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Lollapalooza Chile 2016: Día 2

Lollapalooza Chile 2016: Día 2

Profesando lo heterogéneo
Lollapalooza Chile 2016: Día 2

Domingo 20 de marzo de 2016
Parque O'Higgins

Si el primer día de Lollapalooza Chile se destacó por haber atraído a una gran masa de público joven y más bien homogéneo; el segundo trajo la heterogeneidad y el fanatismo. El sábado, pese a que sí hubo seguidores de ciertas bandas, se marcó una tendencia clara de una audiencia interesada en la generalidad de la fiesta en la particularidad del amor por un grupo. No hubo identificación con algún nombre en especial. El domingo, por otra parte, aparecieron las poleras y la lealtad: llegaron quienes se vistieron como Twenty One Pilots, más los que querían ver únicamente a Bad Religion, también los amantes de Oasis, sumando a la ferviente fanaticada de Florence and the Machine. Todos de distintas generaciones pero mucho más involucrados en la carrera de sus ídolos.

La jornada abrió con Tinariwen. Ataviados a la usanza tuareg, coronados con un velo (litan) que les cubre la cabeza y cuya función, aunque sorprenda, es proteger del calor, el quinteto se tomó el Itaú Stage e inició un rito que llevó a los asistentes de viaje a lo más profundo del desierto. Pese a lo cosmopolita del entorno de Lollapalooza, la gente parecía estar presenciando una ceremonia especial, una iniciación de carácter ancestral. Sobre el escenario, cinco músicos desafiando las barreras del lenguaje -Tamashek, la lengua que impregna sus canciones- y la música, cadenciosa, tribal, primigenia, al paso de una percusión precisa, que también es cercana al dub y el funk (como lo demostró Eyadou Ag Leche al mando del bajo). Acompañando con palmas y cánticos, el público recibió el aroma del Sahara, que también es rebelde: Su historia nació en Algeria, pese a que varios de sus integrantes son originarios de Malí, exiliados la mayoría, huyendo de las constantes matanzas de ejércitos africanos. Un canto a la vida y la historia. Necesario y sanador.

Nadie veía venir esta tormenta de rock and roll y soul. Casi a las dos de la tarde, en el VTR stage, Vintage Trouble se tomó el escenario con una ferocidad pocas veces vista en Lollapalooza. En la parte musical, fueron implacables, pasando por influencias como Led Zeppelin en la guitarra de Nalle Colt, al funk, pero lo más sorprendente fue el carácter de Ty Taylor. Como vocalista, sin fallas y virtuoso, como entertainer, un tornado. Puso sexualidad en ‘Pelvis Pusher’, trayendo de vuelta la conmoción de Elvis en las chicas y desatando la locura en el joven público femenino presente a esa hora en el parque O’Higgins; tuvo su momento de predicador, exclamando que “no hay un muro tan alto que no puedas escalar”, y de ahí en ‘Run like the River’, se metió entre medio del público y nadó en el mar de manos de la gente. Todo un espectáculo. Impactante.

Pese a ser dueños de una historia que se acerca a las tres décadas, el tiempo concedido a Babasónicos en su debut en Lollapalooza Chile fue de sólo una hora. Con dicho panorama, la tropa de Adrián Dárgelos se tomó el Itaú Stage para hacer lo que mejor saben: provocar en un torrente musical de lujuria. Ya el inicio, con ‘Los calientes’ e ‘¿Y qué?’, auguraba una sesión de grandes éxitos. Acostumbrados a adentrarse en su catálogo post “Jessico” (2001), los de Lanús sorprendieron con joyas de su pasado, como ‘D-Generación’, ‘Desfachatados’, ‘Perfume casino’ y ‘Egocripta’, todas de cosecha noventera. Reforzados con Carca y Gustavo Torres, los argentinos incitaron al libertinaje y la fiesta con ‘Los burócratas del amor’, ‘Microdancing’, ‘Putita’ y ‘Yegua’, levantando a un público que se había presentado algo flojo en los minutos previos. Es cierto, se extraña la estrafalaria puesta en escena de otros años, pero Babasónicos ha demostrado que con el sostén musical basta y sobra. Era una cita de grandes éxitos, pues no asomó ‘Vampi’, el recién conocido adelanto de su próximo trabajo de estudio.

