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The Southern Harmony And Musical Companion

The Southern Harmony And Musical Companion

The Southern Harmony And Musical Companion

Miércoles 27 Julio, 2011
1992. Warner

Quiérase o no, el rock de los años sesentas y setentas quedó, para siempre, como el sonido de lo que se conoce como “rock clásico”. Será por lo bueno, será por las influencias que dejó, será tal vez por el sonido o por la actitud, pero siempre son reconocibles las referencias a ese estilo. Y tras la explosión punk, hubo mucha negación a aquella onda más “clasicona”, al menos hasta la segunda mitad de los ochentas. Con excepciones, claro, en especial por parte de todo el hard rock que podía situarse alrededor de Aerosmith. Pero fue eso, y muy poco más. Pero eso, cuando aparecieron bandas tan disímiles como Jane’s Addiction (que es un collage sonoro, es cierto, pero hay una incuestionable carga zeppeliana), The Black Crowes o Blind Melon, a los fans de “los viejos buenos tiempos” no nos quedó otra que poner atención.

El caso de los Black Crowes es el más especial. Porque, a diferencia de los otros artistas que a fines de los ochentas y principios de los noventas citaron a viejas glorias del pasado, ellos sí fueron adoptados como propios por los antiguos estandartes. Y lo cierto es que, escuchando cualquiera de sus discos, partiendo por su notable trilogía inicial, a nadie le extraña.

“Southern Harmony” es tal vez el disco más especial en la carrera de los Crowes, por múltiples motivos. Primero, por la presión que significaba hacer un digno sucesor del bombástico “Shake Your Moneymaker”, otro clásico absolutamente esencial de la década pasada. Además, ahora enfrentaban el proceso de grabación con un nuevo guitarrista, el genial Marc Ford, quien ayudaría a definir el sonido definitivo de los Cuervos Negros. Y, finalmente, ya pasados los años, “Southern Harmony” sigue siendo su carta de presentación favorita ante el mundo, porque es el más equilibrado de todos sus trabajos: oreja, armónico, arriesgado, blusero, épico, delicado, corajudo… todo en uno. Canción a canción, siguen siendo los Crowes, pero con otro rostro, ninguno peor que el otro, y cuál de todos más encantador.

El tartamudeo inicial de ‘Sting Me’ nos adentra a un rock & roll de alto impacto, bañado en los colores del soul que inundarán casi toda la placa, y con un muy buen coro. El sonido ya nos evidencia la presencia secundaria, pero fundamental, del teclado de Harsch, y esos coros de chicas que los hermanos Anderson adoran, y que tanta independencia le otorgan a Chris, por cierto.

Lo mejor aquí no se guardó para el final, sino que se tiró de entrada. Porque llega la paradisíaca entrada de ‘Remedy’, probablemente el himno más grande en la carrera de los Crowes, y es obvio porqué. El golpeado riff de entrada que te rebota directo al mentón, el hipnotizante canto de Chris Robinson, la avalancha de guitarras (si hay algo que hace que uno se saque el sombrero con este disco es precisamente la interacción entre Rich y Marc Ford, que juntos se pasean por dimensiones completamente distintas a las del resto de la banda), y un coro tan inesperado como brillante. Segundo a segundo, ‘Remedy’ genera la sensación de que el mejor momento de la canción es siempre el que pasaste, lo cual pocas veces sucede y es imposible no mencionarlo.

‘Thorn in my Pride’ no es una caricia cualquiera. Hermosas baladas hay muchas, y los Black Crowes saben de ello. La gracia no está en su angelical melodía, ni en su innegable aire a clásico. Es, simplemente, un muestrario de lo mejor que los Cuervos tienen para ofrecer. Todos los elementos que los distinguen están presentes. Es largo de explicar, pero como paralelo, ‘Wild Horses’ de los Stones anda por ahí: no solo es una tremenda canción, sino que baja los decibeles y el ritmo para mostrarte con delicadeza de qué se trata la banda. ¿Cohesión interpretativa? Acá está. ¿La brisa fresca de las percusiones? También dice presente. ¿La guitarra de Ford? Ni decirlo, colorea como nunca. ¿El aura parroquial de sus insignes coros? Sí, también lo encuentras acá… Así podemos irnos toda la noche. Seis minutos para presentar a una banda en todo su esplendor.

