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Forever Changes

Forever Changes

Forever Changes

Miércoles 13 Julio, 2011
1967. Elektra

Pocas han sido las veces en que he tenido la posibilidad de escuchar algo tan genial, único e irrepetible como este trabajo, el tercero de los californianos Love (tras el homónimo de 1966 y el también excelso “Da Capo”, de 1967). Es un disco donde todo está tan bien puesto, hay tanto buen gusto e iluminación artística que su creador, el líder de la banda Arthur Lee, tuvo que lidiar con la sombra de esta obra maestra hasta su reciente deceso, en agosto de 2006 (leucemia). Fueron la banda favorita de Robert Plant y en una ocasión Jim Morrison dijo algo así como “si los Doors fuésemos tan buenos como Love, mi vida sería completa”. No obstante estos importantes elogios y la ayuda de algunos amigos como Jimi Hendrix, Love siempre se mantuvieron como unos grandes subvalorados para el mainstream rockero de la época, perfilándose casi como unos genios anónimos del pop-folk-rock de los ‘60.

“Forever Changes” es sin duda una obra maestra. En su momento fue incomprendido por crítica y público, pero puede situarse sin problemas a la altura de un ‘Sgt. Pepper’, un ‘Piper At The Gates Of Dawn’, un ‘Velvet & Nico’, un ‘Disraeli Gears’, un ‘Sell Out’, un ‘The Doors’, un ‘Are You Experienced?’ o un ‘Surrealistic Pillow’, por nombrar otros grandes discos de ese mismo 1967. Quizás éste es el único álbum donde podremos encontrar de un modo tan uniforme y parejo una amalgama sofisticada y precisa entre el folk de banda a-la Byrds o Dylan eléctrico, psicodelia, pop del puro y elegante, inspirados arreglos de cuerdas y rock energético de tintes garajeros (aunque menos sucio y destemplado que lo que encontramos en “Da Capo”), donde ningún elemento eclipsa ni estorba al otro, sino que todos funcionan en conjunto y trabajan en equipo para llevar el álbum a un nivel de inspiración sobrecogedor, siempre muy grato, escuchable y cálido. Eso sí, hay un denominador común que une y da coherencia a toda la mezcla de estilos: es esa aura de alegría melancólica, ese afán tiernamente contemplativo que salpica este disco durante todo su correr.

Tras una psicodélica portada donde las caras de los cinco miembros del grupo se fusionan en un ácido delirio de color, se esconden 42 minutos de música repartidos en 11 temas, cada tema un mundo encadenado al otro pero con su propia historia que contar. Es un disco ideal para poner en un día nublado o en el momento preciso en que se va el sol por la tarde y el cielo comienza a teñirse de colores mágicos. Cómo no va a ser bello escuchar en ese contexto temas como la conmovedora ‘Andmoreagain’, ‘Old Man’ ‘The Red Telephone’, ‘The God Sense Of Humor: Man, He Sees Everything Like This’ o el monumental cierre ‘You Set The Scene’, donde se nos devela una lúdica melancolía, sentimiento para regalar, un acabado y genial trabajo musical traducido en buenos arreglos y finas progresiones de acordes, donde los switches mayor/menor o los maj7 tienen una relevancia especial.

La cara más aguerrida viene de la mano con ‘A House is Not A Motel’, excelente corte de rock sesentero puro con vibrantes solos dobles de guitarra, o la dylanesca ‘Bummer In The Summer’, mientras que la inmortal apertura ‘Alone Again Or’ y ‘Maybe The People Would Be The Times Or Between Clark and Hilldale’ muestran una influencia latina en el sonido de Love, la primera –el mayor clásico de la banda- con unos vientos de aire mexicano y punteos de guitarra española, y la segunda con una encantadora cadencia de tintes tropicalistas brasileños, en sincretismo con precisos arreglos de viento, en su medida justa para no empalagar. Por otro lado, ‘The Daily Planet’ y ‘Live and Let Live’ suenan a The Byrds por todos lados, pero siempre están dotadas con una identidad personal muy propia de Arthur Lee.

La travesía maravillosa de drogas que Love plasmó en este álbum tomó tintes peligrosos cuando, tras la indiferente reacción al trabajo, los muchachos se hundieron en el mundo de la heroína, viendo a la muerte directo a los ojos en más de una ocasión. Arthur Lee, en un claro de lucidez, cortó relaciones con el resto de la banda y continuó la senda de Love con una formación absolutamente renovada, que dio como fruto otro excelente y subvalorado trabajo como “Four Sail” (1969).

Con este comentario estamos reivindicando una injusticia histórica –no obstante, muchos críticos de hoy ya han reivindicado y venerado esta obra como lo merecía en su tiempo-. Al colocarlo en los clásicos declaramos que “Forever Changes” es un trabajo imprescindible, ineludible, de un brillo deslumbrante y un fulgor inmenso. Si te gusta el rock de factura sesentera, la psicodelia o el folk, no puedes dejarlo pasar. Te harás un favor.

Pedro Ogrodnik C.

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