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David Gilmour: De aquí a la eternidad

David Gilmour: De aquí a la eternidad

El inolvidable debut del guitarrista en Chile
David Gilmour: De aquí a la eternidad

Domingo 20 de diciembre de 2015, Estadio Nacional

Después de los cuatro conciertos de Roger Waters en Chile, sin duda que estaba en deuda la visita del gran David Gilmour, considerando, por supuesto, que ver a la banda original es una imposibilidad hace mucho tiempo, incluso antes de la muerte de Richard Wright. Aunque la presentación del cantante y guitarrista no tuvo la espectacularidad de, por ejemplo, el show de “The Wall” que hizo Waters en marzo de 2012, fue justamente la música, sin demasiados efectismos, la protagonista de una jornada musical histórica. Fue un concierto hermoso, que recorrió casi cinco décadas de música, con la interpretación de canciones publicadas entre 1967 y 2015. Simplemente, la demostración de que el legado de Pink Floyd -y derivados- es uno de los más trascendentes del fenómeno rock.

Cerca de las 21:30 horas, Gilmour y compañía subieron a un escenario, solo adornado con la clásica pantalla circular, marca registrada de Pink Floyd por largos años. La introducción con ‘5 A.M’, dio paso a ‘Rattle That Lock’, canción mediocre, pero que dejó en claro que estábamos frente a un artista completamente vigente, nada más ni nada menos que dándose el lujo de comenzar un show con una composición de 2015. ‘Faces of Stone’, del mismo álbum, fue una buena muestra de que “Rattle That Lock” tiene grandes canciones. El sonido iba mejorando cada vez más, la voz de Gilmour casi sin desgaste iba creciendo en expresividad y la banda, liderada por otro histórico como es el guitarrista Phil Manzanera, cada vez se sentía más sólida.

Y así llegó el primer golpe emotivo del concierto. Guitarra acústica en mano y los acordes inmortales de ‘Wish You Were Here’, estremecieron a todos los asistentes del estadio. Un marco perfecto para escuchar este clásico que, pese a estar en el contexto de un concierto masivo, hacía reflexionar hacia adentro, hacia el espíritu. De ahí, por supuesto, el impacto transgeneracional de la música de Pink Floyd. Esto no es azar ni mera entretención ni éxito fácil. El fin de la letra: “Y qué encontramos, los mismos y antiguos miedos”, indudablemente son palabras universales, eternas y no solamente el reflejo de una época. El show siguió con ‘A Boat Lies Waiting’, otra demostración de que “Rattle That Lock” es un excelente álbum y luego, con ‘The Blue” de su disco anterior de 2006, “On an Island”.


Las sorpresas floydianas llegaron con dos clásicos de “The Dark Side of the Moon”. Primero con una potente versión de ‘Money’ y un solo de guitarra de antología y de un sonido prístino, y luego con la bellísima ‘Us and Them’. Una interpretación de estuvo a la altura y que hacía recordar al gran Richard Wright, quien históricamente cantó la parte más emotiva de la canción. En ambas piezas, los solos de saxo de João Mello fueron de gran presencia y, tal vez, los momentos de mayor efervescencia del público. (Recordemos que Mello no lo tenía fácil, pues debió reemplazar al experimentado Theo Travis).

Después de ‘In Any Tongue’ de “Rattle That Lock”, una finísima interpretación de “High Hopes”, con el inolvidable video en la pantalla redonda, fue el cierre perfecto para la primera sección del concierto. Luego de un intermedio de 20 minutos, la segunda parte del show fue más emocionante que la anterior, partiendo con esa gema seminal de la mejor psicodelia de todos los tiempos y el vínculo de Gilmour con la historia del Pink Floyd más antiguo: la visión del universo de Syd Barrett quedó plasmada en una ruidosa interpretación del clásico ‘Astronomy Domine’. Y la pieza que vino a continuación, no podría haber sido otra. El tributo al mismo Barrett, ‘Shine On You Crazy Diamond’ fue ejecutada con una sutileza impresionante, sobre todo en la parte de guitarra de Gilmour, que representa una de las esencias del Pink Floyd setentero.

‘Fat Old Sun’ fue, sencillamente, un regalo para los fanáticos más acérrimos de Pink Floyd. Una pieza sublime del álbum “Atom Heart Mother” de 1971, que dio paso a un salto de más de dos décadas para llegar a “The Division Bell” y esa gran canción titulada ‘Coming Back to Life’. La interpretación de ‘On an Island’ con la voz de Gilmour generando una emoción inexplicable, fue seguida de la curiosa pieza de jazz de cabaret ‘The Girl in the Yellow Dress’, que se complementó con un atractivo video animado en la pantalla. ‘Today’ de “Rattle That Lock” fue la última pieza post-floydiana interpretada y el comienzo de una seguidilla de canciones que estuvieron en lo más alto del concierto.

Primero vino ‘Sorrow’ de “A Momentary Lapse of Reason”, sin duda, un tema de mayor jerarquía que la repetida y plana ‘Learning to Fly’ y luego una impactante versión de ‘Run Like Hell’ de “The Wall”, con Gilmour y el cantante-bajista Guy Pratt entregándolo todo en las partes cantadas. Casi llegando al final de las tres horas de concierto, ‘Time’ y ‘Breathe (Reprise)’ fueron la esencia misma del sonido perenne de Pink Floyd, para cerrar el concierto con ‘Comfortably Numb’. No podía ser otra. Una ejecución de una emotividad fenomenal, con un punteo de guitarra de Gilmour que traspasaba el corazón y el alma de todos los presentes. Las luces, por primera vez, salían del círculo y, al igual que la música, se desplegaban hacia el infinito, hacia lo eterno. Junto a ellas, la presencia pasmosa y viva del legado de una de las bandas más importantes de la historia del rock.

Héctor Aravena A.

Fotos: Gary Go

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