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STEVEN WILSON

The Raven That Refused to Sing

2013. Kscope

 
Sin preámbulos. Éste debe ser el mejor trabajo en solitario de Steven Wilson a la fecha, por una simple razón: encontró el espacio donde se puede mover a su antojo, pero estableciendo ciertos límites necesarios para dejar bien definida su obra. Éste es Steven Wilson en toda su forma, es el director musical que tan evidentemente muestra en sus shows en vivo, es el admirador de los discos de los setenta, es un narrador de historias. Es también un personaje intrínsecamente británico, rayando hasta en el cliché, con las imágenes fantasmales, la literatura del siglo XIX y con relatos que llegan a ser macabros y, dentro de esos rasgos, encuentra un tema que es transversal, la mortalidad, el cuestionar decisiones de vida.
 
Porque, sin menoscabar “Insurgentes” (2008) y “Grace for Drowning” (2011) –ambas piezas de muy fina factura- los dos discos sucumben al deseo exploratorio en comparación con “The Raven…”, que, por su parte, se destaca por su precisión, nada sobra ni nada falta. No hay explicaciones ni divagaciones. También triunfa porque su melancolía es un concepto tan familiar, que más allá de las múltiples influencias artísticas que pudo haber tenido Wilson, sus canciones se vuelven sumamente humanas y empáticas.
 
El álbum cuenta con seis historias, todas unidas por la pregunta del qué hay más allá. Todas, también, sobrepasan la barrera de los siete minutos y la excepción es ‘The Pin Drop’, que dura cinco. ‘Luminol’ es la que da el inicio, el mismo tema que vino mostrando en la gira del año pasado. La fuerte línea de bajo se presta para la interpretación que se viene un disco protuberante en virtuosismos y todo lo que tenga que ver con grandilocuencias, pero eso sería no mirar más allá de la superficie. Obviamente que aquí Wilson cuenta con el inmenso soporte de la misma banda con que ha estado tocando en el último tiempo (con la excepción del guitarrista Guthrie Govan), con quienes ha formado un lazo musical bien perceptible. Cada uno de ellos es una figura por sí sola, pero en conjunto saben recrear con una emocionante exactitud las sensaciones evocadoras que se tratan de transmitir. Hay búsqueda y, especialmente, tensión. 
 
‘Drive Home’ es casi el opuesto a ‘Luminol’, pacífica, tranquilizadora, hasta sencilla. La temática no deja de perturbar, en todo caso: si en el primer track la letra se basa en la historia de un cantante callejero que fallece y que, a pesar de eso, sigue yendo todos los días a cantar al mismo lugar las mismas canciones de siempre; esta canción trata sobre la negación del trauma de la muerte de la esposa del protagonista, en la que ese hermoso solo de guitarra hacia el final pareciese ser el catalizador de la pena. En general, toda la música instala el ambiente y detalles como éste son decidores en cuanto a la sensación que se pretende entregar.
 
‘The Holy Drinker’ reinstala el virtuosismo que escuchamos en ‘Luminol’, pero aquí hay una carrera constante entre el teclado y el saxofón, sin que se pierdan en un descontrol. De hecho, incluso tiene una cosa media espeluznante. En ‘The Pin Drop’, se escucha por primera vez a Wilson tomando un rol vocal completamente distinto a cómo se ha oído en discos anteriores, no solamente porque acá la voz de la historia es femenina, sino porque se ha abierto a otros espectros que no había probado, tomando riesgos, y en los que resulta salir exitoso.
 
Para el final quedan ‘The Watchmaker’, otro desafío vocal para Wilson en el que solo está acompañado por una guitarra acústica y la idea de un hombre solitario y perfeccionista que se conformó con estar con alguien por cincuenta años sin realmente sentir amor. Otra vez, son los solos los que producen el quiebre, y al mismo tiempo, se unen para crear una sensación alentadora a pesar de la melancolía. En el cierre queda ‘The Raven That Refused to Sing’, que debe ser la mejor canción de Steven Wilson. El fiato que consiguió con su grupo fue tal que alcanza puntos como estos en los que una pieza musical es conmovedora, ya no solo interpretada a la perfección y todo bello y preciso. Los solos quedaron de lado, acá hay una línea creciente de dudas, de una esperanza escondida en cielos negros... y Wilson sigue ampliando su performance vocal, sorprendiendo por lo desgarrador de sus líneas.
 
Sería bastante estrecho pensar en Steven Wilson solo como un continuador de un estilo que brilló en los setenta y que lo ha traído de vuelta a estos años, porque lo que sucede en realidad es que sí ha tomado el progresivo en sus manos, pero lo ha moldeado de acuerdo a un concepto que suene moderno, lejos de la nostalgia, incluso atemporal. Lo mejor es que ha logrado un equilibrio que muchas veces el género no consigue, que es el de la inmensa habilidad musical con la habilidad emocional, que es el motivo por el que “The Raven” trasciende con su tan oscura belleza.
 
María de los Ángeles Cerda
 
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