Greta Van Fleet: Derribando cortinas prejuiciosas

La joven banda pasó la prueba con creces

Jueves 28 de marzo, 2019
Teatro Caupolicán

¿Qué pensaría la vecina de los Kiszka, Gretna Van Fleet, si escuchara el cántico de un público efervescente que corea una adaptación de su nombre en un teatro al sur del mundo? Seguro es una pregunta que muchos se han hecho desde que los hermanos y su amigo Danny Wagner abandonaron su natal Frankenmuth para devorar los escenarios de todo el planeta, no sin antes recibir una avalancha de críticas. Pitchfork destrozó su primer largo, Steven Wilson los tildó de “terribles” y una facción de las redes sociales les profesa odio por sus similitudes con Led Zeppelin. En el otro lado de la mesa, hay algunos que les tienen cariño por su estilo setentero casi de catálogo, incluso, los más afiebrados se apresuran a colgarles la medalla de “salvadores del rock”. Independientemente si es por morbo o fanatismo, el público local acudió al llamado del esperado sideshow y repletó el teatro Caupolicán para asistir al debut de Greta Van Fleet en Chile. Ante una verdadera cortina de prejuicios positivos y negativos, el grupo logró pasar la prueba tomando a varios por sorpresa.

Y si los más desconfiados llegaron buscando autenticidad, The Inspector Cluzo les dio argumentos suficientes para encontrar este preciado valor en su propuesta. Son solo dos en el escenario, pero se siente como si fueran cinco. Phil Jourdain y Malcom Lacrouts repartieron energía como si no hubiera un mañana, el primero tocando con fuerza la batería y el segundo usando su voz a veces aguda y otras áspera mientras disparaba riffs a quema ropa. A pesar de que su configuración de dueto hace pensar en The White Stripes o The Black Keys, los franceses tienen más que ver con la onda pantanosa de Clutch, a momentos muy pesada, pero increíblemente entretenida, un sabroso entremés de lo que será su presentación en Lollapalooza. Dejaron buena impresión en quienes no los conocían y abrieron la puerta para que cualquiera pueda adentrarse en su historia. El binomio hace del “hazlo tu mismo” un modo de vida en todo sentido, no solo como granjeros autosuficientes, sino como artistas empoderados que logran unir lo mejor de la música de raíces europeas con el toque vertiginoso del sonido de Nashville. Simplemente alucinante.

Entrando en materia, lo primero que sorprende de Great Van Fleet es su energética performance con los decibeles a tope. El cuarteto suena fuerte en diferentes planos, ya sea rockeando el escenario con ‘Highway Tune’, pasando a los medios tiempos de ‘Edge of Darkness’ o llevando al público hacia canciones más acogedoras como ‘Flower Power’, instante en el que se pudieron ver algunos globos blancos rodeando el ambiente. Estamos frente a un Rock en estado puro y sin tapujos que también se da el tiempo para rememorar las fórmulas de la vertiente clásica, como el uso de covers o la ejecución de pletóricos jams. Un libreto conocido, pero no por eso menos interesante. GVF toma el papel de arqueólogos musicales e invocan a compositores que no serían una elección obvia para cualquier agrupación, actitud digna de personajes que están dispuestos a escarbar en un viejo baúl repleto de vinilos a fin de inspirarse en Labi Siffre o John Denver y entregar llamativas versiones de ‘Watch Me’ o ‘The Music Is You’, haciéndose cargo de una rica estirpe que interpretan en su propio lenguaje. Y cuando se trata de impresionar al respetable, tiran toda la carne a la parrilla en opulentos pasajes instrumentales, como es el caso de ‘Black Flag Exposition’ o la seguidilla en la que figuran ‘Lover, Leaver (Taker, Believer), ‘Brave New World’ y ’That’s Alright Mama’ (interpretada por Elvis Presley), pero esa misma verborrea hace que el concierto baje un cambio en intensidad, situación que igual logran manejar conectándose con su público.

Gestos que van desde las luces de los celulares en tonos blancos, rojos y azules que se veían desde la galería en ‘You’re The One’, hasta el coro masivo en ‘When the Curtain Falls’ reflejan una simbiosis que hizo sentir a los Greta en total confianza. La voz potente de Josh, las piruetas de Jake en la gibson SG con el manual de estilo de Jimmy Page, la ductilidad de Danny para manejar el bajo y el hammond llenando todos los espacios sin dejar ningún cabo suelto o la alternancia entre el swing y los golpes más certeros de la batería de Danny Wagner son argumentos de sobra para disipar cualquier duda, porque al final del día, los estadounidenses proporcionan un espectáculo que no se queda en superficialidades como el beneficio de su juventud o la usurpación de recursos del pasado, sino que se sustenta en buenas canciones que hacen vibrar a la audiencia y eso es irrefutable.

No se trata de una defensa corporativa o de que Greta Van Fleet sean los salvadores del rock, esto tiene que ver con el magnetismo que genera una acertada sucesión de acordes, un riff atrayente o un coro gigante que une a distintas generaciones en ‘Watching Over’, ‘Black Smoke Rising’ o ‘Safari Song’. Grupos de amigos jóvenes o adultos, padres, madres e hijos o rockeros y rockeras de viejo cuño, todos se entregaron a la experiencia de un combo aún en estado primario, pero en la cresta de la ola y que solo el tiempo dirá cómo evoluciona. Hay aspectos en los que obviamente tienen que crecer, la expectativa por el segundo disco podría jugarles una muy mala pasada, pero en esta fase han probado que se defienden bien, como un ejército pacífico que esquiva los dardos venenosos de sus detractores. Por lo pronto, queda una buena sensación después de ver el debut de Greta Van Fleet, ya que el curioso por fin pudo resolver sus aprensiones y el convencido lo tuvo todo para vivir una noche que podrá atesorar con el flechazo de la primera vez. Veremos qué pasa ante un público más heterogéneo como el de Lollapalooza, por lo pronto, sabemos que la señora Gretna Van Fleet puede estar orgullosa de sus jóvenes vecinos.

Pablo Cerda
Fotos: Carlos Müller (Lotus)

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