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The Wall

The Wall

The Wall

Martes 19 Julio, 2011

1979. EMI

Desde el instante en que la idea de “The Wall” cruzó la mente de Roger Waters, fue siempre proyectada en grande. Condujo a Pink Floyd a la realización de un álbum doble, pero no fue suficiente. Presentaron un show visual en sus conciertos más grande que lo que jamás alguien se había atrevido, pero tampoco fue suficiente. Se hizo una película, muy artística, con una particular narrativa y que no muchos ajenos al inmenso círculo de fanáticos del grupo lograrían comprender… pero, transcurridos los años, pareciera que tampoco fue suficiente.

Son muchos quienes señalan que “The Wall” no es el mejor trabajo en la carrera de Pink Floyd, pero hay algo extra, algo más, que no vemos ni sentimos a primeras, que hace de este álbum doble un hito, una especie de obligación omnipresente en la cultura occidental de fines del siglo pasado. Ni el propio creador puede saber bien qué es. “The Wall” se sigue apareciendo en nuestros caminos, irremediablemente. Y para Waters, “The Wall”, como el bien lo dijo, quizás sea el proyecto más grande en el que jamás se vio involucrado. Tan inmenso, tan abrumador, que pocos humanos podrían sostenerlo sobre sus espaldas. Claro, Roger no lo sabía, pero al mismo tiempo, quién más podría salir airoso con una idea de esta magnitud.

La historia misma de “The Wall” es archiconocida. El protagonista es un rockstar de infancia difícil, con ausencia del padre, cuya fama lo lleva a comportamientos que ni el mismo imaginó, los cuales los separan del mundo real y lo llevan a la construcción de esta metafórica pared que lo aísla de todo contacto humano. Dentro de su propia locura, llega a una extraña vida de fantasía nazi, y dentro de ese mismo marco, pasando por algunos eventos algo grotescos, concluye su desventura con un juicio interno después del cual el personaje derrumba esta pared y vuelve al mundo real.

Algo así, muy en resumen, es la trama. Pero no es esto lo más importante. Quizás es lo menos relevante, de hecho. Más que ello, es pertinente destacar el nexo entre esa historia y lo que Roger Waters vivía en aquellos años. Y no solo por lo autobiográfica que pueda ser en algunos segmentos, sino por cómo esto afecta la dramatización en la interpretación, los versos y la instrumentación de cada tema. Es que el punto no es menor: a diferencia del concepto tan marcador y humano de “Dark Side of the Moon”, el cuento detrás de “The Wall”, a primeras es mucho más distante con el oyente ordinario. Pero es la misma banda, con el poder que los instrumentos y los micrófonos les otorgan, quienes son capaces de traer estos vaivenes anímicos de vuelta a la tierra, y conectarnos a todos con, al menos, alguno de ellos.

Seamos honestos. “The Wall” es la obra maestra que hemos sabido apreciar y asimilar gracias a sus fenomenales canciones. Roger Waters era, en 1979, un tipo que quería aislarse del universo, que ni siquiera quería sentirse cerca de sus propios fans (menos aún de sus compañeros de banda). ¿Cómo es entonces que tanta reticencia al contacto humano logró atraernos?

La pregunta inversa: ¿Cómo no sentirse llamado por un riff tan apoteósico como el de ‘In the Flesh?’? Esa bombástica explosión del destino, que nos invita a participar de una aventura no del todo prometedora, pero groseramente intrigante. La neblina de los teclados, el descalabro de la batería y los gritos de Waters son angustiantes, pero en vez de horrorizarnos y dejarnos con cara de choque, nos abre los ojos, y nos deja listos para cualquiera cosa.

La belleza inicial de ‘The Thin Ice’ no es tal, y la guitarra de Gilmour vuelve filosa, como una pesadilla que se repite. Como acto reflejo, los primeros acordes de ‘Another Brick in the Wall Pt. 1’, con lenta marcha, y una promesa de acción futura. La felicidad no asoma en ‘The Happiest Days of Our Lives’, es solo la ambientación perfecta para que ‘Another Brick in the Wall Pt. 2’ se haga notar. Y es que es muy distinto escucharla en el contexto del disco que suelta un día cualquiera en la radio. Lo que en la radio es un sonido que se acerca al de la onda disco, y muestra al Pink Floyd más inmediato que jamás conocimos, en el álbum suena como una broma del destino, una ironía, que hacen que el efecto de ese sublime estribillo sea mucho más épico de lo que parece a primeras. No solo es el mayor clásico en el cancionero del grupo, también es el juego más perverso que hayan hecho con el poco respetado (por Waters) oído masivo.

Tal vez la mejor sección de “The Wall” sea la que arranca con la formidable ‘Mother’, un tema que bien puede ser del personaje protagónico hacia su madre, de Waters hacia la suya o de cualquiera de nosotros hacia la nuestra. Ese es el encanto, la (in)madura petición de consejo y cariño, que se haya en conflicto con la propia la independencia. Un himno, que, hay que decirlo, toca con categoría el primer gran amor de todo hombre, su madre. Waters, tras el escudo de hombre duro y protegido por la historia de “The Wall”, nos muestra que también es humano, como todos nosotros.

