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Opeth: cátedra de sonido

Opeth: cátedra de sonido

Como se esperaba, el conjunto sueco no falló
Opeth: cátedra de sonido

Miércoles 5 de abril, 2017
Teatro Nescafé de las Artes

Más allá de los méritos y debilidades de las bandas que han surgido y destacado en el rock progresivo del siglo XXI, hay pocos ejemplos en los que hay una singular coherencia entre aspiraciones y posibilidades, y en donde el objetivo pudo concretarse. Opeth, nacidos en el seno del metal más extremo, no solo desafiaron su estética y herencia, sino que rompieron las reglas, se quedaron con lo mejor de sí, y se abrieron a los patrones del rock más virtuoso de los ya lejanos 70. Con esa impronta, han dado paso a excelentes discos que han tenido la admiración declarada por parte de la crítica, y sobre todo, a una nueva etapa de la música que representan.

"Sorceress", su última producción, simboliza -de alguna forma- el final de una trayectoria insobornable dedicada al metal de trazos gruesos, y al mismo tiempo, el comienzo de una interesante y, quizás, más transversal etapa, enmarcada en el canon del rock progresivo moderno, más emparentada al trabajo de su camarada Steven Wilson y Tool, que a sus coterráneos Meshuggah o Amon Amarth.  Y eso es lo que nos tocó presenciar en una nueva Gala del Stgo. Fusion. Los suecos iniciaron su repertorio con la canción que abre su nuevo disco y que le da nombre, una pieza que desborda elegancia dentro del espectro del metal, y que muestra al quinteto desplegando a fondo su nuevo itinerario sonoro con fluidez, fuerza, espontaneidad y sorpresa.

‘The Grand Conjuration’ y ‘Demon of the Fall’ fueron las primeras visitas al pasado, al del metal más denso, no así menos pulcro. Una muestra de versatilidad vocal e instrumental, en donde Åkerfeld, cuando se desdobla y saca de su garganta el poderoso gutural, lo hace golpeando como si fuesen los impactos del martillo de Thor, en sintonía y sincronía perfecta a las mejores líneas de bajo del uruguayo Martín Méndez. Fueron los primeros momentos donde el público que repletó el Nescafé, empezó a hacer eco de lo que estaba pasando arriba del escenario. La intimidad que se generó en el Teatro, por el hecho de estar en butacas y tener mayor cercanía con la banda, dio paso a una más que atractiva interacción entre los asistentes y Mikael Åkerfeld, el maestro de ceremonia de la noche, quien rebautizado como “Miguelito”, nunca dejó de interactuar con el público, mostrándose sumamente cercano y cómodo. Como en casa.

Ya pasada la primera media hora, la banda se encontraba mucho más en sintonía, y dio paso a los mejores pasajes de la velada. ‘The Wilde Flowers’, otra de sus nuevas canciones, puso de manifiesto el oficio que despliega Opeth, mostrando imaginación, talento, momentos brillantes y sonidos grupales impactantes, destacando los solos de Fredrik Åkesson. Una muralla sonora progresiva sin fisuras, que va y viene, pasando de momentos más calmos e instrumentales, a los más extremos y técnicos, sin perder emoción ni armonía.

El peso de la rítmica en su estética se vio reflejado en los espacios más íntimos, cuando interpretaron ‘Face of Melinda’ y la encantadora ‘Windowpane’. El minimalismo en las luces de fondo, entre el blanco y el azul, pareciese que brindaban más melancolía a esas canciones, donde la banda se mantuvo quieta, casi flotando. En pasajes, de hecho, pareciese que nada se movía y sólo la música repletaba el Teatro. Momento de solemnidad, sí, pero también de competencia instrumental, que dio lugar a la exhibición de un virtuosismo hipnótico pocas veces visto.

Otro de los mejores pasajes fue la tripleta ‘The Devil's Orchard’, ‘Cusp of Eternity’ y ‘Hex Omega’, con un despliegue de brutalidad y soberbia que hacía sucumbir los cimientos del Teatro. Los suecos, incluso, hicieron gala de algún atisbo de performatividad, y sin salirse de su manual interpretativo –calculado milimétricamente- sí dieron acuso que por las venas de Opeth corre sangre. Fue el momento de la grandiosidad, la multitud de capas en las guitarras, la extensión, el volumen. Y el pogo. Los headbanging desde las butacas, la imitación de los redobles de batería que retumbaban en el piso y respaldos, y la imitación coral de los riffs, conectaron a banda y público, y ya parecía un concierto de rock con todas sus letras, y no una exhibición de museo.

Todo el despliegue de los europeos gira en torno a la perfección, lo sabemos, y por eso llamó particularmente la atención la casi familiar cercanía que Mikael tuvo con el público. Ese espacio de comunicación fue sumamente positivo. Dio espacio para el respiro luego de las largas canciones, y salirse de esa especie de seriedad solemne que daba tanto el espacio como la música. Åkerfeld entendió muy bien la dinámica, respondió casi todas las frases de los fanáticos con un cordial sentido del humor, dio espacio para que el resto de la banda también pudiera interactuar, y hasta se dedicó a escuchar las peticiones de canciones, después de su primera salida. Así se pudieron disfrutar fragmentos de ‘Harvest’ (cantada por el público), ‘Master's Apprentices’ y ‘The Moor’, y hasta unos acordes de ‘Faith’ del fallecido George Michael, demostrando lo cómodo que se sentía. Y eso siempre se agradece.

Opeth conquistó nuevamente a nuestro país con un repertorio variado y una presentación que fue de menos a más (entendiendo ese menos dentro de la lógica Opeth). Los de Estocolmo cada vez se muestran más sólidos –ellos mismo lo han dicho-, con una precisión impecable, como si tocar arriba de un escenario se tratara de llevar a cabo una cátedra de sonido, una clase magistral de cómo hacer el mejor rock que refleja el espíritu de nuestro tiempo. Aplauso cerrado y de pie.

César Tudela
Fotos: Jorge López

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