Steve Coleman & Five Elements: un mensaje de alto impacto sonoro

El debut del fundador del M-Base en Chile

Festival Chile Jazz. Viernes 05 de octubre de 2018, Teatro Oriente

Si es que faltaba que visitará nuestro país alguno de los innovadores fundamentales del jazz contemporáneo, esa era la inmensa figura del saxofonista, compositor y creador del M-Base, Steve Coleman. Eso hasta ayer, pues el músico junto a su banda Five Elements, fue el encargado de abrir en Santiago la cuarta versión del Festival Chile Jazz, instancia que no solo ha sido relevante por los importantes exponentes del género que trae año a año –en 2017 estuvo Joe Lovano-, sino que también por el espíritu que lo guía: no está pensado como un negocio, es una instancia que tiene otros sentido. Un encuentro entre artistas chilenos y extranjeros con una audiencia, conformada por melómanos, músicos y en, general, amantes del jazz. 

Pasada las 20 horas, la figura imponente y, al mismo tiempo, humilde de Steve Coleman llegaba al escenario, junto a su cuarteto integrado Jonathan Finlayson en trompeta, Anthony Tidd en bajo eléctrico y Sean Rickman en batería. Una formación que, pese a no ser parte del free-jazz de manera directa, recordaba aquella cruda sonoridad inaugurada por un músico que, sintomáticamente, comparte apellido con el titular: Ornette Coleman. La rítmica imposible, los síncopes y, en general, el lenguaje percusional de Rickman en batería, junto al bajo funcional de Tidd, eran la superficie para las improvisaciones de Coleman y Finlayson que aportaban tanto de manera independiente, como en intensos diálogos melódicos. 

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Estábamos frente a la esencia del M-Base, acrónimo de “macro-basic array of structured extemporization”, subgénero instaurado en la década 80 por el mismo Coleman junto a otros músicos como Greg Osby y Gary Thomas que, tomando como punto de partida la sonoridad del jazz y las rítmicas del funk, se desarrolló hacia lugares impensados. En el caso de Coleman, en una obra en extremo interesante, pues ha combinado sonidos de muy diversas tradiciones: no solo los poliritmos africanos, sino que también músicas inspiradas en tradiciones místicas y animistas como la Yoruba, la santería, el Vodou y el Cadomblé. La música del saxofonista tiene un hondo sentido espiritual y ayer se pudieron apreciar aplicados en vivo conceptos como composición espontánea, conocimiento holístico, geometría sagrada y energía.

La primera improvisación duró cerca de 20 minutos que no dejaron respiro ni momentos para la distracción. La banda se escuchaba en extremo aceitada: los solos de Coleman y de Finlayson no siguen la lógica típica inaugurada en el be-bop, sino que son, en algunos casos, más matemáticos y entrecortados y, en otros, más abiertos y generadores de sensaciones subjetivas de infinito y universo. En las sucesivas piezas, en las que, sin duda, lo más llamativo para ver era la impresionante ejecución de Rickman en la batería, a veces Tidd se acoplaba a las secciones melódicas de los vientos, en una performance conjunta que iba siempre en mutación y constante diálogo. Al final, tras la entusiasta ovación del público, Coleman emitió unas sobrias palabras de agradecimiento y despedida. La música habla por sí sola, no necesita aspavientos o elementos extras para entregar su mensaje de alto impacto sonoro. 

Héctor Aravena A.
Fotos: Peter Haupt H.

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