‘Goodbye Blue Sky’, más que un amanecer, es un ocaso, con hermosas armonías vocales a cargo del inigualable Gilmour. El mar sonoro de ‘Empty Spaces’ invita a ‘Young Lust’ a ser frontal e infecciosa. Nick Mason, por fin, puede tocar con la soltura de un baterista de rock, y la guitarra de Dave también se mueve con mayor libertad. Y qué decir de la creciente y alucinante ‘One of My Turns’, un temazo, mostrando a Roger en su mejor forma. Qué manejo, qué subida más increíble.

‘Don’t Leave me Now’ es más ambiental, más de la mano con la narración, y junto con ‘Another Brick In the Wall Pt. 3’, nos dan a entender que el fin del primer disco también clausura una etapa del relato. La más racional, si se quiere. La muralla está lista, y en ‘Goodbye Cruel World’, el teclado de Rick Wright disfraza de funeral lo que en realidad es la despedida del contacto humano.

El segundo CD comienza con ‘Hey You’, otro momento histórico, bellísima composición, una balada, si se quiere, con el sello de Gilmour en la creación, innegable. También lo hace sentir con su solo conmovedor y súper melódico. A final de cuentas, nadie es más importante que Pink, el personaje en cuestión, el cual aquí intenta retomar contacto con aquellos de quienes se aisló, sin recibir respuesta.

La desesperación lo lleva al mareo de ‘Is There Anybody Out There?’, acompañado por una guitarra acústica tristemente bella. No hay palabras para la monumental ‘Nobody Home’, una oda a la soledad, y quizás una de las más sorprendentes composiciones de Waters. La luz ya no se ve al final del túnel en ‘Vera’, mientras que la operática ‘Bring the Boys Back Home’ es de aquellas más vitales para el film que para el álbum.

Llegamos, por fin, a ‘Comfortably Numb’, quizás la mejor canción de toda la historia de Pink Floyd. El duelo de fuerzas entre Gilmour y Waters los llevaba por lo general a unir fuerzas, pero jamás consiguieron un resultado tan perfecto como este. De la oscuridad a la luz, del latido del corazón hasta la desesperación de la mente enferma. Una conversación, una reflexión, un acto de liberación… todo eso te llega al cerrar los ojos y dejarte atropellar por la canción. La rígida voz de Roger nunca sonó tan bien, y la calidez de Dave jamás fue tan necesaria. Y qué decir de sus solos, en particular el último, su momento más heroico en todo “The Wall”, que lo llevaba, textualmente, a la cima del muro en los shows en vivo. Para escucharla por siempre, sin riesgo de hartarse. Un tesoro en el catálogo popular del siglo XXI.

‘The Show Must Go On’. Toda la razón. ‘In the Flesh’ se aparece de nuevo, esta vez para dar vida la fantasía nazi de Pink. De ahí a la contagiosa ‘Run Like Hell’, también con algún toque disco, que sirve, dentro de tanto dramatismo, para aportar aire fresco como para llegar al final del recorrido.

‘Waiting for the Worms’ muta mucho, tal como los pensamientos del protagonista en la historia. ‘Stop’, la especie de rendición, la intención por volver a la vida normal, tiene una consecuencia inmediata, ‘The Trial’, que suena caricaturesca, pero es precisamente porque representa el juicio interno que se lleva a cabo en el cerebro del protagonista. Pink Floyd nunca sonó tan “poco serio”, y el experimento es más que interesante. ¿El veredicto del juicio? El tipo está loco, claro, y debe derribar la pared. Esta se cae a pedazos, y lo que pase ahora nadie lo sabe. El final queda abierto con ‘Outside the Wall’, aunque a Waters no le interesa continuar con esto, y cierra el disco con la misma melodía que antecede ‘In the Flesh?’, completando el círculo, y dejando entrever que, quizás, el fondo de la trama es un círculo vicioso del cual no hay escapatoria.

Mención aparte merecen dos personajes vitales en el álbum. Primero, Michael Kamen, encargado de los arreglos orquestales, que tan útiles y tanto dicen en algunas canciones. El otro, el productor Bob Ezrin, absolutamente indispensable en la concreción de “The Wall”, pues ayudó a Roger Waters a ordenar sus ideas, a sumar elementos, a redondear canciones, y, más importante que todo, a mantener a Pink Floyd unido (independiente de que Rick Wright haya sido despedido, pues esto pasó sobre el final del proceso) tras un objetivo.

Hay muchas cosas que nos acercan a “The Wall”. Por sobre todo, su música. Y sus músicos. Esos cuatro fantásticos: Waters, Gilmour, Wright y Mason, que aquí escriben su última historia juntos como cuarteto. Diversos proyectos, y ya 30 años, han hecho que Roger Waters siga cargando e intentando explicar “The Wall”. Nosotros aquí hicimos lo posible. Nadie puede ser tan pretencioso tampoco como para pretender explicar y dar la última palabra de este, uno de los discos dobles más grandiosos (y aquí sí que vale ese término) de todos los tiempos. Esta historia se sigue escribiendo. En cierto modo, todos nos negamos a ver la pared derrumbarse.

Juan Ignacio Cornejo K.

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