Cirque du Soleil - Sép7imo Día: Un planeta con desilusión

Encuentros y desencuentros del espectáculo dedicado a Soda Stereo
Cirque du Soleil - Sép7imo Día: Un planeta con desilusión

Miércoles 19 de julio, 2017
Movistar Arena

En la edición de julio de la Revista Rockaxis, revisamos la trastienda de lo que fue la planificación y producción de este espectáculo que el Cirque du Soleil creó en conjunto a la productora argentina PopArt Music y los miembros de la extinta banda Soda Stereo. Estrenada en marzo allende los Andes, la noche del pasado miércoles se vivió, al fin, la premiere del show en suelo nacional.

Y es curioso lo que pasa una vez que se apagan las luces y comienza la presentación. En el limbo entre un montaje circense y un concierto de rock, se ubica “Sép7imo Día, no descansaré”. Si bien la compañía ya tiene shows en el cuerpo que relacionan canciones fuertemente impregnadas en la memoria emotiva de cualquier fanático de la música, para la creación de éste, apostaron ambiciosamente a un imaginario que estuviese más cercano al recital que a una propuesta habitual del Cirque. Y ahí empiezan a aparecer las dificultades, porque no es un misterio la pasión que la fanaticada trasandina tiene en los conciertos de rock, cuyos rituales han conocido no sólo sus bandas nacionales, sino que todos los músicos que hayan tocado en alguno de sus reductos. Ante eso, no debió haber sido sencillo relacionar la propuesta estética y la música en función de un espectáculo de entretenimiento, sobre todo teniendo en cuenta que fue a través de lo que los canadienses vieron en video, que se crearon la idea de la euforia que provocaba la banda. 

Con un componente emocional inequívoco, escuchar la limpia voz de Gustavo Cerati en la obertura no deja indiferente a nadie. Pero a la par con ese sentimiento de nostalgia que puede acelerar el pulso, en lo estrictamente artístico se extrañó la poderosa descarga de adrenalina que producen los números circenses de la compañía canadiense. La oferta inicial es lenta, aunque rimbombante, con estructuras rodantes y luminosas que se pasean por la cancha en medio de los asistentes que eligieron ver desde esa ubicación el show.

Cuesta reconocer la excelencia con la que el Cirque du Soleil se ha creado fama mundial. Se extraña al maestro de ceremonias, dándole continuidad a cada número-canción, y así brindar más ritmo a un guión que redunda en la literalidad de las letras para crear ciertas referencias visuales. Más allá  de la precisión y maestría que el elenco desarrolla en cada acto, de los llamativos vestuarios, del colorido maquillaje (con referencia a una estética drag queen y cyberpunk), de la belleza en la iluminación, o lo impactante escenografía, a nivel de dirección artística, el show queda al debe. Para quienes han visto espectáculos como "Kooza" o "Varekai", no pueden sino advertir las diferencias.



Pero la crítica sería mezquina sin destacar los momentos altos del show, cuando la música de Soda Stereo encuentra un correlato en las propuestas del espectáculo artístico. Como cuando suena ‘Sobredosis de TV’, y uno de los actores debe enfrentarse a una cámara que va girando y creando efectos de posición, cuyas imágenes se van proyectando en el telón, y el juego visual lo muestra encerrado en un televisor luchando contra la gravedad. O también en ‘Un millón de años luz’, donde una artista va creando, con una bella sencillez, una secuencia de dibujos en una mesa de arena, sobre cuya proyección, otro acróbata se va moviendo a ras del suelo, en sincronía con los dibujos, creando un efecto impactante e hipnótico. Curiosamente, son los pasajes en donde la esencia grandilocuente circense está menos latente, que sólo aparecen hacía el final, cuando a la par de los acordes enérgicos de ‘De Música Ligera’, el elenco completo comienza una performance de saltos, y aparece –por fin- el  frenesí de las acrobacias imposibles, que empuja a los asistentes al filo de sus butacas.

“Sép7imo Día” es y no es un espectáculo del Cirque du Soleil, y también, por obvias razones, es y no es un show de Soda Stereo. Pero, a pesar de todo, resulta casi imposible no disfrutar del sonido impecable que brota por la cúpula del Movistar Arena, con la voz omnipresente de Cerati, cantando sus clásicos e invitando a la audiencia a ser parte de todo lo que pasa arriba y abajo del escenario. No es un detalle menor que el hombre que hizo posible este universo ya no esté, y ante la imposibilidad de volver a ver al trío argentino, el espectáculo funciona como un puente más de nostalgia pop, un modelo para armar y recordar los mejores momentos de Soda Stereo junto a la excusa de presenciar un show circense, más allá de sus falencias o puntos bajos, esto, bajo sus propios estándares. 

César Tudela
Fotos: Producción

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