BOB DYLAN

Genio invisible y sin secretos

Movistar Arena

2 de mayo de 2012

 

Sobre el escenario está Bob Dylan y su banda ejecutando una entretenida versión de 'The Levee’s Gonna Break'. En el telón de fondo se proyectan las sombras de todos los músicos en el cuadro, menos de uno. No fue una sino muchas veces en que la disposición (no crea que casual) de la iluminación hicieron de Bob Dylan un “hombre sin sombra” en su propia escena.

 

Perfecta metáfora de un tipo que es más que una presencia física. Atrás quedó el antecedente de su visita de 2008, noche de aplauso fácil y recuerdo forzado. Si en su última venida el premio mayor había sido el constatar que Dylan 'estaba ahí' en carne y hueso, esta noche de 2 de mayo de 2012 fue el aura sobrenatural el que clavó su bandera en estas anotaciones para decir que esto es lo mejor que hayamos visto de Robert Zimmerman en esta tierra.

 

El canción a canción puede ser contradictorio, pues por un lado nos recuerda que algunas versiones no califican como aciertos (el nuevo arreglo para 'Things Have Changed' no parece calzar con la memoria subterránea del corte, y para  'Thunder on the Mountain' se pudo hacer algo mejor), pero en la otra cara nos apunta que el set fue en exceso generoso.

 

¿Clásicos? Claro que sí. Y olvídese de 'Blowin’ in the Wind', 'All Along the Watchtower' (extraordinaria) o 'Like a Rolling Stone' – que en orden invertido fueron las que pusieron el candado a la noche – y cuente 'Leopard-Skin Pill-Box Hat', 'It Ain’t Me Babe', 'Tangled Up in Blue', 'Desolation Row', 'Simple Twist of Fate' y la gema de este ofertón: 'Ballad of a thin Man'.

 

Su humor se plasma en cada gesto que hace. 'It Ain’t Me Babe' suena hoy como el consuelo de un viejo pícaro en contraste con la resignación del apasionado joven de 1964. Gran re-versión. Este Dylan participó de su propio show como un invitado ocasional y no hay dudas que es el cara a cara con sus músicos (Kimball, Sexton, Garnier, Herron y Receli) el que lo hace sentirse vivo. Suena como una frase más, pero ahí está la explicación de por qué lo que vimos tuvo un carácter tan mágico.

 

'Cry a While', el fabuloso blues que asomó cerca de la mitad del concierto (que duró una hora 45 minutos), fue para archivar en la memoria: estrofa tras estrofa, el ritmo se cortaba ante un gesto de la mano izquierda de Bob, como si intentara sorprender a sus propios músicos. Una locura.

 

En 2008 Dylan vino empecinado en defender un álbum que por algún incomprensible motivo todos coincidieron en que había que dejar bien parado, el agotador "Modern Times". Hoy, en cambio, Bob es capaz de hacer un repaso más completo de su resurrección artística y comparte crías de sus últimos cuatro largos casi por igual.

 

Como si fuesen niños que aún conservan la inocencia, Dylan aprovecha sus composiciones más nuevas para jugar y divertirse. Como nunca se le vio animado y animador. Paseó entre el teclado, la guitarra (y vaya que toca) y la armónica. Se da mañana para tomar el micrófono y asumir una pose nunca antes vista en 'All Along the Watchtower', solo como divertimento.

 

Que no pase en vano la chance de dejar por escrito lo mejor de una noche mágica: 'Desolation Row', la infame celebración de 'Cry a While', la perenne belleza de 'Simple Twist of Fate' y la dura épica de 'Ballad of a Thin Man'.

 

Cada verso que Bob Dylan escribió fue revisado y analizado como si fuese palabra sagrada. En lo que respecta a su música, él nunca tuvo secretos sino razones que ni un poeta como él pudo explicar. Su tercer show en Santiago tampoco es simple de narrar. Ahora sí, el que vimos fue Dylan. Pero el Dylan héroe, no el Dylan persona. Tan simple como eso. 

 

Juan Ignacio Cornejo

tags

Contenido Relacionado