico”. Bueno, permítanos recurrir nuevamente al cliché para conceptualizar una jornada que ya se presumía imperdible por varias razones. Stone Temple Pilots volvía por tercera vez a Chile, siendo esta la primera sin Scott Weiland y, al mismo tiempo, el debut de Jeff Gutt para probar que no están ni muertos ni a la venta. Por otro lado, Bush regresaba después de 22 años para verse las caras con una audiencia más madura que la experimentada en el ya lejano Santiago Music Rock Festival. Como si esto fuera poco, el cartel era coronado con dos agrupaciones nacionales que comparten el mismo ADN y complementaron la extensa cita que se vivió en un atiborrado Teatro Caupolicán.

De hecho, la respuesta fue tan positiva que los locales Randy Watson se presentaron ante una buena cantidad de oyentes al inicio de la velada. Desplegaron un show conciso en el que el rock de riffs dinámicos y coros amigables de ‘Adicción’ y ‘Frente a frente’ gozó de una acogida respetuosa. Por su parte, Temple Agents demostró porque es uno de los actos favoritos de este tipo de encuentros. Cortes como ‘Red Demons’, ‘10 Years Ago’ y ‘Find the Place’ están ancladas en la construcción del verso potente y el coro explosivo, fórmula que los liga de plano al sonido noventero, pero que en ellos se escucha totalmente fresco con los toques metálicos que los caracterizan. A pesar de un infame acople que los persiguió durante toda su presentación, los chicos sacaron la tarea adelante con la técnica y la gracia de siempre, reflejando su buen momento con una puesta en escena que da cuenta del arduo camino que han recorrido para llegar hasta donde están. Bien por la armada nacional.

Con el recinto a tope, Bush se apoderó de la tarima para acabar con una espera demasiado larga. La figura descendente de ‘Machine Head’ en las seis cuerdas fue el inicio perfecto para que los cuerpos se desataran ante una banda que entró a ganar. ‘The Sound of Winter’ continuó la misma lógica y cimentó la relación entre ellos y sus fieles. Después de todo, esta ausencia de más de dos décadas obligaba a forjar nuevamente los lazos. Corey Britz, Robin Goodridge y Chris Traynor defendieron bien sus puestos de batalla, a la vez que Gavin Rossdale se sacó su guitarra para saltar y bailar en total libertad al son de ‘This Is War’ y ‘The People That We Love’. La simbiosis fue total en el contacto cara a cara que el vocalista tuvo con los presentes en ‘Greedy Fly’ o cuando hizo que miles de voces entonaran  ‘Everything Zen’. La noche siguió su vertiginoso curso hasta que el frontman se vio envuelto en un confuso intercambio con una persona de la platea en un extremo cercano al escenario, lo que detuvo el show por unos momentos y ocasionó que el implicado del público se moviera hacia otro lado del teatro no sin antes recibir insultos, golpes y abucheos varios.

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Tras el incidente, ‘Let Yourself Go’ pavimentó el camino hacia pináculo del concierto comandado por ‘Swallowed’, con una pequeña distracción en la sección media, y ‘Little Things’, en la que Rossdale salió del escenario y recorrió la platea completa entre agarrones y tirones, mientras el resto de la banda se sumergió en un jamming lisérgico a la espera de que se incorporara nuevamente. A su vuelta, ‘Come Together’ de The Beatles se dejó caer densamente con una ejecución maciza, pregonando un mensaje de unidad y amor a través de la música que Gavin introdujo sorprendido por el recibimiento local. Ya en el tramo de cierre, las luces de los celulares acompañaron una sentida versión de ‘Glycerine’ que impactó por lo desequilibrante de su delicadeza al principio y la fuerza inusitada que agarró con la banda completa. Es impresionante como esa canción se conectó con la gente de manera especial y llevó a todos en una montaña rusa de emociones. A esas alturas, el cariño inicial se transformó en amor desatado, culminando el periplo con la intensa ‘Comedown’, instante de antología con la gente cantando la letra a todo pulmón.

Con un concierto en el que nadie se quería bajar de su nube, Bush dejó la vara extremadamente alta para unos STP que vinieron a jugársela por encantar al público en esta nueva piel. Si bien los norteamericanos llegaron con un nuevo registro bajo el brazo, apostaron por la solidez de un catálogo irrefutable, siendo ‘Meadow’ y ‘Roll Me Under’, con una excursión de Gutt en la cancha a la usanza de su compañero de cartel, las únicas muestras de su presente. Estrategia conservadora, pero efectiva. Con sus años de circo, era obvio que lo instrumental iba a ser contundente, lo llamativo sería cómo Jeff iba a encarar un repertorio que el respetable conoce al dedillo. Al principio el parecido físico del vocalista es un poco chocante. Todo fanático acérrimo de la banda conoce los movimientos que Weiland efectuaba en cada canción, por lo que verlos replicados casi al pie de la letra en las vueltas de ‘Wicked Garden’, la forma de tomar el micrófono en ‘Crackerman’ y los bailes de ‘Vasoline’ podrían generar suspicacias en los más exigentes, pero son las fantásticas interpretaciones de la arrolladora ‘Silvergun Superman’, perdonando ese cable de guitarra que falló justo en un momento inesperado,  la juguetona ‘Big Bang Baby’ y la profundidad de ‘Big Empty’ o ‘Creep’ las que convencen al fin y al cabo. El entusiasmo que generaron en la audiencia fue contagioso, ya que se notó que Kretz, los De Leo y el mismo Gutt lo pasaron increíble, incluso para reinventar ‘Plush’ en una versión que dialogó entre lo tenue y lo acalorado, dándole un sabor especial a su tonada más emblemática.

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El concierto circuló exclusivamente por los tres primeros discos, además de las dos canciones ya mencionadas de su homónimo, lo que hizo viajar desde las melodías acogedoras de ‘Interstate Love Song’, hasta la electrizante ‘Trippin’ On A Hole In A Papper Heart’, pasando por el headbanging de una poderosa ‘Dead And Bloated’ que dejó a todos en trance. Justo en ese instante en que los decibeles estaban por las nubes y la energía cinética a tope, es cuando se disiparon todas las dudas y el cónclave justificaba su carácter de histórico. Más allá de los momentos en la carrera de cada una de las bandas del certamen, queda la fotografía de una buena pasada de Randy Watson y Temple Agents, de la autenticidad fraternal de Bush y de la perseverancia de STP. Es verdad que Jeff Gutt aún debe aportar lo suyo para no redundar en un mero personaje, ¿pero cómo discutir lo que provoca su voz perversa y el riff vicioso de ‘Sex Type Thing’ en los miles de fanáticos que caen rendidos ante su embrujo? Imposible argumentar en contra cuando el foco está puesto en generar un buen momento y eso se logró a cabalidad. Esta noche quedó en evidencia que tanto Bush como Stone Temple Pilots se niegan rotundamente a morir.     
        
Pablo Cerda
Fotos: Peter Haupt

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