Juana Molina: No parar de cerrar

La argentina y sus múltiples universos
Juana Molina: No parar de cerrar

Jueves 14 de junio de 2018, Club Amanda

Cosa rara lo de Juana Molina. Rara como su pop -una de las muchas definiciones a su música. Su primer disco se llama así, de hecho-, pero nunca en plan peyorativo. Su “rareza” descansa en lo desafiante de su propuesta, su actitud y sus canciones, características muy bienvenidas: las críticas a su discografía van siempre sobre la media. “Halo”, el más reciente, no es la excepción, una experiencia onírica que trajo a Chile en una llamativa racha: es la tercera vez en menos de un año que pisa la capital. Uno de los motivos de peso para trasladar la cita del Teatro Teletón al Club Amanda (la escasa promoción del evento puede ser otro, además de la polémica en torno al acto de apertura, cuya presencia todavía no se puede explicar), pero la movida resultó de maravillas: en la penumbra de un recinto cerrado, las canciones adquieren más presencia y sus intrincados pasadizos están más a la vista.

“Lo que me pone muy mal es tocar y sentir que la gente se está aburriendo”, comentó la trasandina en una entrevista. Y el riesgo aquí tenía motivos: el show fue casi el mismo de sus anteriores visitas, pero eso no devino en la falta de sorpresa, pues lo que hace Juana Molina sobre el escenario llama a la introspección y la emoción, reacciones cada vez más difíciles de conseguir. Ya con ‘Cosoco’ se barrió con los problemas de sonido vividos en el Teatro San Ginés. ‘Cara de espejo’ logró su efecto alucinógeno con el juego de voces y el mensaje del final, críptico y misterioso: “Cuando uno sabe que va a verse en el espejo pone la cara que espera ver en el reflejo”.

Secundada de excelente forma por López de Arcaute y Schwartz, Juana Molina tiene un alcance telúrico y superpone emociones: una canción tristísima como ‘Eras’ se recibe como una invitación al baile, gracias a ese ritmo en ⅞ que la vuelven irresistible. O como en ese mantra llamado ‘Un día’: cerca de 7 minutos de locura sónica y la voz de Molina que se mueve entre la prédica y Violeta Parra -es decir, desde las entrañas-, para luego perderse en su universo propio, al que nos invita saltando, moviéndose sin parar, una puerta abierta -o una liturgia, llámenle como quieran- a la expresión. El riff repetitivo de ‘Sin guía, no’ es un ejemplo de que las canciones de la bonaerense se encuentran lejos de lo resolutivo. Siempre hay un sonido extra, un arreglo que la desarma o la lleva más allá. Verla sobre el escenario es un pasadizo de emociones que nunca termina, nunca cierra.

Jean Parraguez
Fotos: Peter Haupt H.

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