Black Label Society: Rugiendo en la jungla de cemento

Noche de brutalidad sónica en el Caupolicán

Viernes 12 de abril, 2019
Teatro Caupolicán

Parece que hubiera pasado un lustro desde que el Nü Metal ejerció su hegemonía en la escena rockera, catapultando a 1999 como un año clave para el género. Era una época en la que “Significant Other” de Limp Bizkit, “Issues” de Korn y el debut homónimo de Slipknot se encumbraban en lo más alto de los charts y acaparaban la atención de la prensa en todo el mundo. Justo en medio de esa batahola, Zakk Wylde y compañía lanzaba su debut “Sonic Brew” con una moral muy distinta a la que reinaba en ese tiempo, enfocados decididamente en hacerle justicia a las raíces Sabbathicas del metal. La banda tenía otra formación y otra puesta en escena, pero las mismas ganas de destruirlo todo. Volvamos al presente. A pesar de que tuvimos al corpulento guitarrista tocando con Ozzy durante su Farwell World Tour 2018 en el Movistar Arena, ya habían pasado 5 años desde la última visita de los Berserkers. Al igual que esa última vez, el Caupolicán fue la sede escogida para desatar un show potente, energético y rabioso que, a pesar de no contar con la casa llena, se vivió intensamente en la presentación del reciente “Grimmest Hits” (2018).

Para encender los ánimos antes del arribo vikingo que se estaba fraguando, Saken atacó el escenario de manera certera y letal, tal como lo habían hecho cuando acompañaron a Megadeth o Machine Head en el pasado. Empezaron mostrando parte de su nuevo EP “SKN C1-90”, con “Fear of Death”, “Zyclon B” y “Mejor no hablar de ciertas cosas” de Sumo machacando sin piedad. También se dieron el tiempo de repasar material del anterior “Dense & Thick” (2015) como “XFF (Circle of the snake)”, “13 (Man In Black)” y “Fuck & Roll (Love Song)”, poniendo sobre la mesa temas contingentes como el abuso sexual de menores en la iglesia católica y la violencia de género, postura que el vocalista Carlos Quezada dejó clara en el siguiente mensaje: “No más violencia contra la mujer, no más agresiones y no más piropos ofensivos. El machismo mata y dejemos que muera con nuestra generación”. Consolidando esta importante consigna, sobre todo en un ambiente en donde ronda tanto machismo, los nacionales cerraron con el cover de Los Prisioneros “Corazones Rojos”, despojándola de la vibra synth-pop para convertirla en una canción metálica aún más cruda y frontal con lo que dieron un cierre macizo en el marco de las celebraciones por su vigésimo quinto aniversario.

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Apenas finalizó el set de 35 minutos de Saken, se alzó el imponente telón del plato principal y el nerviosismo ya se hacía notar entre los que rondaban la cancha con su respectiva iconografía en el pecho, la espalda o incluso la piel, importantes señas de la fidelización que la banda ha logrado con su singular público. El mash-up ‘Whole Lotta Sabbath’ anunció el arribo del blondo guitarrista y sus secuaces, derribando la cortina con toda la fuerza que les caracteriza mientras el empuje de las máquinas de humo y los marchantes riffs asolaban el Caupolicán elevando los ánimos por los aires.

La disposición del setlist propició una travesía vertiginosa materializada en cuatro momentos muy marcados, llevando a los asistentes desde lo agresivo hasta lo dócil para finalmente cerrar el círculo con el mismo vigor con el que comenzó. La triada comandada por ‘Genocide Junkies’, ‘Funeral Bell’ y ‘Suffering Overdue’ embistieron con la intensidad de una legión de tanques que luego siguió con ‘Bleed for Me’, ‘Heart of Darkness’ y ‘Suicide Messiah’, instancia dedicada exclusivamente a las favoritas que el público siempre recibe con fervor. Por su parte, ‘Trampled Down Below’, ‘All That Once Shined’ y ‘Room of Nightmares’ fueron las encargadas de exhibir las bondades de su último registro comenzando la sección media del recital. El tridente siguió a la perfección la línea sanguínea de la batería de clásicos que ya se habían mostrado hasta el momento, un verdadero acierto que favoreció el balance del show.

Con ‘Bridge to Cross’ se abrió un tramo más reposado que sirvió para que el bajista John DeServio, el baterista Jeff Fabb y el segundo guitarrista Dario Lorina hicieran gala de su versatilidad, destacando en cortes más sensibles a fin de tomar distancia de la fiereza evidenciada, sobre todo en ‘Spoke in the Wheel’, curiosamente la única de “Sonic Brew” en todo el repertorio. La intimidad acústica de antes se transó por una interpretación más orgánica que emocionó tanto a los que registraban a Zakk en sus celulares como a los que no pusieron atención a los dispositivos electrónicos para entregarse a cantar con el corazón en la mano. Pero el momento que de verdad llegó al alma fue cuando hicieron su aparición los lienzos de Vinnie Paul y Dimebag Darrell en ‘In This River’, ejecución más deudora del gospel que de las power ballads con una conexión muy enriquecedora entre los instrumentos, ensalzada por el solo protagónico de Lorina.

Con la encarnación eléctrica de ‘The Blessed Hellride’ y ‘A Love Unreal’, otra del último disco, el cuarteto salió de las penumbras para encaminarse a un pletórico tramo final protagonizado por un duelo de guitarras en ‘Fire It Up’, en la que también salieron pelotas negras desde el escenario y toda la pirotecnia técnica de Wylde en las certeras ‘Concrete Jungle’ y ‘Stillborn’, domando el público a su antojo y dejándolos perplejos una vez más tocando la guitarra con los dientes o con las manos en la espalda, trucos que los fieles no se cansarán de vivir una y otra vez en el directo, especialmente cuando el músico se acerca a ambos lados del escenario moviendo los dedos a toda velocidad para que todos puedan registrarlo.

No cabe duda de que ver a Black Label Society es una experiencia llena de brutalidad sónica que se hace increíblemente corta por el carisma de sus integrantes y también de un público fiel que vive la velada a concho. A dos décadas de su irrupción, el poderoso combo sigue estoico a pesar de sus constantes cambios de formación, entendiendo que más allá de cualquier cosa, estamos presentes ante el culto a la personalidad de un verdadero machine gun man de la guitarra que estableció su proyecto justo en el momento en que los vientos no soplaban hacia la dirección que él estaba tomando. Si bien el concierto no estuvo dedicado a celebrar aquel hito fundacional, vale la pena recordar por qué a dos décadas de este todavía todavía los tenemos rugiendo en la jungla de cemento.

Pablo Cerda
Fotos: Peter Haupt

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