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Zakk Sabbath: Oscura pasión

Zakk Sabbath: Oscura pasión

El mejor tributo para mantener vivo el legado sabático
Zakk Sabbath: Oscura pasión

Sábado 11 de noviembre, 2017
Teatro Coliseo

Con la cancelación de Rockout a inicios de semana –por baja venta de entradas, según informara la productora-, el día sábado se quedaba sin uno de los festivales dedicados al rock más duro y pesado. Sin embargo, uno de los nombres que figuraba en el cartel, Zakk Sabbath, mantuvo firme su promesa de tocar en suelo nacional, punto de partida de su tour latinoamericano, que también los llevará a Argentina, Brasil, Colombia y México.

Este power trío formado en homenaje a Black Sabbath no es cualquier banda tributo. Es una quimera metalizada de tres cabezas. Su líder no es nada menos que Zakk Wylde, guitarrista principal de muchos de los proyectos del inmortal Ozzy Osbourne en solitario. Y aunque nunca formó las filas del gigante británico, su amor hacia ellos es tan grande que hasta uno de sus hijos lleva el nombre de Sabbath. Así las cosas, lo que se podía esperar de su show no era otra cosa que una apasionada performance, como un niño que imita a su ídolo con admiración y vehemencia.

Y justamente eso fue Zakk Sabbath. La sociedad que completan el bajista Blasko (Rob Zombie, Ozzy Osbourne) y el destemplado Joey Castillo (Danzig, Queens Of The Stone Age) en batería, es un combo de rock metalizado con altísimas dosis de energía, en donde las destrezas de Wylde parecen prenderle fuego a las cuerdas. Él es la figura central, desde el inicio, cuando aparece caminando bajo un audio de truenos y lluvias –el mismo que da comienzo a ‘Black Sabbath’, la primera canción del disco debut de los ingleses- y se encarama sobre los monitores. Su perfil es como de un vikingo listo para la batalla, o la de un dios pagano, cuyo culto es sin duda la guitarra de Tony Iommi. Wylde se apropia de sus licks, y trabaja su actuación en función a “descuartizar” su guitarra, la Barbarian Vertigo Sabbath Purple, que al final de varias canciones la alza sobre su cabeza, exhibiéndosela al público como si se tratase de una efigie religiosa, a la que hay que rendirle tributo.

El repertorio interpretado tenía la frescura y prepotencia de los primeros Black Sabbath, con el cuarteto de Birmingham aún joven, y lleno de adrenalina y fuerza oscura (ese que muchos de nosotros solo hemos podido ver en videos). A la performance de Wylde en guitarra, se suma el tratamiento vocal, tratando de emular la aguda y fantasmagórica voz de Ozzy, su mentor; mientras atrás, Joey Castillo –cuyo estilo es bastante influenciado en Bill Ward- tenía su propio ritual en la batería, golpeándola como si el destino del mundo dependiera de aquello, manteniendo ese brutal ritmo durante las casi dos horas de concierto. Pero también hay que decir que la banda agrega su estilo característico a todo lo que tocan. Las canciones son tratadas como lo que son: parte del Olimpo del rock, confiriéndoles la justicia que merecen.

La fórmula está ahí, y la ajustaron lo suficiente como para hacer suyo ese histórico catalogo sonoro. A la vez, mantienen la pesadez, espíritu lisérgico y los bríos densos de la esencia original. De esa manera, momentos altos del show se vivieron al inicio con ‘Snowblind’, que sirvió para calentar motores para lo que se venía en el setlist; ‘Children of the grave’, que puso a saltar al ejército sabático y que fue la antesala para lo que sucedió en ‘Lord of this world’, cuando en medio de demoledores riffs, Wylde baja a la cancha y se adentra en medio del público, embistiéndolos con atronadores solos con su guitarra que toca aún estando rodeado de fanáticos con celulares que intentaban inmortalizar el momento y estar cerca de su guitar hero. Hacia el final, ‘N.I.B.’ y ‘War Pigs’ contaron con soberbias interpretaciones. Esta última, iniciando con el sonido inquietante de la ya clásica sirena antiaérea, y con la banda sumergiéndose en una canción que sigue siendo tan relevante como lo fue en 1970, y que resultó ser el final del show.

Trucos como hacer solos de guitarra tras la nuca, o hasta con los dientes por parte de Wylde encendieron y enfervorizaron al reducido público que llegó al Teatro Coliseo, pero que eran los fanáticos más acérrimos del virtuoso guitarrista de New Jersey, y claro, de Black Sabbath, que vivieron un show íntimo en homenaje a la banda que se despidió de los escenarios en febrero pasado. En general la banda completa no se guardó nada y estuvo al servicio de aquellos himnos del rock y el metal. Y nadie mejor que su discípulo más aventajado para tributar al coloso que ya se jubiló.

César Tudela
Fotos: Juan Pablo Maralla

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