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Culpable todo el tiempo

Culpable todo el tiempo

Culpable todo el tiempo
Viernes 02 de marzo de 2012, Estadio Nacional 

Teatro, música, política, arte visual, arquitectura, tecnología de punta, sonido de alta calidad y, por supuesto, la intensidad y profundidad de uno de los grandes del rock, se conjugaron ayer en un show histórico. Las palabras quedan pequeñas para describir y expresar las verdaderas dimensiones de un evento que, si no me equivoco, se convierte en el más apoteósico que se haya realizado alguna vez en el país.

Todo comenzó cerca de las 9 y media de la noche. La expectativa y emoción por ver a Waters por tercera vez en Chile, al fin se hacía realidad. La apertura con “In The Flesh?”, fue simplemente grandiosa. El riff de guitarra sonaba fuerte y claro. La voz de Waters, en excelentes condiciones, lograba transmitir la épica original de “The Wall”. En el muro inmenso del escenario, se podía leer, “Capitalism”, pero con las letras institucionales de Coca Cola.

Los ruidos aparecidos en el disco, colmaban el Estadio Nacional con presencia inusitada y de pronto, desde el cielo, el avión que, en la película, mata al padre de Pink, aparecía volando y se estrellaba contra el muro, destruyendo algunos ladrillos en medio de una explosión. Las personas no sabían hacia dónde mirar. Un comienzo sorprendente y atronador, que además, era complementado con fuegos de artificio, que surgían de diversas partes del enorme escenario.

Tras el impacto, las cosas bajaban de intensidad, con las extraordinarias interpretaciones de “The Thin Ice” y “Another Brick In The Wall Part I”. La calidad superlativa de la numerosa banda de Waters, desde ya marcaba su presencia e impronta, sobre todo, en la perfecta ejecución de los solos de David Gilmour, a cargo de guitarristas del peso de Snowy White y Dave Kilminster. No había lugar para la improvisación o los lucimientos personales. Las partes de guitarra y, en general, toda la interpretación instrumental del disco, fueron reproducidas con disciplina.

Luego de “The Happiest Days of Our Lives”, el tema más exitoso de “The Wall”, “Another Brick In The Wall Part 2”, traía consigo varias sorpresas. Además del emocionante coro de niños chilenos, de pronto se desplegó una marioneta gigante del profesor que atribulaba a los niños en el colegio. Fue un momento hermoso del concierto, ya que los chicos no sólo cantaron la emblemática melodía y letra del tema, sino que actuaron desafiando la autoridad del maestro.

El momento de intimidad con el público, llego antes de la interpretación de “Mother”. Un cercano y relajado Waters conversó, agradeció e, incluso, se tildó a sí mismo de narcisista, ya que tocó la canción, con imágenes de él en un show de la década 70. Una bonita versión del clásico de clásicos, dio paso a otro de los puntos importantes del concierto. 

“Goodbye Blue Sky”, ya lo sabíamos, es un momento polémico del show. Mientras la lírica y melodía hermosas del tema se desplegaban, en el muro, comenzaban a caer, no sólo símbolos religiosos y políticos como la cruz, la estrella de David o la hoz y el martillo marxista, sino que también, los signos del dinero, de la Shell, de Mercedez Benz.  Todas imágenes que sólo han servido para dividir a la gente, que han sido utilizados para manipular a las personas, para despojarlas de su individualidad, de su dignidad y de su condición sagrada. 

No sé si será cierto, pero cuando la líder estudiantil, Camila Vallejo, le preguntó a Waters porque ponía la hoz y el martillo entre los símbolos que han servido para atrapar y modelar al hombre, Waters contestó: “Stalin mató a millones de personas”. Obviamente, el ex Pink Floyd está por sobre cualquier ideología. Además, las connotaciones políticas del show están pensadas por Waters en un amplio sentido, y no en la mezquindad de una trinchera predeterminada. En este punto, hacen sentido sus declaraciones, en relación a que “The Wall”, además de tratarse de él o de Syd Barrett, abarca un espectro universal del hombre y su entorno social y espiritual.

