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Crack The Skye

Crack The Skye

Crack The Skye

Miércoles 25 Mayo, 2011

2009. Warner

Vaya monumento. Es increíble como Mastodon, con tan sólo un par de producciones, ha logrado llegar a una fisonomía artística envidiable sin recurrir a desdeñables concesiones. Se dejaron querer con Reprise -subsidiaria de Warner-, condimentando las odiosidades de sus fans, quienes con desespero, temían la detonación de esa mina de oro -ya sobreexpuesta en "“Leviathan"”- a cambio de un insulso fajo de billetes. ¿El pronunciamiento de los acusados? “"Blood Mountain"”, un disco que colocó el pie en el acelerador en la ruta melódica, pero siguió a pulso con los aliños progresivos que la formación de Atlanta acostumbra, a gran escala, desde “"Remission"” (2002).

“"Crack The Skye"” es una joya, un batatazo para reverenciar y disfrutar en detalle hasta fatigarse. Hay un superlativo incremento en melodías, tanto como colosales tributaciones al rock clásico y lo que no es menor, las divisiones inferiores, todo en un cuadro de temer, merecedor y feroz candidato (¿oponentes?) a lo mejor del año. Si antes varios se preguntaban, porqué un grupo del bajo perfil de Mastodon, cuenta, desde hace un buen tiempo, con el fervor y admiración de personajes de la talla de James Hetfield, Dave Grohl o Josh Homme, aquí tienen un arrogante fundamento para apagar el recelo.

Las leyes evolutivas de Mastodon jamás han permitido estancamientos. Cada entrega es una bocanada de exuberantes contenidos y un derroche conceptual de connotación mitológica a prueba de balas. Ahora, la cobertura estelar ahonda en la narración de un viaje astral, cuyo protagonista es un chico que sale de su cuerpo y se dirige hacia el sol. Ahí, vivencia una experiencia sobrecogedora (se encuentra con el alma de Rasputín) que le permite regresar a su piel y sanar una paraplejia que sufría desde su nacimiento. Y esto, es sólo la historia que enmarca el título del álbum; la música, por su parte, es un ítem tanto o más alucinante.

Si en "“Blood Mountain"”, las entonaciones de Brent en canciones como ‘'The Wolf Is Loose'’, recordaban en parte a Ozzy Osbourne, sumérjanse en estas siete marcianas composiciones acumuladas en 50 minutos de puro rock clásico. Se atestigua que tanto el sello del Príncipe de las Tinieblas, como el registro de los primeros Soundgarden, son apuntes irrefutables para descifrar el camaleónico timbre del cantante y bajista de estos mentores de Atlanta.

El primer disparo lo da ‘'Oblivion'’, y la siniestra entrada rítmica te coloca los pelos de punta. Las armonías y voces limpias perturban, pero ni un tercio a como impresiona el aroma setentero de la música que sustenta la pieza (pura psicodelia). Aquí, vale la pena destacar un acierto total: la inclusión de Brendan O´Brien, un capo en el uso de instrumentos y amplificadores de los sesenta y setenta, además de ser un obseso en los retoques vocales.

La sustancia de ‘'Divinations'’ grafica de manera escueta, a diferencia de los otros trazos, la esencia del disco. Nos referimos a inclinaciones progresivas de alta densidad. Por momentos, los numerosos despliegues que develan las canciones de "“Crack The Skye"” irradian una pócima casi ancestral. Es como si Brent, Troy, Bill y Brann hubiesen devorado por semanas, enclaustrados en una sala, los vinilos de Rush, Pink Floyd, Yes, Boston y King Crimson (referencia histórica, acuñada desde la génesis de la banda), antes de escribir este nuevo capítulo dentro de su ascendente iconografía. ¿Un símil para sustentar dicha suposición? Definitivamente '‘Last Baron'’: 13 minutos que exprimen el talento crudo del Frank Zappa más venerado, pero a través de una vertiente que desconoce el plagio y asoma con frescura.

Neurosis y Mastodon son casi hermanos de sangre. Basta ojear los incontables cameos y giras que han realizado en conjunto a través de los años. Para "‘Crack The Skye’", Scott Kelly (toda una referencia en los dioses post metal de San Francisco), nuevamente es convidado en un disco en estudio de sus colegas para inmortalizar sus viscerales tonalidades. Este corte, que da nombre a la placa, es otro meteorito de marciano lenguaje, atiborrado en rincones duros y lúgubres.

Al carajo con los facilismos y las propuestas amigables. Mastodon, sin siquiera preocuparse por la montaña de tendencias que escriben la frágil contingencia discográfica en la actualidad, hace polvo su marca y la reinventa como si fuera juego de niños. Considerando que la realidad que sacude la vorágine del rock de esta década está colapsada de hijos bastardos, practicantes de la fotocopia, y en casos optimistas, el autoplagio, lo que ofrecen estos cuatro mentores de educación subterránea e integridad indestructible, llega a parecer, en cierta forma, irreal. ¿Querían un referente para la década? Aquí lo tienen. Un nuevo mastodonte integra la avanzada.

Francisco Reinoso Baltar

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