Peter Brötzmann Full Blast: los caminos disruptivos del free-jazz

La “segunda venida” del maestro alemán

Miércoles 07 de noviembre de 2018, Centro Cultural Matucana 100

A solo dos años de su anterior visita, ayer se presentó en Santiago uno de los nombres fundamentales del free jazz europeo, el vientista alemán Peter Brötzmann. Junto a su trío Full Blast, el legendario instrumentista, quien ya estaba cambiando la historia de la música instrumental a fines de los 60 con discos tan importantes como “Machine Gun” y “Nipples”, expuso ayer su crudo, dislocado y violento mensaje musical. Bastó solo una hora de concierto, para que Brötzmann, junto a su trío integrado por el bajista Marino Pliakas y el baterista Michael Wertmüller, demostrara toda su intensidad y sabiduría musical improvisatoria, a estas alturas, una marca indeleble de un artista que se ha movido en los márgenes más sombríos y exploratorios del jazz.

Pero la jornada comenzó cerca de las 21:45 horas, con la apuesta del trío nacional Fuerza Labor, formación que lleva ya varios años tocando junta y que está integrada por el siempre inquieto vientista Edén Carrasco (Akinetón Retard), el bajista Santiago Astaburuaga (MediaBanda, Yonhosago) y el baterista Felipe Araya. La banda se mueve entre el jazz experimental y la composición instantánea que tiene sus raíces en nombres de la tradición clásica del siglo XX, como John Cage, quien movió los límites de lo que entendemos por música y de los mecanismos para crearla. 

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La primera improvisación, de cerca media hora de duración, combinó la fiereza de Carrasco en el saxo tocado de manera tradicional o intervenido con aquellas clásicas cajas de metal de galletas o un cedé, que le entregaban un sonido desencajado y turbio al instrumento. Por su parte, Astaburuaga le sacaba sonidos al bajo de las más diversas maneras, no solo con la digitación clásica y algunos acordes monótonos, sino que también a través de efectos o ejecutándolo con objetos. Aquella fuerza telúrica, era complementada con la batería atiborrada de Araya, quien era el encargado de entregarle la potencia tribal a la performance sonora. Sensación ritual que se acrecentaba con el particular sonido de la gaita colombiana interpretada por Carrasco.     
 
Tras algunos minutos de intermedio, la figura algo curca e incólume de Brötzmann apareció en el escenario y la sensación era la de estar viendo a un verdadero hombre hecho sonido, soplo, hálito vital. La salvaje base rítmica de Pliakas y Wertmüller se iniciaron como un motor incesante, para que el vientista comenzara con sus líneas melódicas imposibles, creadas con esa sonoridad feroz y desgarrada marca registrada de su manera de tocar. Pliakas pasaba continuamente la sonoridad de su E-Bass -sin clavijero- desde un sonido limpio a uno distorsionado y Wertmüller hacía lo propio con el doble bombo, utilizando la batería como un todo viviente. Justamente, cuando ambos instrumentos sonaban más alto, el saxo de Brötzmann se perdía en lo oscuro, en los caminos más delirantes de la música contemporánea. Brötzmann rompió con la formalidad y los estándares del jazz de su época, para llevarlo a lugares mucho más inestables y, por eso mismo, fascinantes.

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En las sucesivas piezas, la intensidad de la performance en vez de menguar, iba creciendo exponencialmente. La sonoridad irracional del trío se hacía cada vez más presente en una audiencia que escuchaba con una mezcla de respeto y pasmo, las arremetidas “vientísticas” del alemán. En un momento, la base rítmica enmudeció y Brötzmann despegó con un solo bizarro, que cuando parecía por un segundo, iría por un lado más lírico, cambiaba diametralmente a aquellas secciones melódicas feroces, verdaderos alaridos que salen desde su propia alma, entendida como analogía de soplo vital. Fue una hora de un frenesí musical arrebatado, en esta “segunda venida” del saxofonista alemán –por ocupar una metáfora bíblica- que nos hizo, una vez más, afirmar la vida y dejar el nihilismo para siempre como un mal sueño de un infame pasado.

Héctor Aravena A.
Fotos: Peter Haupt H

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