New Order: Ceremonia electrónica

Un regreso a casa llena

Miércoles 9 de enero, 2019
Teatro Caupolicán

Tras su grandioso paso en diciembre de 2016 tocando en el mismo Caupolicán, había mucha expectativa ante el retorno de New Order, sobretodo considerando que el combo goza de una apasionada fanaticada que se lanza de lleno a la pista cuando se trata de honrar su legado. Las postales del memorable encuentro aún estaban frescas en la memoria y muchos querían repetirse el plato apenas se anunció el desembarco de los británicos, pero los problemas con el transporte de los instrumentos desde México aguaron la fiesta programada originalmente para el 21 de noviembre de 2018, lo que ocasionó la infame cancelación del evento el mismo día por la mañana. Debido a su apretada agenda, la recalendarización para los días venideros era imposible, por lo que la nueva fecha escogida prometía un reencuentro mítico que ya tomaba otro sabor; este concierto debía tener un gusto especial y vaya que lo tuvo. Por cuarta vez, la música de New Order volvió a brillar en todo su esplendor, no solo con su catálogo actual, sino que también con sus clásicos inmortales y los honores respectivos a Joy Division, leyenda que sigue despertando placeres desconocidos y no se cansa de revivir generación tras generación.

Antes del comienzo del show, la ansiedad se hacía palpable en cada rincón del coloso de San Diego, los fanáticos esperaban impacientes mientras la hora avanzaba al son del DJ set que se apostaba en el escenario. Luego de unos minutos de retraso, la espera por fin terminó y Bernard Sumner, Gillian Gilbert, Stephen Morris, Phil Cunningham, Tom Chapman entraron a las tablas con ‘Das Rheingold’ de Wagner sonando por los parlantes mientras los presentes aplaudían a rabiar y los primeros acordes de ‘Singularity’ cortaron el listón para inaugurar casi dos horas de fiesta en que la intensidad fue la tónica en todo momento. El aparataje técnico de primer nivel fue determinante para lucir los cortes de “Music Complete” (2015), en que las gélidas tierras escandinavas de ‘Academic’, las figuras geométricas de ‘Tutti Frutti’, la autopista de ‘Plastic’ y el video épico de ‘Restless’, dirigido por el colectivo madrileño NYSU, jugaron como un actor más arriba del escenario, contextualizando de manera visual la llamarada de beats que emergieron desde los amplificadores. La excelente puesta en escena acompañada de luces de todos colores, e incluso una bola de espejos en un instante específico de la actuación, complementó la propuesta de una banda armada de un setlist sólido en que los clásicos no perdieron vigencia, amén de las refrescantes versiones de ‘Crystal’,  ‘Subculture’, ‘World’ y ‘Vanishing Point’, en que las que lo orgánico de las guitarras eléctricas se relacionó amorosamente con los sintetizadores en un acalorado encuentro en que el hombre fue uno con la máquina.

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Pero además de los factores netamente visuales y musicales, con una ejecución soberbia de parte de cada uno de los integrantes, fue el público el que condujo esta ceremonia electrónica en qué ‘Bizarre Love Triangle’ y ‘Temptation’ marcaron instantes de antología en que la piel se erizaba con solo sentir el volumen del coro masivo, a lo que Bernard respondió pasándole el micrófono al respetable en varias oportunidades. Ver un Caupolicán envuelto en la emotividad sintética de himnos como ‘Ceremony’, ‘Age of Consent’, ‘Your Silent Face’ y ‘True Faith’ o prenderse con la intensidad de una bola de fuego incandescente al ritmo de ‘The Perfect Kiss’ o ‘Blue Monday’, no hace otra cosa que recordar las palabras de Bernard Sumner en su biografía: “La longevidad de la música es algo que no deja de asombrarme. Joy Division inició su andadura en 1977, y aquí estamos, más de tres décadas después, tan populares como lo hemos sido siempre, ganándonos a las nuevas generaciones y consiguiendo nuevas audiencias”.

Frase de puño y letra del sobreviviente de una historia mítica, uno de los pilares de un colectivo que forjó una identidad tan única que no queda otra que rendirse ante tamaña transmisión de energía. El eterno Ian Curtis  apareció en la pantalla mientras el frío de ‘Atmosphere’ y ‘Decades’ caló en los huesos de los asistentes, con inquietantes melodías que recorrieron el lugar como fantasmas sónicos, a la vez que más de algún fiel derramaba una lágrima emocionado. Finalmente, ‘Love Will Tear Us Apart’ se contrapuso a las predecesoras con una versión rockera y mucho más luminosa que fue la encargada de transformar por última vez el recinto en una gran pista de baile, lo que vino a coronar otra gran actuación de los estandartes ingleses en nuestras tierras. No sería muy descabellado proponer que New Order se supera con cada nueva visita, siendo esta una de las mejores en sonido, repertorio y apuesta visual, argumentos que justifican el porqué siempre nos entregamos a ellos en corazón y alma.

Pablo Cerda
Fotos: Juan Pablo Maralla

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