Si uno quiere hacer un paralelo con los otros discos del grupo, seguro va a encontrar varios momentos como ‘Bad Luck Blue Eyes Goodbye’, pero ninguno fluirá tan natural por tus sentidos como esta maravilla. Y el desafío de seguimiento rítmico que propone la colosal ‘Sometimes Salvation’ no creas que te va a incomodar, pese a ser una de las melodías menos orejas y más llenas de pasión que haya cantado Chris jamás. El blues esta banda lo lleva por dentro, pero cada cierto tiempo te lo tira en la cara como el mejor de los boxeadores.

Escuchen el vibrante “Shake Your Moneymaker” y luego vayan por ‘Hotel Illness’, y les parecerá otra banda. Lo que antes era descontrol rocanrolero, ahora se transforma en mesura, pero llena de ritmo, exquisitas melodías y prudencia en la mezcla de colores. La electroacústica que brota de la humedad es un lujo para cualquier auditor. Precisamente ese tipo de detalles genera en la misma banda la confianza como para hacer canciones tan llenas de soberbia y tan pretenciosas como ‘Black Moon Creeping’ y el asunto les salga bien. ¿Funk? ¿Soul? ¿Rock & roll? Sí, todo junto, y todo bueno.

Nadie es tan amable ni querible siempre. Por eso, un riff tan pesado como el de ‘No Speak No Slave’ (que hasta el mismísimo Jimmy Page hubiese querido imaginar antes) parece fuera de lugar, pero nada que ver, el tema sigue su curso habitual, y finalmente queda la impresión que a los Black Crowes les encanta alardear y mostrarte todas las ideas y herramientas que poseen. “Southern Harmony” es eso, una agrupación en su peak creativo utilizando la mayor cantidad de recursos que podían y haciéndolo mejor que lo que a nadie se le hubiese ocurrido. Porque, con toda la variedad que hay por acá, nota a nota, estos siguen siendo los Black Crowes, y eso nunca está en duda. Cómo no va a ser eso meritorio.

La muy soleada guitarra de Ford en ‘My Morning Song’ es una de las razones por las que muchos aseguran que fue la llegada del guitarrista la que terminó por patentar el sonido de los Crowes en todo el mundo. De esa slide inicial al coro es sólo un paso. De ahí a los solos, lo mismo. Y si el tema se alarga por más de 6 minutos, no importa, los Black Crowes te conducirán por ella con sapiencia. Viene el quiebre, el bajo retumba por todo el sur, pero alguien vuelve a prender las luces, y uno se pregunta “qué quiebre?”. Golpe a golpe, verso a verso, ‘My Morning Song’ se encamina por sí sola a uno de los momentos más notables de toda la placa, y eso es muchísimo decir. Increíble cómo crece, otra vez, ya cerca del fin, para matarte con ese coro.

‘Time Will Tell’ es un cover de Bob Marley. Y te lo tienen que decir, porque parece un tema propio de los Crowes, y cierra de gran forma un disco impresionantemente variado, multicolor, a veces soberbio, a veces delicado, por (muchos) momentos perfecto, y finalmente, he aquí la maravilla, indiscutiblemente homogéneo.

Si alguna vez los hermanos Robinson, amos y señores de The Black Crowes, pensaron en llamar un LP con el nombre de su banda, ésta era la ocasión. Es extraño, porque es muy probable que a buena parte de los fans elija cualquier otro de su colección como “el favorito”. Pero “Southern Harmony” se lleva los premios siempre como “el mejor”. ¿Por qué no coinciden? Simple: ningún otro es tan completo y tiene tantos elementos de donde agarrarse y tantas dimensiones, y eso, a veces, atraganta. Y, por último, “Money Maker”, “By Your Side” e incluso mi regalón “Amorica” pueden parecerle a alguien “grandes colecciones de canciones”. Este, en cambio, es un “gran álbum”. “Don Álbum”, en realidad. Y, en 1992, más que nunca, The Black Crowes era “Doña Banda”.

Juan Ignacio Cornejo K.

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