Jack White

Espíritu salvaje
Jack White

Sábado 14 de marzo de 2015

VTR Stage, Lollapalooza Chile

Por más que los medios estadounidenses traten de basurearlo por una receta de guacamole, no hay cómo descalificar a Jack White. Más allá del fervor fanático hacia su figura, como el salvador del rock and roll en el siglo XXI, lo que predominó en su espectáculo fue su total entrega, dándolo absolutamente todo, como si fuese el último concierto de su vida.

El escenario es pura potencia: White sabe de quién rodearse y en su actual banda apuntan a conseguir el sonido pulcro, pero que retumbe. Impresionó el baterista Daru Jones, el siempre prolijo Dean Fertita, y la cohesionada base de cuerdas que forman Dominic Davis (bajo), Fats Kaplin (pedal steel, mandolina, theremin), y Lillie Mae Rische (voz, mandolina, violín). Pero más que nada el carácter del ex White Stripes: lo que reza en “It Might Get Loud”, aquello que a la guitarra hay que dominarla, se ve en vivo, lo exuda. Y lejos de su performance en el 2005, en el estadio Víctor Jara, junto a Meg, en la que siempre estuvo oculto tras su sombrero y el pelo largo, ahora se hace notar. Y no es solo él y su grupo los que se entregaron por completo, White exige lo mismo de parte de su público, desafiándolo a gritar más fuerte, a ser más ruidosos, a que estuvieran atentos.

 



Es sabido que White hace lo que se le antoja en sus shows. Que de un minuto a otro, puede cambiar de idea y sacar una canción del setlist y poner otra. Y en ese sentido, los viudos de White Stripes se pudieron haber quedado con gusto a poco: menos de un tercio de las diecinueve canciones pertenecieron al repertorio del dúo. El resto, principalmente los temas del catálogo solista de White, de sus discos “Blunderbuss” y “Lazaretto”, en los que White exprimió hasta la última gota de sangre de la guitarra. ¿La sorpresa? Un homenaje a Hank Williams con ‘You Know That I Know’, y el punto álgido, el final, con ‘Seven Nation Army’, donde incluso solo White y el público realizaron la base y la voz. Pero pese a que pudo no haber satisfecho a toda la fanaticada en términos de oír sus canciones favoritas, sí lo hizo en términos de performance y espectáculo: la arrogancia de White lo convierte en dueño y amo del escenario. No hay cómo quitar la vista.

María de los Ángeles Cerda
Fotos: Lotus Producciones

 

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