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Everybody Knows This Is Nowhere

Everybody Knows This Is Nowhere

Everybody Knows This Is Nowhere

Jueves 14 Julio, 2011
1969. Reprise

Neil Young es un artista con múltiples caras. Inagotables sonidos e infinitas canciones. Pero en todo lo amplio que puede ser un recorrido por su legado, hay momentos, y discos, claves inobjetables, que marcan un antes y un después. “Harvest”, ya comentado en este sitio, es uno de ellos. “Zuma” podría ser otro, o “Rust Never Sleeps”. “Freedom”, “Harvest Moon”, y quién sabe cuántos más, ¿no? Pero uno siempre tiene que ir a la génesis del asunto, para encontrar hitos que tal vez en su minuto hayan pasado inadvertidos, pero definieron un antes y un después. Es ahí donde “Everybody Knows This is Nowhere” se hace grande, sin siquiera tener que escucharlo.

¿El motivo? Este fue el segundo LP de Young, que intentaba forjar su camino después de una sonada salida de los alucinantes Buffalo Springfield. Su primer intento en solitario había sido disparejo, poco consistente. Neil aún tenía que apropiarse de un estilo. Para ayudarse, empezó a tocar con una banda de apoyo. Una que tenía personalidad propia, que era lo suficientemente fuerte para proporcionarle al canadiense una segunda línea de lujo, y para agregarle valor a lo que él ya hacía. Ralph Molina en batería, Billy Tabot al bajo, y el recordado Danny Whitten en la guitarra conformaban Crazy Horse, los compañeros de batalla que han acompañado a NY por ya casi 40 años.

Que no se malinterprete. Crazy Horse no le “prestó ropa” a Young, sino que estuvo ahí para ayudarle a definir su identidad, que era lo que el hombre buscaba, para no repetirse el plato de Buffalo y tener su propia bandera de lucha. Lo que a algunos temas de su primer álbum les faltaba era un poco de onda. Precisamente lo que “Everybody Knows This is Nowhere” tiene de sobra. Gracias, en buena medida, a los Crazy Horse.

El LP consta tan solo de siete temas. Pero que son suficientes para dejar en claro que Neil Young estaba para grandes cosas. ‘Cinnamon Girl’ y su tan clásico riff tomaban por sorpresa a cualquiera, y refleja como pocas canciones la vibra del hippismo-eléctrico, el cual ya no era tan sicodélico, pero conservaba su esencia folk y saludos bluseros con guitarras más distorsionadas. El rostro más alegre en términos melódicos y también rítmicos que puede ofrecernos Neil, que tan distintas formas tomaría a lo largo de toda la década que estaba por venir. ‘Cinnamon Girl’, clásica tanto por su solo de una sola nota como por el guitarreo final del eléctrico Neil, y sobre todo por la segunda voz de Whitten, cuyo trabajo terminó por convencer a Young de cuál era su manera de cantar definitiva, qué es lo que podía ofrecer él y con qué le podía ayudar el resto.

En los setentas hubo una muy comentada “disputa” entre Lynyrd Skynyrd y Neil Young, pues supuestamente los sureños no querían que el canadiense se mezclara con ellos. Pocas canciones suenan tan gringas, y especialmente sureñas, en el cancionero del ex Buffalo Springfield como ‘Everybody Knows This is Nowhere’. Un tipo que venía de lo más al norte que se puede venir, que participó del fenómeno hippie en especial en el oeste de Estados Unidos, y que terminó aprendiendo y absorbiendo tanto de su pasado y presente, que fue capaz de hacer una canción que absolutamente nadie hubiese esperado de él. Lo más extremista en el sudoeste musical, con una guitarra que corre por su cuenta que es para irse de vacaciones, otra vez, muy apoyado en segunda voz, y una luminosa contundencia de los Crazy Horse. Y el título, que es una frase de esas que hacen sentido e historia más que nada por el ingenio y su (in)significancia.

