Fernando Milagros: Sin aire no hay fuego

Un show que mostró el siguiente nivel del inquieto compositor

Miércoles 10 de octubre, 2018

Teatro Oriente

 

“El secreto es juntarnos”. Ahí, en medio del público, sin amplificación y en la mediania de su set, Fernando Milagros encara su destino y resuelve esa duda que acompañó al concepto promocional de este show que comienza a cerrar el ciclo de su disco “Milagros” (sin duda, uno de los mejores de la temporada pasada). “Las canciones no son de quien las escribe, sino de quien se las aprende, de quien las toca”, continuó diciendo, en un recado directo a la SCD, pero sobre todo, vociferando una profunda convicción sobre lo que significa hoy la música en su vida. El compositor ya lleva a cuestas una mochila menos pesada que cuando empezó. Ahora, su brújula apunta a crear desde la raíz, desde esas melodías que siempre han estado ancladas en el alma de nuestra tierra sudaca, llena de colores que se complementan, como lo representa la whipala, emblema de los pueblos amerindios. Con esa cosmovisión, interpreta una emocionante versión de la ‘Tonada de luna llena’, imitando la voz aguda de su autor original, el venezolano Simón Díaz. Ahí, despojado de toda modernidad y solo con su cuatro, en uno de los pasillos del teatro devela que el espíritu de su repertorio más novel ahora rasguña suelo latinoamericano, con esa aridez (y dolor) contundente que tan bien le queda.

 

Por eso, no es sorpresivo que el concierto haya sido prologado por Beatriz Pichi Malén. La cantora argentina, a capela y en mapudungún, interpretó un canto indígena que remata en español con la desgarradora frase: “La música del futuro suena en el corazón de un niño que aún no sabe hablar”. La música del futuro como el pulso vivo que nos acompaña desde que somos. Esa introducción quedó perfecta para cuando Milagros con su banda se adueñan del escenario y empiezan con ‘Corazón negro’, la canción de Matanza que tiene la colaboración de Fernando. “Corazón negro, danza secreta”, canta y repite como si fuese un mantra chamánico, para luego seguir con ‘Un espíritu’, ‘Todo lo que sé’, ‘Cuál es el secreto’ –con la colaboración de Soledad del Río–, ‘Nube blanca’ –con aún más marcado ritmo altiplánico y sumándole al disurso una coyuntural duda: “¿Qué pasó en Quintero, qué pasó en Puchancavi?”–, y ‘La bomba’. Todas de su último disco, para dejar en claro el motivo del encuentro. En estas canciones, Milagros se muestra cómodo con su propuesta. Toma la guitarra acústica, la eléctrica, el cuatro, y su banda reviste con arreglos –sobre todo electrónicos– sus nuevas obsesiones creativas, devenidas en puentes culturales hacia sonidos originarios y música de masas. Una mezcla poderosa y única, consiguiendo ese sincretismo que varios otros compositores nacionales han intentado plasmar en sus obras, pero sin dar con la precisión natural de esa búsqueda sonora hacia el interior de la pachamama que logra Fernando (sin que por eso haya perdido el aplomo de un hacedor de canciones pop). 

 

fm3.jpg

 

El momento de intimidad logrado en ‘Tonada de luna llena’ lo extiende luego hacia el escenario, cuando empieza a cantar ‘Abuelo’ acompañado del sonido escarchado de las maracas. El espíritu percutivo folclórico más el olor a palo santo que empezó a impregnar el teatro, dio la sensación de estar en un ritual ancestral en pleno bosque del Wallmapu. Esas son justamente las sensaciones que Fernando Milagros busca recrear con su propuesta en vivo: llegar a la música que palpita en nuestra alma. Desde ese momento, todo va hacia arriba. El ruido de cascabel antecedió a una nueva canción, ‘Subiré’, con base rítmica raga aumentado por el uso de un sitar, para luego recorrer miles de kilómetros musicales y colocar un nuevo arreglo a ‘Querido enemigo’, impregnado de vallenato costeño colombiano, donde Martín Benavides se luce en acordeón. El soberbio multinstrumentista, detrás de máquinas, teclados y cables, es el sistema nervioso de los shows de Milagros, creador de todos los detalles sonoros. 

 

Canciones como ‘Carnaval’, ‘Reina japonesa’ y ‘Puzzle’ comprobaron una vez más su favoritismo dentro de los fanáticos, siendo ampliamente coreadas. Otro momento de mucha pasión fue en ‘Si siempre’, donde un problema en la guitarra acústica dio paso a que Milagros tomara la eléctrica, cambiándole el ímpetu a la canción que se hizo mágica cuando Camila Moreno aparece desde el fondo del escenario para acompañar en voces. O en la sensible ‘Aurora’, cuando se sinceró y contó que había despertado a las tres de la mañana con esa melodía en la cabeza. Todo terminó con una versión extendida de ‘Marcha de las cadenas’, con una jam mística que estalla hacia el final, con un breve homenaje a ‘El pueblo unido’ en la melódica de Benavides. Show salvaje, con los pro y contra que eso conlleva, pero con un concepto a otro nivel, donde la capacidad de Milagros para reimaginarse ritmos latinoamericanos y hacer superponer distintas músicas está en un nivel superlativo. Como ha dicho, no se siente cómodo con la etiqueta de cantautor, lo suyo es el folclore bastardo. Música de raíz que, sin miedos ni prejuicios, corrompe sus canones naturales para fusionarlos con sonidos de la modernidad. Ventisca fresca para encender el fuego ancestral. ¿No es esa la esencia del arte?

 

César Tudela

Fotos: Peter Haupt

Galería Asociada

Contenido Relacionado