Rock al Parque: Otros paradigmas

El multitudinario festival colombiano desafía y es desafiado

En cuanto a organización, Rock al Parque, el festival gratuito que se realiza anualmente en Bogotá, es una máquina muy bien aceitada. Nada que envidiar a los grandes eventos que acá en Chile cuestan un ojo de la cara. Accesos bien definidos, suficientes servicios higiénicos, todo el comercio necesario para subsistir, zonas de descanso más que agradables, suficiente seguridad como para mantener a raya cualquier situación. El lugar donde se realiza, el Parque Simón Bolivar, es una locación perfecta: llena de verde, espaciosa, bella, con un cielo decorado por cometas y uno que otro avión. Sin problemas, el lugar albergó a 150 mil personas durante los pasados 18, 19 y 20 de agosto, tres días de música sin parar que configuran el más importante de los festivales Al Parque, una serie que también contempla eventos especializados en jazz, salsa y ritmos tradicionales.

La primera jornada del evento es conocida informalmente como "el día del metal" porque, desde un tiempo a esta parte, concentra a las apuestas más radicales y extremas del cartel. Casi ochenta mil personas responden al llamado, y el verdor del Simón Bolívar se mezcla con la negrura de sus vestimentas, que en el fondo son uniformes que denotan militancia. Bogotá ama el metal y el metal ama a Bogotá. Una vez más, compruebo que no hay un público en el mundo que sea tan devoto, tan entregado, tan fiel como el metalero. Aproveché de ver un rato a Cattle Decapitation, experimentados estadounidenses que meten ruido desde mediados de los noventa, recibidos como ídolos por el público local, pero lo que más disfruté ese día fueron las presentaciones de bandas colombianas históricas. Tanto los caleños de Skull como los medellinenses de Masacre, celebrando 20 y 30 años de carrera respectivamente, despertaron mi respeto y el fervor de una audiencia digna de ser captada fotográfica con drones. En un momento registré con la vista ocho círculos de mosh girando al unísono, el más simbólico de todos formado únicamente por mujeres.

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En los siguientes días, Rock al Parque gana diversidad. Nuevos colores se suman al panorama, variopinto a morir. Veo a Quentin Gas & Los Zíngaros, unos españoles que mezclan flamenco e indie pop, aunque al final me recordaron a unos Astro con menos chispa. La gente no se sabía las canciones, y me daba cuenta de eso porque aplaudían supuestos remates de canciones en desarrollo, pero aun así celebraba con más ímpetu del que a mi parecer merecía una banda de cometido más bien mediocre. Es una particularidad del público bogotano: se comporta con un entusiasmo que en Santiago suele reservarse a los platos fuertes, derrocha energía donde nosotros los chilenos ahorraríamos para después. Otros desconocidos para el grosor de la audiencia, los congoleños Jupiter & Okwess, vitales y encandilantes, obtuvieron una acogida heroica con gargantas coreando su nombre, pese a que también se escuchaban aplausos en finales falsos, reacciones delatoras del anonimato en torno a un grupo que se fue de Colombia con muchos oyentes nuevos.

Luego de ver un rato los franceses de The Inspector Cluzo, un power dúo de guitarra y batería eminentemente rockista, a mi juicio más apto para un pub que para un gran festival (aunque es obligatorio volver a señalar que la gente lo recibió muy bien), algunos de mis acompañantes, muy buenos periodistas de Argentina, España y también Chile, expresan ciertos reparos con la curatoría del evento señalando que tiene muchas bandas que serían "de letra chica" en certámenes similares a lo largo del mundo. También se aventura por ahí que Rock al Parque debería "competir" con Vive Latino. Le doy algunas vueltas al asunto, especialmente tras ver la presentación de HMLTD, una versión descafeinada y glamera de The Hives que de seguro experimentó el mejor momento de su carrera ante miles de bogotanos que los abrazaron cálidamente en la espera por Pussy Riot. Sin embargo, después de quedar fulminado con el show de Antibalas, que incluyó mi momento favorito en tierra cafetera, un estupendo cover de 'Che Che Colé' de Willie Colón, mi conclusión acerca de Rock al Parque es que no se trata de un festival que responda a las lógicas capitalistas de siempre. Es, en cambio, una instancia que permite que suenen grupos amateur en sus primeras horas, en la que se promueve un proyecto de ciudad y una disposición positiva hacia la música. Lo dice el propio curador, Chucky García, en su balance: "El espíritu de Rock al Parque no desaparece. Siempre lo más importante ha sido fomentar la actitud de descubrir propuestas alejadas de los circuitos comerciales".

Disfruté mucho estar en un festival que responde a paradigmas tan nobles, y quizás es cierto que sería beneficioso afinar un poco más el ojo en la selección de bandas, pero siempre y cuando se mantenga el ánimo aventurero y puramente melómano de la experiencia que se propone. En ese aspecto, el de dar vuelta lo establecido, me quedo con Pussy Riot como lo mejor de Rock al Parque 2018. La mayoría esperaba escuchar acordes punk, de acuerdo a la típica descripción del colectivo que suele echar mano a esa palabra, pero lo que llegó hasta el Simón Bolívar fue un show de trap, gabber, tecnopop y tintes industriales digno del catálogo del sello PC Music, una combinación de géneros que a ratos evocaba a Die Antwoord por el uso felino de la voz femenina y los beats juguetones, pero también traía a la memoria a Atari Teenage Riot cuando las pulsaciones se volvían frenéticas e inclementes. El propio paradigma del festival, que tiende a ser rockero y por ende muy masculino y estrictamente guitarrero, fue destruido por las rusas de un solo golpe, con un show visualmente lleno de iconografía pop (Nintendo, Star Wars, Hello Kitty), consignas feministas y de alto contenido político, en suma un enorme bloque de significado con intervenciones de Nadya Tolokonnikova sobre su experiencia en la prisión y muestras de apoyo, a través de pañuelos verdes, a la causa del aborto libre en Argentina. En una de sus canciones, la de mejor letra, hacen una oda a la vagina. "La vagina es el lugar del que vienes", dicen. Al otro día no faltaron los reaccionarios quejándose, pero qué más da cuando la semilla de su mensaje ya fue plantada. Ahora, a regarla.

Andrés Panes

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