Roger Waters: Perros y cerdos

La visita más política del ex-Pink Floyd

Miércoles 14 de noviembre, 2018
Estadio Nacional

“TRUMP ES UN CERDO”. Así, en mayúsculas y a todo el ancho de la gran pantalla desplegada detrás del escenario montado bajo la galería sur del Estadio Nacional, Roger Waters le dedicaba ‘Pigs (Three Different Ones)’ a su hoy más acérrimo enemigo político. El actual presidente de Estados Unidos es el blanco del músico británico, el que sintetiza la hostilidad, embrutecimiento y peligrosidad del mundo actual. Un nuevo ladrillo en la pared, al que apunta con su música y la analogía de la famosa novela de George Orwell –en la que los cerdos usan su poder para manipular y engañar a los otros animales y afianzar su dominio sobre ellos–, otrora inspiración para el fundamental “Animals” (1977) de Pink Floyd, imaginario que ocupa un lugar clave y grandilocuente en el monumental show de la pasada noche.

Al igual que en “Rebelión en la granja”, el argumento principal en esta nueva gira –el Us + Them Tour– es reflejar el abuso de poder, y cómo este corrompe a los que lo poseen, llevando a la avaricia, la discriminación y la traición. Esto es clave para entender al Waters de nuestros tiempos, quien a sus 75 años nos abre las puertas a su cosmovisión más profunda, en la que claramente la sociedad es binaria. Nosotros y ellos. Los aliados que creen en valores nobles, y los enemigos que hoy tienen nombre, rostro y discursos de odio. No son tiempos de metáforas ni sutilezas. Roger lo sabe, y por eso ni siquiera intenta disfrazar su postura ideológica. Por lo mismo, no es casual el uso completo de su artillería escenográfica para colocar constantemente imágenes de todo lo que cree está mal en el mundo como recurso visual, llevado a una literalidad impactante durante el interludio. Esos 20 minutos comienzan con la urgente interrogante “resistir, ¿a quién?”, y donde el británico responde lanzando su declaración de principios: resistir a Mark Zuckerberg, al antisemitismo israelí, a los neofascismos, a los crímenes de guerra, a la tortura, al silenciamiento de Julian Assange, a la esclavitud, al desastre medioambiental. Todas las inquietudes del músico que sirven para replantearse esa otra gran y potente pregunta de época que nos hizo el año pasado con el nombre de su grandioso último disco, “Is This the Life We Really Want?".

Eso sí, nada de este arrojo activista se vislumbraba en los primeros minutos del show, en el que Waters se entrega a la nostalgia y a su repertorio clásico que ya acumula cuatro décadas. El inicio fue precedido por largos minutos por una imagen en cámara fija de una mujer de espaldas sentada en la playa, más el sonido de las olas y del viento, que de un momento a otro se quiebra con el beat solemne de ‘Speak to Me’, que sirve como fanfarria para la siempre crepuscular ‘Breathe’. Luego, un impacto certero al corazón de todos los fanáticos: la portentosa línea de bajo de ‘One of These Days’, el clásico secular del “Meddle” (1971) que por primera vez tocaba en suelo patrio. El sonido cuadrafónico cuando entran las percusiones y el riff de guitarra inundó el Nacional. Waters, en esta segunda canción, ya había conquistado a todo el público que repletó, una vez más, el reducto ñuñoíno.

Las alarmas y campanas al inicio de ‘Time’ fueron ensordecedoras, y desde acá, los guitarristas Dave Kilminster y Jonathan Wilson –también en voces– comienzan a tomar protagonismo. Ninguno intenta imitar la performance del gigante David Gilmour, sino que, más bien, metalizan sus riffs dándoles nuevos aires a canciones como ‘The Great Gig in the Sky’ y ‘Welcome to the Machine’, rejuveneciéndolas y adquiriendo el sello de esta nueva banda. Para la primera, plausible es la labor de las coristas Jess Wolfe y Holly Laessig, quienes redibujaron el inolvidable solo vocal de aquella gema del “Dark Side of the Moon”, y cuyos registros se terminan fundiendo en la pantalla sobre la imagen interestelar proyectada.

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Las urgentes ‘Déja vu’, ‘The Last Refugee’ y ‘Picture That’ fueron los primeros atisbos de sus nuevas canciones presentadas en vivo, con el espíritu sonoro intacto del universo floydiano pero actualizado bajo la óptica del genio Nigel Godrich. Acá es donde Waters deja entrever más sus años de oficio, abandonando el bajo, tomando la guitarra electroacústica y cantando con su voz firme y envejecida (como en ‘Déja vu’). El público estaba obnubilado e hipnótico, pero estalló nuevamente cuando llegó el turno de su más famoso y transversal hit, ‘Another Brick in the Wall’, que esta vez estuvo acompañado de una docena de niños –chilenos, haitianos y venezolanos– del Colegio José Abelardo Núñez de Huechuraba, que recrearon el espíritu de la canción. Encapuchados y con overoles, siguieron el ritmo coreográfico y se movieron por el escenario, para finalizar saltando y sacándose aquel uniforme y mostrar sus poleras con el mensaje “Resist”. Era el inicio de la muestra del descontento de Waters.

