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Miércoles 12 Junio, 2013

2013. Vertigo

Black Sabbath pueden ser venerados como los padres del género "metal" y todo en ellos apunta en esa dirección, pero reparemos también en el hecho de que si escuchamos sus discos más clásicos (todos ellos armados con las municiones de la distorsión de Tony Iommi, el grueso bajo de Geezer, el swing de Bill Ward y la melancólica voz de Ozzy) escuchamos un heavy blues, muy a la manera de Led Zeppelin -en el fondo no en la forma, se entiende- empapado en el volumen y la oscuridad únicas que poseían hace más de cuarenta años los cuatro de Birmingham.

El asunto es que sea "más metal o menos metal" Black Sabbath se metió de lleno a la realización de "13" con la única estrategia posible en este momento de su historia: A 35 años de su ecléctico y no muy esplendoroso “Never Say Die!” la meta era poder contener todos los elementos que hicieron de Black Sabbath una gran banda en los años setenta. Es más, no cualquier gran banda, sino una de aquellas pocas que son innovadoras. Tal como si estuviesen en un laboratorio, la banda y el productor Rick Rubin recrearon la fórmula, sin duda escuchando con atención obras anteriores, en especial el debut, el “Master Of Reality” y “Sabotage”, que es posiblemente el último álbum gran disco de Sabbath publicado en 1975.

Con una monolítica creación de ocho minutos llamada ‘End Of The Beginning’, "13" emprende vuelo con un Ozzy Osbourne entonando el "oxímoron" aquel de "¿Es este el final del principio o el comienzo del final?". Este tema se trata de en gran medida un híbrido, generado a partir de la canción Black Sabbath, tal vez un poco demasiado intencional y artificial en su enfoque durante los tres primeros minutos. Sin embargo, Iommi se tenía guardado un cambio de riff que hace que el tema arranque de nuevo con una dinámica totalmente distinta y con dos solos de aquellos magistrales que a estas alturas el jefe es capaz de idear. Y en ello hasta Ozzy empieza a sugerir la manera en que cantará en el resto del disco; ciertamente es otra voz que la que bien conocemos como solista. Tiende a ser más impostada en lo grave y en la dicción teatral con la que acentúa ciertas palabras.

‘God is Dead?’ comienza un poco más suave, con una misteriosa progresión de arpegios que demasiado pronto se torna en un ataque de artillería pesada, con serias reminiscencias en su segunda parte de ‘Hole in the Sky’- a los seis minutos exactamente, ya que se trata de otro tema de ocho minutos. Una vez más, la verdadera estrella aquí Iommi, cuyo tono y su técnica inconfundible siempre han sido la quinta-esencia de lo que Black Sabbath representa.

Vestigios sonoros de aquellos infames "momentos Sabbath"  siguen escuchándose en la forma que tiene de arrancar el tema ‘Loner’ la que obviamente le pide prestado a ‘NIB’; no obstante, luego tiene dos quiebres fenomenales como respuesta a la orden de Ozzy "Come On Now!" que resultan sorprendentes. Y si pasamos por ‘Zeitgeist’ tomando algo prestado de ‘Solitude’ con guitarra acústica y una voz fantasmal onda ‘Planet Caravan’: "Estoy cayendo a través de un nuevo universo/ Me pregunto si se encontrará mi nave". Un solo magnífico nos hace pensar que este tema terminó demasiado pronto cuando se empinaba en los cuatro minutos y medio.

No es hasta llegar a 'Age Of Reason’ en que "13" finalmente encuentra una voz propia: Ozzy se afirma como puede y Geezer se conecta al baterista reemplazante Brad Wilk, de Rage Against the Machine, quien, tan bueno como pueda ser, aquí no tiene mucha muñeca ni mucha oportunidad de brillar, en algo que con Bill Ward probablemente habría sido otra cosa… nunca lo sabremos en realidad. Mientras que la canción que le sigue, ‘Live Forever’, es otra que de una manera cuasi-metódica apegada al manual de estilo sigue llevando al "13" hacia adelante -camino a su conclusión- sin perder el rumbo. "Yo no quiero vivir para siempre / Pero no quiero morir," es Ozzy Osbourne en un lamento durante su galope lírico sobre este tema, tan honesto y directo como un hombre de 65 años pueda ser. "Justo antes de morir, se dice que ves un flash de toda tu vida frente de tus ojos", Ozzy advierte en esta, una de las canciones más líricamente conmovedoras en “13”. Y lo es porque escuchar a estos héroes y pioneros abordar el tema de la mortalidad inevitable, sobre todo en una fase tan crepuscular de sus vidas, en especial la de Iommi, es una cosa estremecedora.