‘Round & Round’ está un poco más anclada al pasado, es del tipo de canción que Young ya había mostrado tanto en Buffalo Springfield como en su primer disco. Y funciona porque muestra otra de las caras de este genio, y llena de colores un LP sin necesitar más de siete temas para ello. Los candados rasgueos acústicos no pueden estar más lejos de la aventura de ‘Everybody Knows This is Nowhere’.

Para cerrar el “lado A”, ahí está, finalmente, ‘Down by the River’. Probablemente el primer gran clásico indestructible de la carrera del viejo Neil. Con su guitarra que parece una cascada, al mismo tiempo en que Whitten juega al villano, tapando el sol y dando la espalda a su jefe. Brillante oscuridad. Sorprende que en pleno periodo hippie Neil se atreva a decir que “le disparé a mi chica”. Tal vez la influencia del sufrido Joe versionado por Hendrix un par de años atrás ayudó al hombre a hacer el trabajo como corresponde. El dramatismo que alcanza el largo instrumental central es digno de un western, y pareciera que Young retoma el canto solo cuando la banda se lo permite. Así se alternan protagonismos, en esta joya de nueve minutos de duración. Inmortal.

‘The Losing End’ retoma la alegría country, pero ya no en formato balada, sino es mucho más rítmica, igualmente enfiestada, tiene mucho aire al Buffalo, eso es innegable, pues es una faceta de la que Neil no pretende desmarcarse del todo, siendo esta parte de la música con que creció. Lo que ‘The Losing End’ incorpora es lo que dijimos antes, una incuestionable personalidad propia. La misma que abruma en ‘Running Dry’, teatralmente dramática, más humeante que cualquier otra cosa que adorne este gran álbum. Un violín que no desentona, pero sí sangra. Los Crazy Horse no hacen otra cosa que acompañar con música el agónico desenlace.

Todavía no nos vamos para la casa. Falta ella. ‘Cowgirl in the Sand’. La interminable gema que nos acerca al fin de “Everybody Knows This is Nowhere”. Acá son 10 minutos, pero, igual que ‘Donw by the River’, en vivo se va sobre los 20 fácilmente, no porque la banda se lo permita, sino porque a estas alturas estas canciones pareciera que se resisten a quedarse quietas. No hay nada ni nadie que pareciera inmutar a Danny por su costado, cara a cara con Ralph y Billy, mientras ellos construyen una canción de la misma forma en que Young se deja poseer por los demonios, por esta inalcanzable chica “arenosa” y descarga su rabia, pasión y fuego con su instrumento. Es la misma estructura que ‘Down by the River’, fueron compuestas el mismo día, pero hay tanta diferencia de colores entre una y otra... Otra vez, se repite el recurso, pero no por ello pierde la gracia: la voz del canadiense aparece sólo cuando su guitarra le devuelve el alma al cuerpo. Y con todo este huracán guitarrero, la maravillosa melodía de su canto no pasa desapercibido. No puede. No tiene que pasar. Nunca va a pasar.

Amor y odio, alegría y tristeza, blanco y negro. Eso es lo único que parece tener claro Neil Young en este disco: todo a su extremo. Las canciones son su manera de ir conociendo por su cuenta los distintos matices y rostros de tan variadas sensaciones. Todo un descubrimiento para un músico que se conocía a sí mismo ante los oídos y ojos de todo el mundo.

Ese mismo Neil Young, que aclaró su camino, que definió sus límites (ninguno existente) y que perdió el temor a ser él mismo es el que agarró vuelo y durante toda la década de los setentas siguió iluminándonos con discos perfectos. Hasta el día de hoy sigue haciéndolo, a veces con los Crazy Horse, a veces no. Pero no podría haberlo hecho sin ellos. Ni siquiera los discos acústicos y más folk, tan íntimos y conmovedores, pero que también dan cuenta de un personaje especial, único, cuyo primer gran paso en solitario (si es que puede decirse así) es este. El primer paso de gigante. Y uno de los más monstruosos que haya dado jamás.

Juan Ignacio Cornejo K.

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