Marky Ramone: Alma, corazón y punk

La noche en que se mantuvo viva la llama de los Ramones
Marky Ramone: Alma, corazón y punk

Jueves 15 de marzo, 2018
Club Blondie

Al igual que pasa en la cultura pop, cuando ver un show de un ex Beatle se transforma en un hito histórico, para la masa de militantes de la contracultura del punk ver a uno de los integrantes que aportó para la creación de aquel imaginario –en su periodo seminal–, es un imperdible. Poco importa cuántas vez haya tocado ya en el país (la última en menos de un año), o si se ha reinventado, o si el mismo día la oferta de conciertos en la capital era abrumadora (Volbeat, Alain Johannes Trío, Phil Collins, Ego Kill Talent). Ir a ver cómo Marky Ramone perpetúa el legado ramonero es un deber.

Haciéndose escudar por la joven banda Blitzkrieg, en una unión que funciona como un tributo soñado de la mítica banda newyorkina (el baterista es considerado el quinto Ramone tras reemplazar al fundador Tommy en el puesto), hay que reconocer dos cosas. La primera, que Marky se halla en una situación delicada: defender el legado de un grupo cuyos principales miembros –Joey, Johnny y Dee Dee– están muertos. Segundo, no es un misterio que la marca sigue haciendo dinero, por el merchandising  (¿será el logo de los Ramones el que más se repite en poleras?), los derechos de autor y los discos que aún están comercialmente vivos. "Cada año, los Ramones se hacen más populares", lo decía recientemente él mismo a la revista Billboard.

Pero, finalmente, todos los datos y análisis se hacen agua cuando Marky sale al escenario y se sitúa tras los tambores. El resto, una clase de punk rock. Es un show sin especulaciones, que adquiere una tónica mística por el lugar, el Club Blondie, que tanto por estética e historia, no hacen más que recordar espacios icónicos en donde hace más de 40 años se iniciaba el movimiento en antros como el legendario CBGB. Por eso también la presencia de Los Mox! como teloneros tiene mucho de simbolismo, más allá de su característico y conocido show, es una banda que ha bebido a vaso ancho de lo que heredaron los Ramones.

La performance es de manual: el bajista Alejandro Viejo inicia cada track con el tradicional grito acelerado “one, two, three, four”, para que Marky descargue el pulso punk en batería, entre platillo y caja. Tan básico como efectivo. El público se emociona desde el principio, y la mística del baile, los saltos y el pogo no se hacen esperar. Van interpretando sin descanso canciones que se han convertido en la banda sonora de millones. ‘Sheena is a punk rocker’, Beat on the brad’, ‘Havana affair’, ‘53rd & 3er’, ‘Rock ‘n roll High School’, ‘RAMONES’, ‘Do you remember rock ‘n roll radio’, fueron algunas de las descargas. Punto aparte el oficio del frontman Iñaki Azaceta, cuyo color de voz  es un calco al de Joey, y para qué decir su forma de pararse sobre el escenario, algo que, para bien o para mal, solo hace aumentar la experiencia de ver y escuchar estos clásicos del rock. Aunque hubo una pegada iniciada por ‘Surfin’ Bird’ (la gran canción de The Trashmen también revivida en uno de los capítulos más hilarantes de Family Guy), y seguida por ‘Judy is a punk’, ‘I believe in miracles’, ‘The KKK took my baby away’, ‘Pet Sematary’, ‘Chinese rocks’ y ‘I wanna be sedated’, que dejaron a todos extasiados y agotados. Y agradecidos, aunque faltaba tramo por recorrer. Dos salidas más y un gran remate con ‘Blitzkrieg Bop’ –como no– coronaron la noche, en el que ese grito de guerra punk “Hey! Oh! Let’s go!” retumbó los cimientos del local santiaguino.

El presente ucrónico de los míticos y malditos Ramones vive en su sobreviviente baterista, también convertido en un héroe que parece haberse quedado en 1978, hasta con su flequillo intacto. Pero insisto, poco importa. En un show que abarcó 34 canciones, donde hubo descargas de energía y coros por doquier, Marc Steven Ball siguió escribiendo su leyenda. ¡Y cómo no si es un jodido Ramone!

César Tudela
Fotos: Juan Pablo Maralla

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