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Una muchacha y una guitarra

Una muchacha y una guitarra

La visión ultravioleta del rock
Martes 17 Octubre, 2017
Una muchacha y una guitarra

Intratable, bohemia, áspera, aguda, frágil, indomable. Violeta Parra fue (es) una de las artistas populares más emblemáticas de nuestro país. Su vida y su obra parece ser la de mil artistas, singularidad que la ha supeditado en difusos lugares comunes, bajo el propósito de las buenas intenciones.

Que fue la primera punky. Que ‘El Gavilán’ es la primera canción del rock progresivo o el metal. Frases de este talante se han venido repitiendo no sólo en este año conmemorativo a su centenario, sino que se han venido proyectando hace décadas. Todas las generaciones de compositores nacionales que se (re)encontraron con el legado de la folklorista mayor, han hecho de estas analogías la manera de validar su catálogo musical bajo los cánones de otras músicas, como el rock. Sin embargo, no hacen más que acotar una obra que se sostiene por sí sola, y que no tiene vínculos directos con el rock, visto como aquel estilo musical que logró posicionarse, tanto musical como conceptualmente, desde la globalización de The Beatles, y que recién en 1967 llegaría a su primer gran cénit creativo. Curiosamente, el mismo año en que nuestra matriarca decidió suicidarse.

La obra de Violeta Parra se creó y evolucionó a medida que crecían sus inquietudes por la música de raíz folklórica. Sin ir más lejos, su gran anhelo fue hacer de la Carpa de La Reina la “Universidad del folklore”. De esta manera, todas sus composiciones están vinculadas a este tipo de música, mientras que sus letras, o iban de la mano de los cantos tradicionales recolectados, o capturaban su desamor o los problemas acuciantes de la sociedad chilena de mitad del siglo XX. “Creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el pueblo", dice en una de sus entrevistas en 1966, el año de sus “Últimas composiciones”, su disco insigne y crisol de donde bebe la música popular chilena hasta hoy.

1966 también fue el año del “Revolver” de The Beatles, que con otros códigos, también se convirtió en una fuente de inspiración para la música pop. Si hay algo en común entre los de Liverpool y la de San Fabián, es que sus obras significaron un salto superior en comparación a los músicos que tenían al lado. Un salto hacia una modernidad en la forma de concebir la canción –rock y folklórica, respectivamente- que presentan en aquellas obras, ofreciendo lecturas de toda índole. No son discos que se quedan en sí mismos, sino que trascienden gracias a los conceptos, fusiones, letras, performatividades y cosmovisiones que encapsulan, y que fueron capaces de construir puentes hacia lugares insospechados. Pero en esta comparación, lo de Violeta es aún más fundamental: estas características de su obra han permitido emparentar su lenguaje con el de la cultura rock. Un sincretismo insospechado. 

Como el musguito en la piedra

Un primer acercamiento a la música pop –y el más significativo en relación al camino de su obra hacia otras latitudes musicales- puede ser el que se fraguó gracias a la amistad que sostuvo con Cecilia, la otra emperadora de la música popular chilena de los años sesenta. “No es difícil adivinar la simpatía que deben haberse tenido. Rebeldes ambas a los rígidos moldes de femineidad impuestos por la industria del entretenimiento (…) eran, además, estrictas en la grabación de estudio, y desde géneros muy diferentes elevaron sus respectivos discos a alturas nuevas para el canto local. Su interpretación excedió los códigos de cualquier estilo conocido hasta entonces, y estuvo siempre intrincada a la intensidad de sus personalidades”, consigna la periodista Marisol García. “La incomparable”, incluso grabó en 1969 la famosa ‘Gracias a la vida’, con arreglos de Valentín Trujillo, cuya versión logró internacionalizarse según cuenta la misma Cecilia, que además agrega un dato, que de haberse concretado, significaría la inflexión en la historia entre el cruce de Violeta con la música pop: le habría pasado unas canciones “en un pergamino escrito con lápiz rojo”. Pero la de Tomé jamás grabó esos versos luego de la muerte de Parra.

