Steven Wilson: A corazón abierto

Elegancia, libertad, pop y altos decibeles en su mejor show en Chile
Steven Wilson: A corazón abierto

Miércoles 23 de mayo, 2018
Teatro Caupolicán

“¿Hay gente de menos de 23 años en la sala? Les presento este instrumento, se llama guitarra eléctrica y fue bastante dominante en la segunda mitad del siglo XX”. Esta, no es una frase extraída de alguna rutina de stand up comedy de Netflix. Pertenece a Steven Wilson, en una de las distendidas y jocosas intervenciones que realizó durante su presentación anoche en un repleto Teatro Caupolicán, en marco de la celebración de los diez años del ciclo Stgo Fusión.

Mostrando su Telecaster de 1963, usada por otros músicos como Syd Barrett y Joe Strummer, como él mismo señaló en algo parecido a una charla de rock para millennials, Wilson se mostraba más cómodo que nunca en esta nueva visita al país. Esta faceta de orador –y comediante–, aparte de mostrar ese lado más humano del británico, también nos entrega otra señal inequívoca que permea a la hora de hacer lo que mejor sabe: está disfrutando como nunca sus shows, como si fuese un niño que tiene un talento inconmensurable, una pedalera para poner todos los efectos cósmicos que se le ocurra a su guitarra, y una banda de eximios músicos que están no sólo para hacer realidad todas sus fantasías sonoras, sino también parar reír y gozar con cada movimiento musical de su setlist, que dicho sea de paso, se extiende por más de tres horas.

Esa cohesión y conexion hicieron que le sacara un par de cuerpos de ventaja a sus otros conciertos en suelo nacional. Wilson y los suyos transmitían libertad y goce en cada melodía, en cada acorde, desde el primer minuto cuando ‘To the bone’ sonó impecable en uno de los mejores inicios de shows del último tiempo, casi siguiendo la norma floydiana de efectividad y perfección. La referencia también sirve para describir esa otra preocupación que Wilson tiene a la hora de levantar sus espectáculos: la visualidad. Una cortina transparente delante del escenario servía como telón para mostrar imágenes 3D y así aumentar la experiencia. En ‘Pariah’, apareció en primer plano el rostro de Ninet Tayeb, la cantante israelí que acompaña al inglés en este single de su último disco, haciendo lip sync mientras su voz grabada se filtraba en la performance en vivo, todo sin perder un tinte del glamour que tiene su versión original.

Por supuesto, “To the bone” –el disco– fue el protagonista en un setlist que contempló más de veinte canciones, interpretándolo casi íntegramente, con un sonido impecable, contundente, cuadrafónico y matemático, aunque no con esa seriedad y rigidez calculada característica en los grupos del rock progresivo. La magia del perfeccionismo de Wilson y su banda es que ya no tienen la pretensión de hacer ver sus destrezas como algo complejo e imposible, sino que ahora, de una forma muy orgánica,  cada ejecución la proyectan como una extensión de sus posibilidades sin dejar de lado el sentido pop de un concierto. En este sentido, el bajista Nick Beggs se luce como ninguno. Es una máquina en las cuatro cuerdas, cuando toma el stick lo hace ver como si fuese parte de su cuerpo, y no tiene reparos a la hora de hacer poses y de tirarse al suelo si es necesario. Lo del baterista Craig Blundell también va en esa línea. Sólido, sonriente, dándole con todo a los tambores y matizando con los parches electrónicos otras veces, en completa complicidad con el líder y maestro de orquesta de la noche.

También, y en sintonía con el relato que estaba contando Wilson sobre el escenario, las sorpresas no podían estar ausentes. Aunque entre las múltiples “bromas” que dijo durante el show (los tiempos de espera entre disco y disco de Tool, el estar sentados viendo el concierto como si fuese un show de Eric Clapton, la fila en el baño de mujeres en los de King Crimson, la gente que graba por celular, el talibanismo de los metaleros) dijera que esta banda es mucho mejor que su anterior –y alabado– proyecto, Porcupine Tree, la verdad es que como nunca visitó ese catálogo, empezando con la espacial ‘The Creator Has a Mastertape’, para noquear luego del primer corte con ‘Arriving Somewhere but Not Here’ (quizás la mejor canción con su antiguo grupo). ‘Lazarus’, ‘Heartattack In a Lullabye’, ‘Sleep together’ y ‘The Sound of Muzak’ fueron las otras paradas al pasado, domando a los fanáticos a piacere. Como si fuese poco, también quiso regalar algo de Blackfield, y solo con la guitarra acústica y su tecladista, tocaron la canción homónima de aquel proyecto, que en retrospectiva, fue su primera gran incursión en el pop (estilo para el que también dedicó palabras, haciendo un recorrido desde The Beatles a ABBA, Prince, Donna Summer y David Bowie).

Más allá del show insuperable, sorprendente, poderoso y de alta factura que fue lo de anoche; más allá de una clase magistral de rock progresivo, lo de Steven Wilson fue una presentación del estado del arte en nuestros tiempos. Devoto y ejecutor del estilo que bulló a fuego lento durante los 70, mostró el cómo esos sonidos complejos se pueden transformar y convivir con otras músicas que en un momento de la historia, la prensa y el público intentaron antagonizar. Wilson tocó con la misma pasión y profesionalismo ‘Permanating’, ‘Home Invasion’, ‘Refuge’ y ‘Vermillioncore’, canciones que sirven como ejemplo del arcoíris cromático por el cual se mueve, desde lo bailable a lo oscuro, y desde lo íntimo a la brutalidad, sin ningún prejuicio. La gran enseñanza de este músico que ya tiene 50 años y se desplazaba descalzo por todo el escenario. Menuda ironía.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt Hillock

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