Lisandro Aristimuño: Viento sur

Atmósferas oníricas e intensidad eléctrica
Lisandro Aristimuño: Viento sur

Sábado 26 de mayo, 2018
Teatro Cariola

Como varios de nuestros compositores nacionales, el argentino Lisandro Aristimuño irrumpió en la escena musical la pasada década desde la independencia y con una nueva mirada de ver la música popular de su país. Oriundo de la Patagonia (Río Negro), ha hecho de la búsqueda y fusión sonora su marca, significando una bocanada de aire fresco para su generación. Con ya más de una década de trabajo y seis álbumes publicados, pudo concretar su visita a Chile –luego de su frustrada fecha el año pasado– para presentar “Constelaciones”, su último disco. Y el consagratorio, que lo llevó a agotar su primer Luna Park en Buenos Aires.

En el Teatro Cariola, pudo convocar a cientos de fanáticos en este lado de los Andes, que se reservaron el aplauso inicial para hacer silencio y escuchar un canto indígena, en lo que era una especie de bendición ancestral antes que se abriera el telón e iniciara su show con ‘Me hice cargo de tu luz’, ‘How long?’ y ‘Una flor’. Desde esos primeros momentos, Aristimuño junto a su banda –vestidos completamente de un elegante negro– mostró por donde se mueve su mundo sonoro que se caracteriza por la creación de ambientes oníricos. De vocación orquestal y eléctrica, su música es una mezcla entre rock alternativo, pop de autor, ritmos folclóricos e inquietudes digitales, como si Jeff Buckley y Bon Iver hubiesen escuchado al Flaco Spinetta y a León Gieco, y hubiesen creado desde ahí. Esa aura es la distinción máxima del rionegrino, teniendo como pruebas ‘Plug del sur’ (que estalló en percusiones hacia el final), ‘Azúcar del estero’ (un folklore postmoderno con charango, bombo legüero y base electrónica), o la nostálgica ‘La última prosa’, una de las más aplaudidas. Otra de las características es como construye sus melodías, casi siempre en progresión, algo que tiene mucho que ver con su habilidad como guitarrista. Tiene un estilo perfeccionista a la hora de realizar arpegios, ya sea en la guitarra criolla como en la de 12 cuerdas (‘Anfibio’), como también cuando toma la eléctrica, siendo sutil y vertiginoso a la vez (talento explícito en ‘En mi’), validando el apadrinamiento que hace años le hiciera Ricardo Mollo.

Hacia el final, Aristimuño transitó por varios climas. ‘Tres estaciones’ –canción dedicada a su hija Azul– es una hermosa canción de cuna; ‘Hijo del sol’ tiene un inesperado groove gracias al riff en  guitarra electroacústica; ‘Greenlover’ –dedicada a las Abuelas de Plaza de Mayo– tiene un arreglo orquestal potente; ‘Es todo lo que tengo’, fue una de las más energizantes, al punto que rompió el hielo en el público que comenzó hacer palmas, luego cantar los riffs en la más pura tradición trasandina, para luego pararse de las sillas y comenzar a levantar las manos y revolear chalecos. Para cerrar luego del bis, la íntima ‘Vos’, ‘Pozo’ que estaba en lista pero que fue pedida al unísono por algunos fanáticos, y la carnavalesca ‘Elefantes’.

Un despliegue de siete músicos sobre el escenario (donde destaca la labor de Rocío Aristimuño en los coros y percusiones, el bajista y chelista Lucas Argomedo, y los dos violinistas que le dan el toque definitivo y dramático) facturaron una presentación que sorprendió por cómo Lisandro fue capaz de entretejer emociones y hacer crecer melodías ínfimas y cercanas, de letras con una retórica confesional, en canciones impetuosas del porte de un estadio. Todo, sin perder su espíritu autóctono ni su sofisticación urbana, la marca indeleble de su propuesta.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt Hillock

Contenido Relacionado