At The Drive-In: Provócame

Debut Intenso al filo de la navaja

Viernes 9 de noviembre, 2018

Cúpula Multiespacio

 

Nostalgia y ansiedad. Como la mayoría de las esperas de bandas paridas en los 90, la sensación ambiente en las afueras de la Cúpula del Parque O’Higgins, por los grupos de amigos que hacían fila para entrar, era la de sacar cálculos de hace cuánto tiempo estaban esperando el debut en vivo de At The Drive-In en el país. La banda comandada por Cedric Bixler-Zavala y Omar Rodríguez-López había creado todo un ambiente de tensión. Una bomba de tiempo que se activó pasadas las 9 de la noche, con ese neo-clásico llamado ‘Arcarsenal’. El impacto de aquel primer estruendo fue apoteósico.    

 

Lo primero que se escuchó fue esa batería trepidante que funciona como intro de la canción que, a su vez, abre el más aplaudido disco de la banda, “Relationship of Command” (2000). Lo de Tony Hajjar tras los tambores es, desde los primeros segundos, una labor plausible y escrupulosa, con un pulso matemático constante que guió una presentación adrenalínica en todos los frentes. A la par, Cedric acompañó con un rápido movimiento en las maracas características de la canción. Ya cuando entra el resto de la banda con la secuencia de ruidos ambientales de fondo, la cuenta regresiva para que se desatara el caos lo finaliza Rodríguez-López con un riff rabioso y frenético. A los pocos compases, el nuevo guitarrista Keeley Davis se acopla duplicando el ritmo machacante, sin detener la marcha. Como un maremoto hardcore, Bixler-Zavala mastica los versos del estribillo que retumbaron en la cúpula, en un canto coral catártico. Era el inicio de un show histórico y sin concesiones.

 

Desde esos primeros minutos, los oriundos de Texas se ponían al día y saldaban su deuda. La banda que estuvo fuera de circulación durante década y media, se situaba en nuestros tiempos rápidamente con ‘Governed by Contagions’ –el gran single de su último disco “In·ter a·li·a” (2017)– y visitaba su catálogo más clásico con ‘Lopsided’ (“In/Casino/Out”, 1998). Si bien el sonido no acompañó al 100% en estas primeras canciones, la performance híperventilada de Cedric pudo suplir todos esos baches técnicos, a su vez que se desataba la pasión incontrolable por las hordas de fanáticos que repletaron la Cúpula y que no cesaron en saltar y moverse libremente en la cancha, haciendo del show una experiencia límite.  

 

Lo que pasaba arriba del escenario era igual de destellante y extremo. Si bien nos tocó crecer viendo los registros en vivo donde Cedric y Omar parecían unos anti-bailarines, arrítmicos e hiperactivos, actuando al filo de lo permitido con saltos y quiebres imposibles en sus extremidades, lo de anoche tuvo la mitad de ese accionar, con solo un elemento de ese binomio emulando esa actuación desinhibida. Rodríguez-López, hoy por hoy, prefiere quedarse en segundo plano, lejos de la extrema celeridad de antaño para mantenerse más bien preocupado de su labor como el instrumentista virtuoso en el que se ha transformado, capaz de sacar de su guitarra ese sonido tan único y lleno de identidad. Punzante y torrentoso. Un estilo quimérico entre los riffs endemoniados de Morello y la agudeza versada zeppeliana. Sin dudas, el alma de ATDI reside en las capacidades en las cuerdas de ORL, que pese a esa apatía performativa arriba del escenario, sigue siendo la luz en medio de la vorágine de su propuesta.    

 

Cedric, por su parte, es el corazón. El músculo activo que bombea aceleradamente adrenalina a mil por hora. Salta, se retuerce como un toro salvaje, se para sobre la batería, tira el micrófono hacia arriba haciendo acrobacias, habla en español, y, entremedio, no falla ninguna nota. No esperó mucho para que, sin previo aviso en medio de ‘Lopsided’, tomara vuelo y se lanzara al público como si fuese un fan más. Espontáneo y fuera de control, pero totalmente comprometido con lo que estaba pasando en el recital. Toda esa exaltación acorazó momentos soñados, en pegadas como ‘Mannequin republic’, ‘Invalid litter dept.’, ‘Enfilade’ y el trance de tensa calma en ‘198d’ (un regalo del EP “Vaya”, de 1999). El resto de la banda fue una máquina que ya pasó el rodaje y se muestra muy bien aceitada: Paul Hinojos sólido en el bajo siguiendo el beat acelerado de Hajjar, y Davis sacando adelante con holgura la no fácil labor de suplir al histórico Jim Ward en guitarra y coros. 

 

‘Quarantines’, ‘No wolf like the present’, ‘Pattern against user’ y ‘Napoleon solo’ fueron los temas de la tanda final, inteligentemente pensada para revivir a la perfección lo que provocaban en tiempos idos. El melenudo  frontman californiano no cesaba de mostrar su frenética energía arriba del escenario, jugando, mordiendo, maniobrando y tirando atriles al suelo. Aunque el punto de intensidad máxima fue en el remate del show con ‘One armed scissor’ –la ‘Smells Like Teen Spirit’ del posthardcore–, con el sudor del público evaporándose, las zapatillas volando sobre las cabezas, y un pogo esquizofrénico y violento del que seguro se comentará por años, y que cerró un concierto alto en intensidad, locura y desasosiego. Los At The Drive-In regresaron peligrosos y provocativos, con la idea de dejarnos al borde de un precipicio, del vacío, y sentir el frío recorrer por nuestra espina dorsal. 

 

César Tudela

Fotos: Juan Pablo Maralla

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