SANTANA

Sabor latino

Quinta Vergara, Viña del Mar
26 de febrero de 2009

Año a año tengo más claro que el microcosmos que se genera en Viña del Mar durante la semana que dura el Festival “Internacional de la Canción” (así se llama, a mí no me digan nada) es el lugar en que más ajeno se puede sentir un humilde empleado del Universo del Rock. Es así. Pero es algo con lo que hay que aprender a trabajar, porque pese a lo que muchos piensen, los rockeros no somos inadaptados antisociales que vivimos en subterráneos maldiciendo todo lo que nos rodea. Bueno, hay muchos que sí lo son, pero yo hablo por los de mi especie nomás. Y por lo mismo, más o menos luces, Rockaxis sigue haciéndose presente en el que a final de cuentas se mantiene como el escenario más importante de Chile.

Lo que hace 50 años comenzó como un festival, hoy es tan sólo una fiesta. En la que el dueño de casa impone sus términos, y el que quiere asiste, y el que no, allá él. En ese saco no soy yo el que entra en solitario; también lo es el hombre que nos motivó a decir “presente”, don Carlos Santana. Icono del hippismo revolucionario en los sesentas y setentas, hoy compartiendo escenario con Dinamita Show y recibiendo Gaviotas. Son los nuevos tiempos.

Oye como va

Concentrémonos en el show del día miércoles 25 de febrero. Con Santana y Roger Hodgson, voz y alma de Supertramp. Extraño marco para presenciar esta dupleta. Pero no caigamos en negativismos, y me permito señalar una verdad incuestionable: el Festival es el show que mejor sonido ofrece a sus asistentes en nuestro país. Y no dejemos a un lado el apoyo visual, la iluminación y la monstruosa escenografía. Para ofertas tan multicolores como la de Santana, eso se agradece.

De lo que Santana tocó, cuántas cosas podríamos decir. De partida, rendirse ante su virtuosismo y la energía que su banda despliega en escena. La tradicional entrada con ‘Jingo’ encendió los ánimos a las 22:15 horas, en una Quinta Vergara rebalsada de gente.

A medida que pasaban cortes como ‘Batuka’ o ‘No One to Depend On’, del escenario se irradiaba mucha distancia aún con el público. La banda daba la impresión de estar tocando para sí mismos en lugar de animar una fiesta para 15 mil personas. Sólo después de saludar a la audiencia, Carlos Santana se vio más contagiado con lo que ocurría en la otra vereda. Era lógico esperar una mayor conexión “latina” desde el minuto cero. Por muy latinos que hayan sido los ritmos, los pasajes instrumentales del comienzo parecieron extenderse más de lo necesario. Aquello no afectaba el ánimo de los fans, que deliraban con cada nota, y más agradecidos se mostraban si podían cantar, como fue el caso de ‘Maria Maria’.

Llamativamente, la concurrencia lo único que quería era pasarlo bien. Poco importó que el buen Carlos se pusiera a sermonear en extenso, o que manifestara su alegría por estar en “Santiago, Chile”. En fin, más fiesta, más magia instrumental, ‘Africa Bamba’, ‘Corazón Espinado’ (con un extracto de ‘Guajira’), y la primera parada para entrega de ridículos trofeos, que ante artistas así, dan vergüenza ajena.

Apenas tuvo la oportunidad, Santana retomó con lo mejor que tiene para ofrecer. La cadencia de ‘Samba pa ti’, el big bang sonoro iluminado por ‘El Fuego’, el goce junto a ‘(Da Le) Yalleo’, y una trilogía de culto: ‘Black Magic Woman’, ‘Oye Como Va’ y ‘Smooth’. Una hora y 45 minutos, y para la casa. La organización no permitía más, porque ya estaban bien pasados en el tiempo. Los que queríamos ver ‘Evil Ways’ y la histórica ‘Soul Sacrifice’, no nos quedó otra opción que ir a verlo a Santiago. Mala cosa. El encantador de serpientes en llamas se bajaba de Viña 2009, y nos hizo olvidar por un buen rato que estábamos en un programa de TV.

Pasaron las horas, varias horas, y apareció otro grande: Roger Hodgson. De aspecto enternecedor, todo un contraste para lo que habíamos visto al comienzo de la noche. Y lo cierto es que si Santana calzaba como anillo al dedo para saborizar la fiesta, Hodgson era más para un festival. No para este, claro.

Su actuación fue musicalmente impecable. Se fue a la segura con varios clásicos de Supertramp (‘Take the Long Way Home’, ‘It’s Raining Again’, ‘Breakfast in America’, ‘The Logical Song’, ‘Lord is it Mine’, ‘Dreamer’, ‘Fool’s Overture’, ‘Give a Little Bit’ y ‘School’) y algunos de sus temas en solitario (‘Lover in the Wind’), material que fue ovacionado de igual manera por los poco más de seis mil personas que quedaban a esa altura.

Quizás ahí estuvo el problema. A las 2 y media de la madrugada se necesitaba algo que contagiara algo más que nostalgia. Sin mayores desbordes adrenalínicos ni virtuosismo, a una velocidad uniforme, este era un show para un escenario propio, y no de alcance tan amplio como Viña. Pocas emociones afloran cuando el reloj se acerca a las 3 de la mañana, lo que empobrece el diálogo artista-espectador. De todos modos, para quienes tuvimos el aguante de presenciar todo el show, musicalmente no hay nada que discutir.