La mayor convocatoria del Kidzapalooza Stage la consiguió el mítico músico chileno Florcita Motuda, quien -a eso de las 15:30 horas- apareció en solitario para saludar a la gente y comenzar un hilarante diálogo de bienvenida. A medida que Raúl Alarcón hablaba, subían a escena sus músicos, entre los que destacaban sus hijos Olivia (guitarrista) y Lucas (bajista), por lo que, en realidad, la gente disfrutaría de un show de la "Familia Motuda". El setlist varió entre los grandes clásicos en nuevas versiones, así como también canciones menos conocidas e incluso un adelanto del nuevo álbum. Los "Gremlings" (que es como denomina Florcita a su público) corearon enérgicamente cada uno de los temas, confirmando una relación que viene desde los tiempos del programa de TV "La cafetera voladora" y que hoy ve la inclusión de nuevos niños dispuestos a disfrutar y soñar con un mundo mejor y más humano.

Stone Giant, los egresados de Berklee, resumieron en poco más de media hora una propuesta completamente influenciada por los grandes del rock and roll, Led Zeppelin, Jimi Hendrix y Black Sabbath, logrando concitar a un marco no despreciable de público a las 4 de la tarde en el Lotus stage. Pasaron por parte de su álbum debut homónimo, y también celebraron al héroe local, el baterista chileno Pepe Hidalgo.

Uno de los grandes objetivos de esta nueva visita de los héroes del punk californiano a Chile, Bad Religion, era poder encantar a un público nuevo, ecléctico, distinto y atraerlos a sus futuros shows (palabras de Brian Baker). En verdad, el cometido tuvo su recompensa gracias a un show cargado a los grandes clásicos y una desbordante energía que logró formar los primeros -y casi únicos- mosh de todo el festival. Frente a alrededor de unas 15.000 personas y con un azotador calor a las 16:15 horas, el imponente Itaú Stage era adornado sólo con el clásico logo de la banda, muy a la vieja usanza, tanto como la interpretación de esos sempiternos himnos que fueron (y siguen siendo) influencia necesaria para las bandas del estilo. Un show directo, muy bien ejecutado y que logró cumplir con creces las pocas expectativas que muchos tenían sobre una banda que ni siquiera conocían. Quien lo diría, después de más de treinta años de carrera, aún hay que seguir sudando por hacer disfrutar al público; tarea fácil para una agrupación de este calibre. (Lee aquí el comentario completo del show de Bad Religion)

Si Vintage Trouble puso la energía más primal en su show, Alabama Shakes puso su alma. Ésta era su segunda vez en Lollapalooza Chile, y la primera en un escenario principal, ahora en pleno camino al crecimiento tras un exitosísimo año en el que recogieron los elogios por su segundo disco de estudio, “Sound & Color”. Las miradas se concentran en Brittany Howard, guitarrista y vocalista y líder de la banda, quien interpreta ‘I Miss You’ y ‘Be Mine’ como si le vinieran de la tripa, con rabia si fuese necesario, pero también con corazón. También hubo diversión con ‘The Greatest’ y de ahí a los aplausos masivos con ‘Don’t Wanna Fight’, el single más destacado de su último trabajo. Quizás poco comprendidos por la mayoría del público, igual supieron ganarse a la masa errante con canciones que sumaron tanto fuerza como delicadeza, y la magnética presencia de la música de 27 años. Hermoso.

Brandon Flowers, el vocalista de The Killers se jactó se haber reemplazado a Snoop Dogg, pero en el fondo no había mucho para creerse la muerte. Pasó por canciones de su material solista (‘Can’t Deny My Love’, ‘Magdalena’) a temas de su banda, como ‘Human’ y ‘Mr.Brightside’, interpretadas por un grupo que mostró dudas. El encanto del hombre de Las Vegas no fue suficiente para levantar un show prescindible. Todo lo contrario a lo ofrecido por Noel Gallagher. Al mando de sus High Flying Birds, el ex Oasis entregó un concierto al que le faltó brillo, pero sobró oficio. (Lee aquí el comentario del concierto de Noel Gallagher).

