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Chuck Berry

Chuck Berry

Una amarga despedida
Chuck Berry

 

Movistar Arena
16 de abril de 2013
 
Pocas veces habíamos prestado tanta atención a una gira sudamericana como la de Chuck Berry. Los más fanáticos, quizás, intentan seguir todos los pasos de sus artistas favoritos en las paradas previas a Santiago, para prepararse y establecer un nivel de expectativa. En este caso, las palabras de la prensa trasandina, que hacían referencia a uno de los conciertos más penosos que hayan presenciado en ese país, tomaron impulso por acá y causaron que el recinto del parque O’Higgins (reducido a la mitad de su capacidad), contara con una asistencia realmente ansiosa, pero dividida entre admiradores reales, curiosos que iban solo a ver al hombre de St. Louis, y morbosos con un humor tan macabro y tan sarcástico como el de la televisión de las tardes de sábado en los ochenta.
 
Lo cierto es que el respeto por la figura de Chuck Berry y su incomparable influencia cundió rápidamente y, aunque no faltaron quienes soltaron risotadas burlonas, el público abrazó al rey del rock and roll y se mostró comprensivo a lo largo de la hora que se extendió el concierto. Los abundantes aplausos y vítores al inicio crearon un ambiente entusiasta, pero que se fue disolviendo a medida que iba avanzando el set. No era solo la pobre performance artística la que desencantaba, sino que también que el foco de atención paulatinamente fuese aumentando en torno a la figura de su hija Ingrid, que con la armónica por un lado y la cartera bajo el brazo firme por el otro, dilucidaba una imagen bien triste: había que ocultar como fuese las lagunas mentales de su padre.
 
Con suerte, el slow blues ‘Wee Wee Hours’, casi al inicio de la presentación, fue interpretada completamente. Incluso, durante los primeros treinta minutos del show, el estadounidense se las arregló como pudo para mantener cautiva a la audiencia (incluso tratando de articular algunas frases en español) y sortear la desgracia con otros clásicos como ‘Roll Over Beethoven’, ‘Rock and Roll Music’ o ‘School Days’. Pero era evidente que Chuck Berry no podía tocar varias notas de corrido y que las letras habían pasado a mejor vida. Para la segunda media hora, ya la guitarra había pasado a ser un mero accesorio pendiendo de sus hombros.
 
Pero muchos hicieron caso omiso a lo que sucedía, incluso cayendo en la condescendencia con la que se le aplauden las gracias a una guagua. Al final llegó ‘Johnny B. Goode’, que fue coreada masivamente en apoyo a Berry, haciéndole el aguante. Subió público al escenario, bailó con la satisfacción de compartir el mismo espacio con la leyenda. Y cuando todos pensaban que ése sería el final, el octogenario rocanrolero se quedó tocando lo que diría que “no era una canción, solo estoy de pie tocando para ustedes”. Hasta que fue sacado por su representante y todo terminó. Así no más.
 
No es fácil ver a un personaje de tamaña trascendencia terminando su carrera de esta forma. Está claro, no es ni la sombra de lo que alguna vez fue: acababa de pasar un abuelo en camisa de lentejuelas, haciendo lo posible por mantenerse digno. Muchos se conformaron con verlo, pero también estaba la desazón de ver reducida a la historia en balbuceos, desafinaciones y vacíos. Amargo cierre para la trayectoria de Chuck Berry. 
 
María de los Ángeles Cerda
Fotos: Sebastián Jiménez

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