Juan Ignacio Cornejo K.

Movistar Arena
27 de febrero


El Movistar Arena estaba absolutamente lleno, por lo que unas 15 mil personas esperaban ansiosas la salida de Carlos Santana y sus músicos al escenario. Esto ocurrió exactamente a las 21 horas y de inmediato hubo una especie de éxtasis colectivo en los asistentes al show, que se dejaron llevar por los ritmos latino-rockeros de un Santana vestido con una polera con la imagen de Jimi Hendrix y que se mostró brillante a lo largo de toda la jornada.

Imágenes de su actuación en Woodstock y ‘Soul Sacrifice’ daban la entrada de la mejor forma. Incluso, en un largo pasaje instrumental, Santana se dio el lujo de citar el solo de ‘Light mi fire’, de The Doors… y esa no sería la única ‘cita’ de la noche. ‘África bamba’ nos metía de lleno a los ritmos latinos, presentes durante todo el show y ‘María María’ hacía corear al público presente. Hasta ahí los ánimos se mantuvieron encendidos e incluso la siempre displicente cancha vip se movía al compás del sabor de la guitarra de Santana y su banda, que bailaban a lo "sonora", moviéndose al mismo tiempo y haciendo los mismos pasos de baile.

Ya a la altura de ‘No one to depend on’ y con Santana destacando el hecho de que sin TV podían tocar todo lo que quisieran (en referencia al festival de Viña, claro está), el show sólo seguiría en ascenso, aunque con un par de matices: Por momentos los solos se hacían demasiado largos y, en otro orden de cosas, los dos vocalistas del grupo eran demasiado perfectos. Me explico: era como si dos baladistas cualquiera con ese típico sonido caribeño estuvieran cantando… demasiado perfectos, demasiado pulcro, en fin.

Una de las explosiones de la noche llegó con ‘Samba pa ti’, el clásico de Santana que hizo vibrar al Arena y que fue interpretado magistralmente por la tremenda banda que acompañaba al mexicano, compuesta por dos percusiones, la batería del gran Dennis Chambers, un teclado, dos vientos y los ya mencionados vocalistas.

‘Havana Moon’ seguía y Santana pasaba de un solo lleno de rock (a ratos la guitarra del mexicano era sumamente pesada y cruda, dándole un sonido netamente hard rock a los temas) a hacer participar a los espectadores. Manos arriba, manos al lado, agachándose, saltando… y el público respondía con ganas. Eso me llevaba a pensar lo diferente que es imaginar este show en comparación al primero que dio el guitarrista en Chile… al aire libre, más hippie, en una época en que no venían tantos artistas y en el Parque Intercomunal La Reina, donde la gente incluso fue días previos a enterrar uno que otro brebaje para ver a Santana en su propio Woodstock. Ahora, para resumirlo en una frase, el recital tenía cancha vip.

Un aspecto destacable de la banda fueron los vientos. Un tremendo solo de trompeta dio paso a una guitarra bella y delicada, donde Santana demostró toda su sensibilidad en las cuerdas. Y aquí vino la segunda cita de la noche, con un guiño a ‘Foxy lady’ de Jimi Hendrix. ‘(Da le) Yaleo’ y ‘Love of my life’ bajaban un poco las revoluciones, pero de inmediato los ánimos subían con la clásica ‘Black magic woman’ y, por si quedaba alguna duda de que Santana cuenta con un montón de hits, ‘Oye como va’. La banda hacía de las suyas, Santana enloquecía en la guitarra y el Arena se venía abajo… buen momento.

Luego de un correcto solo de Carlos Santana en clave más jazzera, fue el turno de ‘Smooth’ y ‘Dame tu amor’, que condimentaban la noche con esa marca registrada del sonido del mexicano… guitarras presentes, harta percusión latina y melodías gancheras y recordables. Aquí, además, subieron al escenario tres personas del público: dos chicas y un hombre -que lucía una vistosa polera de Iron Maiden- agarraron panderos y maracas para acompañar al grupo en la interpretación… sin duda un gran premio para ellos.

A esta altura ya nos empinábamos por sobre de las dos horas de show. Pero Santana aún tenía preparado más para un público que no estaba dispuesto a dejarlo ir fácilmente. Así, la insufrible ‘Corazón espinado’ debe haber sido una de las más coreadas de la noche y el cierre con ‘Jingo’ caldeaba aún más el ambiente para una despedida donde un siempre místico Santana presentó a los músicos que conforman su banda… “éste es mi cuerpo, mi familia”, dijo antes de nombrarlos uno a uno y abandonar el escenario definitivamente.

Fue un excelente show, con una banda afiatada y llena de tremendos músicos. Los puntos en contra ya los mencioné: los extensos solos a ratos se hacían demasiado y creo que definitivamente los cantantes están pensados para el material más reciente de Santana que para sus clásicos. De todas formas, el paso del guitarrista mexicano por el Movistar Arena quedará en el recuerdo como una actuación sólida y donde en dos horas y media de presentación, el músico repasó buena parte de su carrera a un excelente nivel.

Rodrigo Carvajal U.
Fotos: Ignacio Orrego
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