Ya de noche, en el Acer-Windows 10 stage, Papa Emeritus III de Ghost preguntaba a la masa: ¿quiénes nunca han visto uno de nuestros shows? La respuesta fue contundente: casi nadie. Sin embargo, la curiosidad por ver a esta banda de shock rock, de letras satánicas y con intrigantes músicos que se esconden tras máscaras, resultó ser el enganche perfecto para una asistencia que terminó rindiéndose bajo el culto de una de las bandas más atractivas y exitosas del momento. Los recientemente ganadores del Grammy, presentaron un setlist que dio vida a las canciones de sus tres álbumes, destacando esos temas nunca presentados en Chile y pertenecientes al inmejorable "Meliora". Tanto fue el entusiasmo, que antes que comenzara 'Cirice', ya se había formado un mosh para disfrutar a concho el magno (y muy distinto) momento que se vivía en Lollapalooza. No cabe duda, la iglesia de Ghost ya tiene nuevos seguidores de Lucifer. (Lee aquí el comentario).

Tras verlos cerrar el Itaú Stage, cuesta creer que entre las características de Mumford & Sons figure el folk. Es cierto, ‘Little Lion Man’ es una balada acústica de preparación country que arrancó suspiros y coros monumentales, pero lo visto ayer fue un excelente concierto de rock, nada más y nada menos. El cuarteto londinense ha crecido una enormidad, en convocatoria -era uno de los headliners- y en actitud sobre el escenario. Pese a que su tercer álbum (“Wilder Mind”) es más bien discreto, el verdadero progreso del grupo se ve sobre un escenario. Winston Marshall es seguro en la interacción con el público, mientras que Ted Dwane con su contrabajo parece estar a punto de destruirlo, levantando ese enorme instrumento una y otra vez. Y, por supuesto, está el líder. Marcus Mumford no sólo canta muy bien, sino que juega a ser un fan más: aleona a los fans una y otra vez, como guitarrista no se queda atrás y como baterista tampoco (‘Lover of the Light’). Y si la calificación “rock” para Mumford & Sons está en duda, el cover a The Kinks (‘You Really Got Me’) y el mazazo que significó ‘The Wolf’, cerró un show que sorprendió y agradó. Experimentados y con futuro, la fórmula justa. Ha nacido un nuevo acto de estadio.

Si hubo una banda chilena con historia en Lollapalooza 2016, esa fue Aguaturbia, agrupación fundada en 1969 por una de las grandes parejas de la música: Denise y el maestro Carlos Corales. La vocalista y el guitarrista han sobrevivido por años en el circuito, gracias a un estilo que se define mejor en el marco de blues rock y que, esta vez, encantaría a una gran masa de curiosos jóvenes que querían ver a una leyenda viviente. Si bien el comienzo tuvo una convocatoria escasa, con el término del show de Ghost una gran masa hizo ingreso al Lotus Stage, que si bien no sonaba perfecto, dejaba mostrar todo el virtuosismo de una de las guitarras más reconocidas del país. Asimismo, la voz de Denise se mantiene casi intacta y con una energía que contagia a sus nuevos compañeros, demostrando que la banda tiene cuerda para muchos, muchos años más.

Florence and the Machine fue, claramente, la más esperada de la noche. Miles de mujeres se reunieron a presenciar la fantasía propuesta por Florence Welch, la británica que a estas alturas no solo se ha convertido en un referente de la música del siglo XXI, sino también en icono de moda y modelo a seguir. Su presentación fue todo un paso casi a un mundo paralelo y etéreo, donde la protagonista se robó las miradas. En su hora y media de show, con temas reconocidos como ‘Ship to Wreck’ y ‘Shake it Out’, la artista despejó las dudas presentes en los medios sobre su cualidad de headliner, no solo porque atrajo a una multitud completamente fiel (hasta hubo una iniciativa llamada 1000 flores para Florence, flores que sus fans juntaron especialmente para el debut de la estrella en Chile), sino porque también su performance, entre lo espectacular y el ensueño, cerró con una nota muy alta esta edición de Lollapalooza.

En dos días, el festival de Perry Farrell sumó 140 mil asistentes –el más convocatorio de las seis ediciones- haciendo gala de su celebración a la música alternativa y a la diversidad. Pero también marcó un punto de inflexión: por primera vez sin un headliner explícitamente rockero, hubo un notorio recambio que denotó que el estilo se ha quedado con la generación “pre-millenials” y que el público en su nivel más masivo evade lealtades, apuesta por el carácter social del evento y el placer de un buen momento, independientemente de la música que suene de fondo.

Rodrigo Bravo
María de los Ángeles Cerda
Jean Parraguez
Fotos: Peter Haupt Hillock - Jorge López C.

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