Paul McCartney: Un privilegio

Éxitos impermeables al paso del tiempo

Martes 22 de abril de 2014
Movistar Arena

 

No hay nada como lo vivido anoche en el primero de dos shows que McCartney concertó en nuestro país en su gira Out There!. Ni siquiera la experiencia del 2011 en el Estadio Nacional llega a compararse a la clase de maestría que el ex The Beatles ofreció en el recinto del Parque O’Higgins. No porque la calidad del espectáculo haya sido más alta que en la oportunidad anterior, sino por un elemento fundamental: la cercanía del artista con su público. Mientras hace tres años muchos solo pudieron escucharlo y ver juegos de luces debido a la enorme distancia que los separaba del escenario, ahora a solo metros del artista, la consigna era ser testigos de la enorme presencia de Paul McCartney, uno de los protagonistas del cambio más revolucionario en la música popular, que terminó influyendo a todas las generaciones por venir.

El británico, hoy, a sus setenta y dos años, hace gala de un estado físico envidiable para cualquiera de su edad e incluso más jóvenes. Pero aún más, el legado que él formó junto a sus tres amigos de Liverpool permanece intacto, lo respeta y lo cultiva, y para su público, el experimentar la historia de parte de quien la vivió y la escribió –particularmente con el alto nivel técnico que presentó- es de esos momentos únicos en la vida. No solamente eso, también la capacidad de mantenerse activo y de hacer que una canción tan reciente como ‘Queenie Eye’ (del disco que lanzó el año pasado, “New”), tenga el potencial de convertirse en un clásico y en otro de sus himnos, hablan de una vigencia que no se extingue.

Ante un repleto arena, con alrededor de doce mil personas, McCartney hizo gala de toda su trayectoria, pasando por momentos emotivos y también otros tan guitarreros y furiosos como ninguna banda que se escuche hoy por hoy. Aparte, su simpatía y su intento por hablar español (incluso chileno), saludando al público, leyendo sus torpedos, invitando a la “fiesta” en que posteriormente se convertiría el recital, también formaron parte vital de la experiencia. El inicio fue sorpresivo con ‘Magical Mystery Tour’, dejándose querer por una calurosa fanaticada y marcando el inicio de un viaje multicolor de casi tres horas.

Hubo rock and roll en ‘Let Me Roll It’, hubo guiños a la Beatlemanía, como en ‘All My Loving’, hubo literalmente fuego y explosiones en la extraordinaria ‘Live and Let Die’, hubo momentos íntimos como en ‘Blackbird’, más de alguna lágrima en el homenaje a George Harrison con ‘Something’, hubo riffs por doquier en las apoteósicas ‘Back in the USSR’ y ‘Helter Skelter’. Y detrás de McCartney, una banda, formada por los guitarristas Rusty Anderson y Brian Ray, el baterista Abe Laboriel Jr. Y el tecladista Wix Wickens, que da el ancho para la leyenda, y que apoya al músico sea que esté con su bajo, con guitarra acústica o eléctrica o piano. Junto a eso, un despliegue de imágenes que mostraron parte de su historia o que añadía divertimento al show.

Y si hubo alguna duda sobre su capacidad de empatar su propio legado, aquello se disipó cuando interpretó ‘Being for the Benefit of Mr. Kite’, que, aun cuando originalmente contaba con la voz de John Lennon, Paul la honró y la sostuvo en alto manteniendo su carácter lisérgico. Tampoco tuvo temor en emocionarse en ‘Here Today’, en el saludo a su “hermano John”, y a declarar su amor tanto a Linda en ‘Another Day’ como a su actual esposa Nancy en ‘My Valentine’. Pero su maestría queda en total evidencia cuando dirigió una multitud de “chiquillos y chiquillas” en el coro eterno de ‘Hey Jude’. La multitud estaba totalmente a los pies de McCartney, entregada y encantada.

Ya cerca del final, visitó otro de sus más grandes clásicos, ‘Yesterday’, para cerrar con ‘Golden Slumbers’, ‘Carry the Weight’ y ‘The End’. El viaje, tal como proponía McCartney en esa loca incursión audiovisual de ‘Magical Mystery Tour’, fue redondo: el amor que das es el amor que recibes. Lo de anoche fue una profunda experiencia emocional, de esos hitos que marcan y definen el resto de la vida. “La raja”, como sentenció el inglés. Un privilegio para nosotros.

María de los Ángeles Cerda

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