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The Notorious Byrd Brothers

The Notorious Byrd Brothers

The Notorious Byrd Brothers

Miércoles 27 Julio, 2011
1968. Columbia

Qué difícil debe haber sido la búsqueda de originalidad durante los años sesenta. Sobre todo para aquellos artistas inclinados hacia los toques más melódicos y pop, lejanos al blues, que maquillaban su obra con ligeras y ácidas guitarras, todo esto como telón de fondo para dulces y revitalizadores voces. ¿Por qué tanta dificultad? Simple. Aquella descripción estilística es como dar incontables vueltas en círculos alrededor de la banda alrededor de la cual giraban numerosos contertulios. En otras palabras, qué difícil era ser original en la época de The Beatles.

Existió un puñado de valientes que se atrevió a ofrecer su propia paleta de colores. En ocasiones con los mismos elementos disponibles, pero sutiles detalles propios que les valieron un nombre propio. The Beach Boys, The Kinks, The Zombies, Buffalo Springfield, The Who (porqué no incluirlos en este lote también) o The Lovin’ Spoonful se atrevieron. Pero quienes más lejos llevaron su sonido fueron los multifacéticos Byrds, guiados por los encantos del folk, la sicodelia y la experimentación. Quedarse en el atrevimiento es relativamente simple; hacer canciones tan buenas como las de McGuinn, Hillman o Crosby, no.

Y es que, claro, habitando su propia dimensión sonora, The Byrds tuvo siempre encima la amenaza de no lograr comunicar su propuesta al gusto masivo. Un paseo por el cielo, montado en una alfombra voladora, puede ser muy entretenido. Pero difícilmente quepan todos los “day trippers” que se suben a un “magic bus”. ¿Costaba mucho hacer canciones inhumanamente jugadas que llenaran el gusto del veinteañero norteamericano promedio durante la segunda mitad de los sesentas? Para los Byrds, no.

Ya lo hemos dicho, el secreto de The Byrds estaba en sus múltiples cabezas pensantes. Y el hecho que cada una haya querido imponer sus términos no sólo terminó por hacer colapsar el equilibrio natural al que podían llegar los implicados; fue también responsable de que cada track tenga un granito de arena de cada quien. Aunque sea una nota despechada del ego, es una nota que suena, y que suena bien.

¿De dónde sale una entrada tan digna de reyes como la de ‘Artificial Energy’? Curiosamente, la libertad de sonar así se originó por los problemas internos que existía entre los capos del grupo. David Crosby entraba y salía de la formación, cada vez más cerca de Stephen Stills (recordemos que ya había subido junto a Buffalo Springfield al escenario de Monterey) y más lejos de los Byrds. Más problemas con Michael Clarke, el baterista del grupo, quitaron el ruido de los oídos de McGuinn y Hillman, quienes se la jugaron. Y ganaron. Simbólico, pues el título, ‘Artificial Energy’, representa también lo poco Byrds que eran estos Byrds. Al menos en la fachada.

Roger McGuinn fue el más beneficiado cuando en los primeros años los Byrds decidieron cargarle la mano a los covers de Bob Dylan, haciéndose él de la voz principal, y sacándose de encima a otro peso pesado, Gene Clark. Otros dos covers tuvieron lugar en “Byrd Brothers”. Los dos singles más exitosos, ni más ni menos. Ambos con Carole King en los créditos… sí, es verdad. Eran los sesentas, después de todo.

‘Goin' Back’ y ‘Wasn’t Born to Follow’ podrán haber sido compuestos fuera del dominio de esas acuosas paredes. Pero son The Byrds en su máxima expresión. Ambos dulces tan ácidos, con un envoltorio tan dulzón. Las voces (sobre todo la elegancia de McGuinn) salen por todos lados. Y da vuelta, y vuelta, y vuelta. Geniales las dos interpretaciones, tanto o más convincentes que cualquier tema propio.

‘Natural Harmony’ contiene ese exceso de aire que da escalofríos, cuya tranquilidad espacial es un juego muy arriesgado cuando se anda por los cielos. ‘Draft Morning’ es más polvorienta, tiene más polvo de folk, y quizás si la presencia de Crosby en los créditos lo explique. Del espacio al espinudo desierto, con sonidos láser de fondo. Literales sonidos láser. Entre cactos y dunas. Esa sí que es cabeza, David.

‘Get to You’ podría parecer una colorida colección de versos del corazón. Pero un bajo tan falto de emoción denota la carencia de inocencia que hay detrás de esta búsqueda. Alguno podrá sospechar de este exceso de malicia. Pero The Byrds no permite dudas, bajo el anuncio de ‘Change is Now’. Un cambio que los incluye a ellos mismos, que les quita los panderos, y asomando de lado en el futuro de las próximas generaciones de atrevimiento americano. Esas que protagonizarían todas las fiestas de mañana. Cómo no asociar este asomo de oscuridad a ese lejano poblado.

‘Old John Robertson’ es un country hecho pop, adulterado por las cuerdas, simulando una rayadísima energía punk. El ida y vuelta de ‘Tribal Gathering’, con guitarras mucho más feas que las 12 cuerdas de antaño, descolocan. Y divierten. Son pocas las veces en que The Byrds se acercó tanto en su sonido al otro lado del Atlántico. Esta fue una de esas veces. Quizás la más notable. ‘Dolphin’s Smile’ regresa a la tierra natal, cruza a la costa oeste, y les aseguro que es mucho menos sonsa de lo que su título promete.

Por años y años, The Byrds mostró que su fuerte no sólo era el hacer canciones únicas, llenas de colores y dimensiones. También mostraron el talento suficiente como para redondear sus ideas en no más de 2 minutos. Al menos durante su era dorada. ‘Space Odessey’ es el gran atrevimiento, llegando a los 4 minutos. Pensada originalmente para musicalizar la “2001: A Space Odessey” de Stanley Kubrick, imagínense cuán lejos tiene los pies de la tierra. Sin percusiones, sólo con corrientes de aire combinadas en un par de rojizos mástiles.

The Byrds era una agrupación sin par. No sólo por lo buenos, sino por lo jugados. Fueron de los pocos grupos de orientación pop que desafiaron a las reglas del mercado, y no siguieron el camino que prácticamente mes a mes iban señalando The Beatles.

Decir que The Byrds es rock americano es demasiado generoso con una nación que durante los sesentas absorbió casi todo lo que vino del este. Salvo los Brian Wilson o los Bob Dylan -poquitos nombres comparados con el ejército británico- todos y cada uno de los integrantes de esta fantástica (qué palabra más ajustada a este caso) banda merecen un aplauso, un abrazo, y unas palabras de agradecimiento. Gracias a lo contagioso de sus esfuerzos, los sesentas no sólo fueron una década, sino un soleado rincón en la galaxia.

Juan Ignacio Cornejo K.

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