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Revolver

Revolver

Revolver

Miércoles 27 Julio, 2011
1966. EMI

“One, two, three, tour, one, two…”. Que te avisen que algo está por empezar no asegura que uno esté preparado para lo que viene. Y ese conteo de George Harrison para darle el puntapié inicial a ‘Taxman’, su composición que abre el que fue el séptimo disco de estudio de The Beatles, es una buena muestra de aquello. La eterna discusión de cuál es el mejor disco de los de Liverpool nunca termina bien, pero los candidatos son casi siempre los mismos: “Abbey Road”, “The Beatles” (o el “Álbum Blanco”) y “Revolver”, con “Sgt. Pepper” y “Rubber Soul” llegando por detrás. Si bien “Rubber Soul” viene primer cronológicamente, muchos de sus temas vienen enganchados de lo que había sido “Help!” y sus singles de la época. Por eso, se puede decir que “Revolver” es el paso definitivo a una banda de rock exitosa a la transformación de música en arte, jugando ya no solo con los nervios que se conmueven con una buena melodía, sino atacando directo a la cabeza, experimentando sensaciones nuevas y, por plantearlo de algún modo, presentándose en tres dimensiones, y ya no más en dos.

Cuando The Beatles dicen que “Rubber Soul” era el disco de la marihuana y “Revolver” el del ácido, se explica en parte lo que decía anteriormente. La música ya no estaba solamente para llevarte en una volada en particular, sino que para apoderarse de tu cuerpo y mente por un buen rato. Otra manera de verlo: hasta “Rubber Soul”, el cuarteto incorporaba e incorporaba influencias y aprendizajes especialmente de sus recorridos por EEUU. Desde conocer a Bob Dylan y Elvis Presley en persona, hasta llevar la Rickenbacker de The Byrds a un tema como ‘If I Needed Someone’, o conocer los lugares en que sus héroes americanos del rock & roll tocaron. De cierta forma, muchas de sus canciones hasta 1965 eran el diario de su recorrido, plasmando experiencias y aventuras no necesariamente en lo lírico. Pero esos Beatles adolescentes, entusiasmados con “la obra de otros”, en “Revolver” se empiezan a ir para la casa, no definitivamente ni tan tajantemente, pero sí cediendo el protagonismo a los Beatles que tenía sus cabezas llenas de inquietudes propias, las cuales de seguro se encendieron con todos esos pequeños trucos de estudio que metieron en “Rubber Soul” (excepciones de que “los que seguían aprendían de afuera” no se fueron tan para la casa son, por ejemplo, el efecto de “Pet Sounds” en lo que sería “Sgt. Pepper”, o más claro aún, en la pasión de Harrison por la música india). Ahora, eso había que llevarlo al límite. Esa sería su identidad.

Por todo aquello, y varias otras variables que no alcanzan a entrar al análisis, “Revolver” pilló a todos de sorpresa. Y sigue haciéndolo, cuando uno escucha todos los discos de The Beatles en orden cronológico. ‘Taxman’ puede tener algo de onda beatlesca, pero nos evidencia el crecimiento individual de George Harrison como compositor y letrista. El bajo de este tema ha sido imitado cientos de veces, y el solo de guitarra, tremendamente sucio y rocanrolero, corre por cuenta de un inspirado McCartney. Tremenda apertura. Y vaya contraste con la que le sucede, ‘Eleanor Rigby’. Cuando Lennon decía que Paul escribía “historias aburridas sobre personas aburridas que hacen cosas aburridas”, o algo así, tenía toda la razón. Y es que una vez que las temáticas dejaron de ser el amor juvenil, como en sus primeros LP, Macca se concentró en escribir en tercera persona, con dispares resultados. ‘Eleanor Rigby’ es tal vez el mejor de todos. Una amarga historia de soledad, a la que cuesta ponerle atención por el shock que provoca la instrumentación de la canción. Adiós banda de rock. Bienvenido McCartney “clásico”. Cómo lo habrá hecho, vaya a saber uno, pero no suena ni pomposo ni excesivo. Por el contrario, suena desgarradoramente desnudo, y a la vez trágico y las cuerdas le aportan una teatralidad que pocas canciones de The Beatles poseen. Para volarte la cabeza.

‘I’m Only Sleeping’ es mucho menos simple de lo que parece. La voz de Lennon suena como un caset que has grabado por vigésima vez, la acústica es mucho más metálica que antaño, y la eléctrica invertida que llena los espacios vacíos no puede estar más atinada. Curioso el efecto de que a nadie se le ocurriría “complicar” tanto una canción que a primera vista parece simple, y que a la vez no nos quepa en la cabeza interpretada de otra manera que no sea ésta. Magia. Un concepto que se repite en ‘Love You To’, de Harrison. Guiada por la sitar (o cítara) del mismo guitarrista, tiene una melodía maravillosa y un aire celestial indescriptible. Y para ratificar que en Liverpool no estaban desconectados de lo que sería conocido pronto como hippismo, la letra “make love all day long, make love singing songs” no puede pasar desapercibida. Música de los dioses, como era lo que quería George. Lo logró.