“Empty Spaces”, “What Shall We Do Now?”, “Young Lust”, “One of My Turns” y la visceral interpretación de “Don't Leave Me Now”, seguían construyendo el muro, tanto en el escenario, como en la obra y en el corazón del personaje. En la última de las canciones mencionadas, Waters desgarraba su voz de manera radical, en uno más de los momentos de potente emoción del recital. 

Después de “Another Brick in the Wall Part 3” y “The Last Few Bricks”, una emotiva “Goodbye Cruel World”, terminó por cerrar el muro, metáfora de la alienación y encierro total de un personaje, al que su dolor y miedo a ser herido, no lo deja enfrentarse al mundo: La pérdida del padre, de su esposa, su infancia desvalida, una estrella de rock vacía y solitaria. Una historia universal representada en vivo de manera genial. 

En el intermedio, en la pared, se proyectaron fotos, fechas de nacimiento y pequeñas reseñas de vida de personas muertas en guerras y conflictos en todo el mundo y distintas épocas: Afganistán, Vietnam, Irak, Chile, Alemania, Corea, Estados Unidos, Inglaterra, en un homenaje a todos esos seres anónimos, que fallecieron por ideas torcidas y afanes de poder sin límites de los líderes políticos.

Con el muro cubriendo a toda la banda, el segundo set del show que es, además, el lado B del álbum, comenzó con la perfecta y conmovedora versión de “Hey You”. Sólo sacando un ladrillo del muro, la pieza de guitarra acústica “Is There Anybody Out There?”, no bajó un ápice la emotividad del show que, incluso, seguiría creciendo con “Nobody Home”. En ésta, se abría una sección más grande del muro y Waters, aparecía en una pieza viendo TV, en una magnífica ejecución de la que es, una de las canciones más tristes de todo el disco, tanto por su melodía y letra.

La estremecedora “Vera”, -que recuerda a la cantante de la 2da Guerra Mundia, Vera Lynn- y la majestuosa, “Bring the Boys Back Home”, dio paso a “Confortably Numb”. Waters apareció adelante del muro cantando su parte de la canción, mientras que arriba se podía ver al vocalista que hace la sección de Gilmour y al guitarrista a cargo de los dos solos de guitarra ya legendarios del tema.

En el segundo solo, Waters camina por el escenario, haciendo gestos y levantando las manos al son de la música. De pronto, se ubica al medio del inmensa pared y con un golpe mágico, da el paso para que se el muro se abra y caiga en miles de fragmentos, en una escena del concierto, imposible de olvidar.

En la sección final del show, con Waters disfrazado de un dictador que odia a todo el mundo y que atrapado en sus miedos, opta por el camino de la violencia y la deshumanización, toda la banda se ubicó delante de los ladrillos. En ese lugar, vinieron las impactantes versiones y escenificaciones de los temas “In The Flesh”, la rockera “Run Like Hell” y “Waiting For The Worms”, con el protagonista vomitando su rabia a través de un megáfono. Paralelamente, un inmenso chancho volador, se desplazaba por el espacio del recinto. 

Al final, “The Trial”, la canción del desenlace y, tal vez, en la historia, la más importante, Waters cantó con las imágenes de animación de la película proyectadas, donde el juez condena a Pink a derribar el su muro por haber revelado sus más profundos temores. Un momento impactante. “Tear down the wall, tear down the wall” y la pared inmensa, se derribaba en el escenario, para el cierre de una obra y puesta en escena gloriosa.  En el epílogo, todos los músicos se ubicaban entre los ladrillos dispersos de la pared, para ejecutar una versión acústica y folklórica de “Outside The Wall”, con Waters tocando la trompeta. “Los que realmente te aman, caminan afuera del muro”.

“Necesito saber si he sido culpable todo este tiempo”, canta Waters en “Stop”, el tema antes de que sea juzgado con “todo el peso de la ley” y condenado a “quedar expuesto ante sus semejantes”. Claro que sí: Waters "es" culpable. Culpable de haber creado una de las obras imprescindibles de la cultura rockera universal; culpable de haber derribado el muro que separa a la gente, que aparta a las personas de sus pares por el miedo a ser dañado; culpable de uno de los discos más geniales que se tenga memoria en nuestro tiempo; culpable de un show inmenso, pensado hasta en su más mínimo detalle y que será recordado por generaciones.

Héctor Aravena A.-
Fotos: Ignacio Gálvez.-

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