Sonidos de alarmas complementaron las balizas rojas que roderon el escenario. Un estallido se sincronizó con la pantalla que veía emerger cuatro torres que continuaban erigiéndose fuera de la pantalla hacia el oscuro cielo capitalino. Por supuesto, eran las chimeneas de la Battersea Power Station, fábrica inmortalizada en la portada del “Animals”, que comenzaron a humear mientras aparecía una réplica de Algie, el cerdo volador, y comenzaban los acordes de ‘Dogs’. Toda la grandeza del imaginario orwelliano para un solo propósito: más que enaltecer su leyenda como hacedor de espectáculos de estadio, todo está diseñado para seguir tirándole dardos –a gran escala– a Donald Trump, usando su arte como arma masiva. Un enfrentamiento personal que se hace carne cuando en ‘Pigs (Three Different Ones)’, el magnate es ridiculizado de todas las formas posibles a través de fotos de estética pop-art y que lo muestran en cuerpo de cerdo o con la frase “farsa” estampada en su rostro. El relato continúa con Waters levantando dos carteles: “Pigs rule the world” y remantando con “Fuck the pigs!”. Todo mientras Wilson se despacha un solo de escuela más zeppeliana, y un segundo cerdo, más grande y gordo –con la leyenda “sean humanos” en inglés y español y que recorrió solo los sectores preferenciales– era devorado en la medianía de la cancha.

Los estímulos en los shows de Waters sabemos que caen como maná del cielo. Cuando uno cree que la música pasa a un segundo plano, la banda completa noquea con su ejecución. ‘Dogs’ y y la mencionada ‘Pigs’ sonaron gigantes, como un bloque macizo del mejor rock progresivo y espacial. Dos canciones que en todas sus dimensiones de análisis servirían para conquistar el mundo. ‘Money’ tuvo un arreglo diferente, con un corte atómico e inesperado al medio de la canción y con los bronces luciéndose a cada instante. ‘Us and Them’ fue lisérgica y monumental, dando pase a ‘Smell the Roses’, ‘Brain Damage’ y ‘Eclipse’, que por si faltaba pomposidad, Waters hizo proyectar un prisma de luz sobre el público mientras la tocaba con la banda, una que a cada tema, más dejaba entrever lo lejos que están de ser una imitación de Pink Floyd (haciendo fruncir el ceño a las fanáticos más ortodoxos). Más bien, es el nuevo brazo armado de Roger. Uno con la juventud y el oficio para parapetarse en cualquier escenario, con una nueva mística y magia en vías de desarrollo (una apuesta casi a la par de su colega y compatriota Robert Plant).  

Pese a todo lo expuesto a estas alturas de su visita (como la charla sobre Palestina en M100 el día anterior.) y todo lo que ya había mostrado en el show, aún no eran suficientes las alusiones sociopolíticas. No. En un mundo tan falto de memoria y justicia social (un botón de muestra: ese mismo día en el Wallmapu era asesinado un joven mapuche, por un disparo en el cráneo por el Comando Jungla, fuerza militar del Estado chileno), Waters luego de una breve introducción, pone desde su celular –o eso nos hace creer– ‘El derecho de vivir en paz’ de Víctor Jara. Por los parlantes del estadio resonó fuerte aquel himno de paz, acompañado de uno de sus fotorretratos más conocidos en pantalla. Aplauso cerrado para el cantautor, cuyo asesinato es símbolo de la brutalidad y horror de la dictadura, que usó ese mismo estadio para perpetuar su masacre. La sutileza de la canción, con su mensaje directo y universal, en ese contexto no podía resolver mejor el final de un show inolvidable y quimérico (aunque sabemos que para Waters no existe la palabra imposible). El concierto podría haber terminado ahí y se hubiese transformado en una épica sin precedentes, pero Waters tenía más arsenal: dedicó una versión hermosa de 'The Gunner Dream' (del disco "The Final Cut") a Víctor y Joan Jara, a quien había visitado el día anterior.

La coda del show fue con ‘Confortably Numb’, que cerró el mega-espectáculo con los fuegos de artificio de rigor acorde a toda la espectacularidad derrochada por más de dos horas intensas de música cósmica, con quizás su propuesta más rockera y dinámica, alejada de sus otros sincronizados y perfectos shows en visitas anteriores. «Arrojar una piedra es una acción punible. Arrojar mil piedras es una acción política». La máxima de la revolucionaria alemana Ulrike Meinhof sirve a la perfección para entender la lógica de Roger Waters, quien usó su show para brindar la propaganda política más subversiva jamás realizada en un concierto de rock, y que se cuadra con las manifestaciones sociales en nuestros actuales tiempos violentos.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt

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