Desde siempre he tenido la sensación de que “Rubber Soul” fue el disco de John, así como “Sgt. Pepper” fue el de Paul, simplificando muchísimo el asunto. El vacío que queda entremedio, es decir este “Revolver”, si hay que etiquetarlo de algún modo, ese sería “el álbum en que John quiso a Paul”, ridiculizando un poco el eterno enfrentamiento entre ambos. 3 de las composiciones de McCartney en el disco, ‘Here, There and Everywhere’, ‘For No One’ y ‘Got to Get You Into My Life’, eran consideradas por Lennon como sus favoritas de todo lo que su partner había escrito jamás. ‘Got to Get You Into My Life’ no puede de dejar llamar la atención, con su aire medio jazzero y de película, tremendamente juguetona. Ni hablar de ‘For No One’, en mi opinión de lo mejor de todo el catálogo Beatle, con ese precioso clavicordio, y una melodía digna de los dioses. Pero los premios son para ‘Here, There and Everywhere’. Tal vez la mejor canción de amor de Paul, con una onda muy retro, pero llena de armonías y delicadeza que sólo podía salir de una banda como este. Y tan simple que es…

Hay cosas que a primeras parecen tener menos gotitas de magia, como la pegajosa ‘Good Day Sunshine’, la clásica, infantil y alucinógena ‘Yellow Submarine’, ‘And Your Bird Can Sing’ (con Harrison y su ácida guitarra que es todo un tesoro), la pícara ‘Doctor Robert’ (doctor que recetas “especiales”) o ‘I Want to Tell You’. Pero ninguna de ellas es una mala canción, ni previsible ni nada. En cualquier disco de la actualidad la romperían. Pero en éste no. No al lado de un ‘She Said She Said’, por ejemplo. La frase inicial “she said ‘I Know what it’s like to be dead’” le aporta un toque mucho más chiflado aún a los sonidos distorsionadísimos, tanto de la notable guitarra de Harrison como del canto de Lennon (que, cómo no, está manipulado), que si se suman al rejunte de unos trozos de melodías separadas que tenía John y que por consejo de George Harrison fueron unidas, algún otro experimento en el estudio y la imprevisible batería de Ringo, tenemos como resultado final un descalabro absoluto convertido en una canción inolvidable. Es como armar un puzzle de miles de piezas. Salvo que en vez de armar la imagen que viene en la caja del puzzle mismo, The Beatles armó otra cosa, mucho más impresionante y artística que el resultado que supuestamente tenían que lograr.

Pero todos quieren llegar al final del disco. Y no porque no se disfrute su escuchada. Sino porque la encargada de poner punto final es ‘Tomorrow Never Knows’, una canción simplemente demente. La leyenda dice que John quería que su voz sonara como el Dalai Lama cantando desde la cima del Tíbet y que de fondo se escucharan a cientos de monjes cantar. George Martin, el otro genio involucrado en el proceso, fue capaz de lograr solo lo primero. Y de qué manera. Geoff Emerick, uno de los ingenieros, propuso pasar la voz pos un órgano Hammond, y de ahí fue cosa de jugar con velocidades y traspasos de cinta. Y la voz tampoco está doblada, sino que fue un efecto tan genial y tan básico como pegarla con unos milisegundos de diferencia con la original, creando la impresión de que Lennon dobló su interpretación. No lo hizo pues, porque no tenía ganas y por eso Martin tuvo que salir con tal ocurrencia. El resto de los efectos requerirían un buen par de párrafos para explicarlos, pero entre las “gaviotas” que aparecen, las guitarras al revés, y otra batería fenomenal del siempre vapuleado Ringo Starr hacen de esta canción una gema del rock sicodélico. La letra de John es bastante existencialista, y toda esta locura llena de LSD y sonidos que uno no sabe si son reales o forman parte de nuestra imaginación te va a desencajar la mandíbula. Un trabajo de estudio tremendo, que cuenta con la ventaja que los técnicos que trabajaban con el grupo también tenían espacio para aportar, pues las ideas podían volar, pero siempre eran “The Beatles + George Martin” los que cortaban el queque. Ese mérito del entorno beatlesco pocas veces se reconoce.

No quiero alargarme en exceso, pero no quiero dejar de mencionar el single que quedó fuera de “Revolver”, así como ‘Strawberry Fields Forever’ y ‘Penny Lane’ de “Sgt. Pepper”: ‘Paperback Writer’ y ‘Rain’. Un rock tremendo y otra joyita sicodélica, prima hermana de ‘Tomorrow Never Knows’, con Ringo por enésima vez luciéndose. Sus aportes a los Beatles sicodélicos fueron sin duda sus mejores momentos en los sesentas.

Esta etapa de The Beatles es demasiado interesante y demasiado rica en detalles como para abarcarlo todo. La música hablará por sí misma, y “Revolver” más que tal vez ningún otro disco en la historia del rock obliga al auditor a ponerse audífonos y descubrir un nuevo mundo en él. Si es éste el mejor disco de The Beatles o no, difícil decirlo. Sí es el que más de sorpresa te va a pillar, y uno de los más revolucionarios para su época. La génesis misma del rock puede sentirse en la seguidilla “Rubber Soul”-“Revolver”-“Sgt. Pepper”. Entre 1965 y 1967 nadie hizo tanto como The Beatles. Absolutamente nadie. Y ellos lo sabían. Escúchenlos y verán.

Juan Ignacio Cornejo K.

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