OMD: La electricidad del mensaje

El debut que muchos soñaron

Sábado 2 de febrero, 2019
Teatro La Cúpula

La música de los 80 goza de un magnetismo que no podemos ignorar. Puede que parezca un detalle soslayable en tiempos del streaming, pero basta con prender la radio para darnos cuenta de que esa época sigue ahí, sonando tan fresca como siempre. Fueron tiempos duros en Chile. El apagón cultural hizo que absorbieramos lo extranjero sin oponer resistencia, muchas veces pasando por alto el contenido y dejándonos llevar solo por lo que salía en los parlantes, quizá como una forma de sentirnos parte de ese mundo hedonista y material que nos era tan lejano. Pudimos ver a The Police en el peak de su carrera, pero estábamos a años luz de presenciar a Depeche Mode, The Human League o Pet Shop Boys, ni hablar de actos como New Order o Kraftwerk. Con el tiempo, todos ellos desembarcaron en nuestro país, a veces en varias oportunidades, pero faltaba una pieza vital en el puzzle de los nombres clave del synth pop y ese era Orchestral Manoeuvres In The Dark. Con hits para tirar por la ventana, los británicos por fin acabaron con una espera que para muchos se hizo eterna, una reunión que su fanáticos más acérrimos añoraron por más de cuatro décadas y que también permitió que generaciones más jóvenes descubrieran la raíz de mucha de la música que hoy en día engalana sus playlist.

Independientemente de la edad, los asistentes a la Cúpula Multiespacio sabían que la noche de sábado se vestiría de nostalgia y, en ese sentido, el dj set de Chico Pérez fue una previa idónea. Obviando algunas fallas técnicas, los éxitos de Yazoo, Electronic y Alphaville, entre muchos otros, hicieron bailar a los más animados mientras se iban ocupando los puestos del recinto emplazado en el Parque O’ Higgins, que cercana de la hora pactada para el inicio del show ya lucía bastante llena.

Muchos no podían creer que finalmente Andy McCluskey y Paul Humphreys, secundados por Martin Cooper y Stuart Kershaw, por fin pisaban suelo nacional. El explosivo comienzo de ‘Isotype’ nos mostró que el grupo da clases de vigencia con una electrónica pulida que en vivo suena avasalladora, sentencia que se repitió más adelante en ‘History Of Modern (Part I)’ y  ‘The Punishment of Luxury’, piezas extraídas de su discografía en esta década y que destacaron como símbolos de que tienen mucho que decir en el panorama actual.

En términos de puesta en escena, la banda fue capaz de prescindir de cualquier pantalla o suplemento tecnológico que pudiera distraer la atención de una performance tan sólida, solo estaban respaldados por un vistoso juego de luces que en ‘Souvenir’ iba a la par con los sintetizadores que Humphreys y Cooper dominaban con excelencia. De hecho, este último lucía muy concentrado trabajando en las melodías soñadoras de ‘Pandora’s Box’ o adornando la festividad desatada de ‘Locomotion’, pero fueron sus momentos de protagonismo en el saxo de las eternas ‘If You Leave’  y ‘So In Love’ los que dejaron rendidos a una audiencia que aplaudió a rabiar sus exitantes intervenciones, ganándose el apodo de “saxmachine”. La potencia de Stuart Kershaw tras la batería dejó pasmados a varios que registraban en sus smartphones la performance de ‘Joan of Arc’, ‘Joan of Arc (Maid of Orleans)’ y especialmente ‘Of All the Things We've Made’, en la que mantenía el ritmo de manera incesante golpeando solo la caja en la parte frontal del escenario junto a los demás integrantes en el momento más íntimo de la jornada, un corte minimalista que con pocos elementos fue capaz de generar una atmósfera especial.

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Otro de los aspectos que llamó la atención fue el excelente estado vocal de Paul Humphreys y Andy McCluskey. El primero se lució tomando el liderazgo de ‘(Forever) Live and Die’, recorriendo el escenario con su voz aterciopelada mientras el segundo se hacía cargo de los sintetizadores. Esta alternancia de Andy resultó tan vistosa como sus bailes mientras se hacía cargo del bajo  en ‘Messages’ o ‘Tesla Girls’. El dúo derrochó carisma, se bromeaba, hacía reír a los presentes y mantuvo un ambiente grato en todo momento, incluso firmando discos a los de las primeras filas en  ‘Walking on the Milky Way’.

En un momento de la noche, Andy le hace una hilarante pregunta a Paul: “¿Por qué nos demoramos 40 putos años en venir a tocar a Santiago?’. Como era su primera vez en esta parte del continente, decidieron enfocarse en su repertorio más conocido, lo que fue la decisión más acertada para que todos pudieran entregarse de lleno a himnos como ‘Dreaming’, ‘Electricity’, ‘Sailing on the Seven Seas’, y ‘Secret’, sintiendo como la electricidad del mensaje entraba por cada poro de la piel. La banda estaba encantada con la entrega de un público que saltaba y coreaba la línea de sintetizador de ‘Enola Gay’, sus sonrisas perplejas y sus miradas cómplices evidenciaron que esto ya no era un sueño, y que la realidad que se vivió en el concierto superó con creces a la ficción de cualquier fantasía.

Amparados en un setlist irrebatible, un sonido de alta calidad y una conexión conmovedora entre ellos, el debut de OMD en Chile fue todo lo que sus fanáticos siempre soñaron. La fiesta que desataron estos ilustres del synth pop unió a generaciones que cayeron bajo el encanto de este romanticismo sintetizado que hoy luce elegante, vibrante y refrescante a pesar del paso de los años. Prometieron volver con un repertorio más actualizado, pero esta vez decidieron regalarnos una noche de clásicos y lo cumplieron a cabalidad. La espera pudo ser fría, a veces sin alma, pero con canciones que aún son parte de nuestro imaginario colectivo, no es tan difícil de cuestionar porque estamos tan enamorados de esas maniobras orquestales en la oscuridad.  
 
Pablo Cerda
Fotos: Juan Pablo Maralla

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