Camila Moreno: El último conjuro

Una despedida con brujería y energía indomable
Camila Moreno: El último conjuro

Viernes 25 de mayo, 2018
Teatro Caupolicán

Una imagen: Camila Moreno arrodillada sobre el escenario, totalmente poseída por el trance electro-percutivo con el que su banda acorazaba ‘Yo enterré mis muertos en tierra’.  Ahí, en medio de ese caos ceremonial de cadencia indígena, ella golpea el suelo con unas baquetas, mientras Ana Tijoux –invitada para la ocasión– se sumaba al ritual con unos gritos devenidos en plegarias. “Esta canción es un rezo por la mujer mapuche, por la mujer latinoamericana”, dijo antes que empezara la canción. Ese momento, de principio a fin, encapsula lo que fue este show lleno de simbolismos, partiendo por los obvios: el primer Caupolicán de la joven compositora; a su vez el último antes de un receso indefinido.

La propuesta de Camila, desde sus inicios, ha representado su voluntad pura, primitiva, inocente, ingenua, consiente y poderosa. Durante toda su trayectoria, nunca se quedó quieta, encontrando en su conexión cósmica con la naturaleza las inspiraciones para construir su música. Por lo mismo, sus shows obedecen a la idea ceremonial del ritual, de un momento único con un propósito de crear empatía, en donde la música es el hilo rojo que la conecta con quien quiera escucharla, aún cuando cante sobre sus pensamientos más íntimos y desgarradores. Es un conjuro. “Vamos hacer brujería hoy”, decía en un momento en donde se despoja de toda amplificación para brindar un momento único en su show. Pero ya llegaremos ahí.

Sí, esta fue la presentación simbólica de Pangea, su nuevo universo creativo (que explica en detalle en la última revista Rockaxis), pero por sobre todo, este show fue la máxima para entender eso que Moreno ha tenido que explicar hasta el cansancio para validarse en un medio que pareció nunca comprenderla a cabalidad: el espíritu de su música como parte del proceso de transformación de los estados emocionales. Entendiendo eso, se explican los vuelcos que tiene su performance. Desde las percusiones tribales del inicio –con un sampler de su propia voz repitiendo la frase “respira Pangea”–  y la terna de canciones carnavalescas, electrónicas y machacantes, como lo fueron ‘No parar de cerrar, no parar de abrir’, ‘Incendié’ y ‘Bailas en los polos’, teledirigidas a nuestros corazones; hasta la oscuridad tenebrosa de ‘Raptado’ (con la colaboración de Natisú), el réquiem ‘Sin mí’, y la minimalista ‘Esta noche o nunca’, con Camila en el teclado y Javier Barría en guitarra y canto.

Otro de los quiebres fue cuando al borde del escenario, Camila se cuadra con el movimiento feminista y comienza a explicar su cosmovisión –que deja muy claro en el texto que acompaña al disco “Mala Madre”– en medio de gritos de lucha espontáneos que nacen desde el público, como el “Alerta machista / Que todo el territorio se vuelva feminista”, arengado por la misma Moreno, quien introducía uno de los momentos más emotivos de la velada con la frase “Vamos a conjurar la energía femenina” antes de adiestrar a sus fanáticos con un mantra “en La” para acompañarla, a capela, en ‘Cosas que no se rompen’. Con el silencio y la expectación como testigos y cómplices, se le une la banda –también completamente desenchufada– en el mismo rincón izquierdo del escenario para ‘Sabré si al final’ y ‘Cuatro heridas’, con la ayuda de Manuel García.



Luego, el bloque más electrónico, con la banda en su momento más luminoso y entregando remozadas versiones de canciones que nacieron en acústico pero que con los años se fueron arropando con envolventes y lisérgicas programaciones digitales, percusiones desenfrenadas y múltiples efectos en las cuerdas, haciendo de ‘Panal’, ‘Los momentos’ –el inmortal himno de los Blops–, ‘Piedad’ y ‘Tu mamá te mató’, pasajes de alta intensidad rockera, cercana a las inquietudes  compositivas de Radiohead y la neo-psicodelia de Tame Impala. En la misma línea, sonaron ‘Libres y estúpidos’ –más rockera y potente que nunca– y ‘Millones’, en su versión definitiva, tan sofisticada como punk, y que contó con la intervención de Natalia Valdebenito haciendo un proclama rapeada con frases en sintonía al feminismo. ‘Lo cierto’, con el argentino Lisandro Aristimuño fue un bálsamo en medio de toda esa intensidad, mientras que ‘Cae y calla’ fue convertida en un sortilegio con las percusiones desatadas y en primer plano. ‘Máquinas sin dios’ fue un trance electrónico a lo Föllakzoid, con el escenario invadido por los “fantasmas” que desde el inicio se paseaban por la cancha, y con Camila tirándose al público en medio de la tensión bailable que producían los arreglos.

Las últimas canciones fueron ‘Te quise’ una de las más coreadas–, ‘Un bordado’, verdadera sorpresa en el repertorio, y ‘Ojos azules’, el huayno andino que es su homenaje al imaginario latinoamericano y que ha hecho propio, al igual que otras malas madres lo hicieron en el pasado, como Violeta Parra y Mercedes Sosa. Show impecable y sorprendente. Visual y ceremonial. No sólo se paseó por toda su discografía, entendiendo lo que significaba este show para todos, sino que entregando lo mejor, tanto ella como sus músicos y sus invitados, ninguno demandando protagonismo y dejando que ella brillara. Como siempre y como nunca. Cantando a capela o bailando libremente, con el charango, el cuatro, la guitarra eléctrica o en el teclado. Era su noche. Su primera gran convocatoria en solitario. Su despedida de los escenarios. Aún no sabemos lo que le deparará el futuro, pero sí sabemos lo que nos dejó, porque Camila voló como mariposa y picó como abeja. Adiós, y gracias.


César Tudela
Fotos: Juan Pablo Maralla

Galería Asociada