Habiendo revisado ya más de la mitad del disco, en lo que vale la pena detenerse ahora es en el toque heavy-blues del "13" que se puede escuchar en canciones como ‘Damaged Soul’ y en menor medida en ‘Dear Father’. Porque quizá el tono tan retro preponderante en todo el registro pudo haber venido del tipo que en realidad no es uno de la banda: nos referimos al super-productor Rick Rubin. Ya sabemos que el hombre es conocido, en parte, por reavivar la carrera de estrellas consagradas como Johnny Cash o Metallica, lo mismo da, y su presencia para Black Sabbath podía ser un arma de doble filo. Sin él, es probable que esta formación reconstituida de Sabbath hubiese seguido a la pata la fórmula sin mayores matices. Rick Rubin los llevó de vuelta a sus raíces pre-‘Iron Man’, animándoles a reencontrar  su amor por el blues pesado y esa onda o estilo Cream-psicodélico tan característico de 1968, que fue justamente la época en que Sabbath se fundó.

Volviendo a estos dos temas, la saturación blusera que caracteriza a ‘Damaged Soul’ llega en la forma de una cascada de efectos sobre un beat que marca en un lento péndulo la mayor profundidad alcanzada en "13": un corte que hace que todo se vuelva más oscuro. Y aquí Brad Wilk, hay que darle un crédito, es un componente básico, tanto como lo es también en ‘Dear Father’, una rockera energética que resume absolutamente todos los clichés sabáticos en un solo tema; la puedes amar u odiar, es la clausura de la colección con una nota alta y tras la fanfarria final, el sonido amenazante de la tormenta y el doblar de campanas de iglesia. Siniestro tal como la mayoría de las letras que tienden a citar la rivalidad frente a un indefenso ser humana de las instancias y los valores de Dios y Satanás. Tétrico, aunque como tópico demasiado abusado a lo largo de las ocho canciones.

Pocas dudas caben que Rick Rubin se esmeró en recrear algo trascendental y lo suficientemente grande para darles a los subwoofers una buena pega. Sin embargo, en medio de todo -lo que por cierto suena auténtico- faltan los ganchos emblemáticos que poseían canciones como ‘Paranoid’ y ‘Iron Man’, por ejemplo. Ese nivel de simpleza, frescura e inocencia que resulta en algo tan ganchero, parece ser algo que sólo grupos que comienzan, grupos jóvenes con muy poco que perder, pueden intentar.

Es más, pese a las buenas intenciones, Rick Rubin hace que "13" se sienta como algo más de manual que la grandeza orgánica de Sabbath y de paso el sustituto de Bill Ward (al que él mismo recomendó), no da el ancho, o sea no ayuda a hacer la gran diferencia, porque Ward tiene otro toque en definitiva, el swing. Algunos argumentarán que Brad Wilk en cambio le provee de modernidad pero… ¿era modernidad lo que buscaba Black Sabbath y Rick Rubin? En ese sentido desde el beat inicial el "13" parte cojo, pero su logro es zafar de forma más que digna.
Para una banda veterana como Black Sabbath las posibilidades de verdadera creatividad en definitiva son pocas. Como también es un hecho que en "13" trabajan con poco margen de error, porque todo el mundo ya tenía en la cabeza su propia idea de cómo debían sonar. En vez de aventurarse, lo que Sabbath ha hecho -sabiduría de viejos, ya conocen aquello de que más sabe el diablo…-  es "familiarizarnos" con aquello que nos hace sentir en casa.
 
Tal vez por eso "13" es todo lo que podíamos esperar de Black Sabbath a estas alturas del partido. Ya es sorprendente el hecho de haber podido trabajar en medio de obstáculos como la salida de Bill Ward o el cáncer de Tony Iommi. Una banda valiente que jugó a no arriesgarse ya que ¿para qué pasarla mal si lo mejor era probar con un viaje gozoso? Se trataba de hacer de "13" algo predeciblemente agradable sin ser demasiado cabezón, algo perfecto para aquel fan de Black Sabbath que sintoniza más con la nostalgia que con la reinvención.
 
¿Está "13" a la altura de los cuatro primeros discos de Sabbath? ¿Acaso esa es la vara con que debe ser medido? Si alguien está esperando un lanzamiento con el impacto y la repercusión cultural que tuviera "Paranoid", ese alguien está delirando, que siga esperando. Mientras tanto aquí está "13" un disco que vale la pena hacerlo crecer con muchas escuchadas.

Alfredo Lewin

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