Mark Lanegan: Viejo lobo

El crooner volvió a traernos oscuridad

Miércoles 12 de septiembre, 2018
Club Subterráneo

Mano izquierda sobre el micrófono, mano derecha en el atril. El rito performático de Mark Lanegan sigue intacto desde los conciertos con sus queridos Screaming Trees, en el frío Seattle hace ya tres décadas. Su postura sobre el escenario se ha mantenido con el paso del tiempo, sin distinción si está interpretando el rock más agresivo con Queens of the Stone Age o alguna dulce balada con Isobel Campbell. Y la verdad poco importa. Lanegan tiene otra forma más elegante aún para mantenernos expectantes a cada instante. Absorbidos. Abstraídos. Atónitos.

Como un viejo lobo, su aullido cavernoso hipnotiza. Es imponente. No necesitó más que su voz de barítono de blusero desdeñoso para domar al público que llegó al Club Subterráneo. Pese a lo lleno, el silencio se hizo parte del show, porque como comunicó en diversas entrevistas previas, éste no sería a banda completa. Una guitarra, teclados y samplers fue todo lo que necesitó Mark para realizar su set, con versiones de su repertorio que, en lo musical, estuvieron reducidas a su mínima expresión. De nuevo, es el poder mágico de su garganta lo que cautiva, dejando que todo fluya a su alrededor, invitándonos a su oscuridad. Con ‘When your number isn’t up’ –canción con la que abrió su tercera visita a Chile– ya tenía a todos conquistados, aún cuando en su letra realiza preguntas como “And where are your friends?”. Los amigos estábamos ahí, muy atentos a todo.

Hay algo especial en Lanegan. Su misticismo también es parte de la fórmula con la cual logra atrapar las miradas, sino el corazón. Las canciones iban pasando una a una como una liturgia, a veces tenebrosa, a veces desgarradora; visitando las distintas formas en las cuales el compositor ha impreso sus dolores, sus visiones, sus pensamientos. Intensa fue la pegada ‘Hit the city’ con ‘Nocturne’, visitando uno de sus clásicos con una de las mejores de sus nuevas canciones. Su voz es todo en medio de la pradera de beats electrónicos, acordes minimalistas de teclado y una guitarra alcoholizada que siempre estuvo en segundo plano. Jeff Fielder demostró ser un guitarrista más bien discreto, que intencional o no –y siendo exquisito–, no tuvo presencia en las cuerdas. Se extrañaron los ricos detalles de riffs y arpegios que provienen de las distorsiones y efectos, sobre todo en temas más intensos como ‘The gravedigger’s song’ y ‘Beehive’; o las sutilezas de los arreglos que se desprenden de las originales ‘One hundred days’, ‘Come to me’, ‘One way street’, o ‘Phantasmagoria blues’. Por otro lado, lo logrado en ‘Sister’, ‘Sad lover’ y ‘On Jesus’ program’, funcionó sorprendentemente bien, con el protagonismo aumentado de los trucos digitales –a cargo de Shelley Brienne, también en coros– que, de forma muy natural, rejuvenecían la voz rasposa y de las profundidades de Lanegan, y otorgaron una atmósfera menos introspectiva.

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Cuando regresa nuevamente al escenario, tras el bis, lo hizo acompañado de uno de los nuestros. Alain Johannes, amigo y colaborador incansable de Mark, se colgaba una guitarra electroacústica para hacer dos temas. Se vino lo más emocionante de la noche. La primera, ‘I am the wolf’, en una versión mucho más luminosa que la original, con Alain inyectándole un groove tan solemne como energético, y Lanegan, con cigarrillo en mano, sacaba su voz grave y rasgada. El ritmo y la percepción de un show aletargado –aunque no por eso menos perfecto– cambió hacia una luminosidad que dio indicios de muchas cosas, como el buen momento de Alain, lo en casa que ya se siente en la patria, y por supuesto, la confianza y respeto irrestricto que se tienen. Se respiraba el feeling de estos dos colosos del rock alternativo. Otra cosa no menor es contextualizar esta junta. ¿Alguien hubiese pensado, hace algunos años atrás, que en suelo nacional podríamos tener colaboraciones y conciertos únicos que juntaran a Nick Oliveri, Mike Patton, Alain Johannes y Mark Lanegan? Ni en nuestras mejores fantasías rockeras.

Finalmente, el más grande regalo fue cuando Alain empezó hacer el inmortal riff de ‘Hangin’ Tree’, esa canción parida en el laboratorio desértico llamado Rancho de la Luna, que tantas veces hemos escuchado, pero que la pasada noche nos mostró una de sus mejores versiones. Casi seminal, desnuda, pero en su estado más real. Fuimos testigos privilegiados de esos momentos imborrables en la música que, cuando los hemos visto por YouTube, hemos susurrado a la pantalla: “por qué no estuve ahí”. Ayer, lo vivimos, a metros de distancia. Mágico y soberbio show. Lanegan nunca defrauda.

César Tudela
Fotos: Juan Pablo Maralla

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