Con aquel vínculo no resuelto, y tras una política de rechazo de su figura durante el oscurantismo dictatorial, ignorando torpemente su relevancia, su obra sobrevivió de la mano de los músicos exiliados de la Nueva Canción Chilena y algunos pocos músicos que se atrevieron a versionarla en la patria (eludiendo la censura imperante). Uno de ellos fue Sol y Medianoche, algo así como una súper-banda muy extraña para la época y las circunstancias, que de manera muy innovadora interpretaron clásicos como ‘Casamiento de negros’, ‘Corazón maldito’ y ‘Paloma ausente’, con guitarras distorsionadas, teclados, batería y bajo. Tras este sincretismo, y luego del mancomunado trabajo de Los Jaivas en 1984 con el disco “Obras de Violeta Parra”, la pregunta queda en el aire: ¿Qué es lo rockero de Violeta, o qué hace que los rockeros se interesen en rescatar y reinterpretar su obra?

Si hay algo que es importante en el rock es su fidelidad con el blues, aquella música parida con desgarro desde las entrañas del sur estadounidense. El hijo maldito del Mississippi se desarrolló musicalmente en base a los spirituals, los hollers y las work songs, verdaderos patrimonios inmateriales de los esclavos afrodescendientes. Este origen musical del blues bien podría trazar su paralelo con las formas que Violeta Parra investigó, descubrió e interpretó, como el canto campesino del Chile profundo (a lo humano y a lo divino), y los cantos mapuches. Este es un link casi decidor entre la cantautora chillaneja y los primeros bluseros, que ya en los 50, devenidos en conjuntos electrificados, darían paso al R&B y el rock & roll. Esa capacidad que tuvieron algunos músicos –como Muddy Waters, Chuck Berry o los mismos The Beatles- de alejarse del blues seminal para quebrarlo y transformarlo, es otro vínculo próximo con nuestra Viola chilensis. Ella, desde su trinchera, comparte esta característica: es fiel a su fuente, pero también tiene la misma inquietud y competencia para romperla y rearticularla, hasta exponer su propia visión del folklore. Uno lleno de singularidades y personalidad.

Por otro lado, su espíritu crítico, su valentía y su consecuencia, guardan cercana relación a los valores que en algún momento el rock adoptó como propios. Aunque Violeta fue más allá. Tuvo una actitud de vida acorde a los valores que había en juego, y ese valor no todas las músicas populares lo poseen (porque la música, como el teatro, tiene mucho de representación). Violeta Parra vivió como cantó, y cantó como vivió. Tuvo una relación muy solidificada de arte-vida. Es tan fuerte esta asociación que su suicidio tiene que ver con su obstinada forma de ser, al punto de querer controlar todos los aspectos de su vida, incluida la muerte. Vivió con esa libertad y disidencia, algo que le costaría cierta soledad y marginalidad: la figura de una mujer de origen campesino tomando las riendas de su vida era algo que, incluso hasta en nuestros tiempos, causa urticaria en ciertos sectores conservadores de la sociedad. Esta rebeldía que impuso también en décimas y canciones, es un rol que el rock acató, a mediados de los 60, debido a la influencia de formas musicales tradicionales en que la palabra ocupaba un lugar muy importante.

Violeta, percibida en un momento sólo como folklorista, de forma muy gradual fue acercándose a los gestores del rock en Chile. Fue la materia prima que generaciones completas de músicos jóvenes observarán, escucharán, descubrirán y estudiarán, encontrando poderosos vínculos de identidad y de composición, con los cuales realizaron sus propuestas sonoras y discursivas. Un sincretismo que hace eterno al catálogo de nuestra cantautora popular, pero que tomó un peligroso curso: valorizar aquella obra sacándola de su contexto originario, y dándole épica en base a relatos extranjeros. Ahí aparece ‘El gavilán’ (y, en genral, su disco de experimentación folklórica "Composiciones para guitarra"), como una composición cuya métrica es ligada al mundo progresivo británico, o la lectura de sus versos que la califican como vocera de la subversión, desde su posición libertaria (‘Canto a la diferencia’, ‘Maldigo del alto cielo’) al canto denunciante del punk (‘Miren como sonríen’, ‘Qué dirá el Santo Padre’, ‘Al centro de la injusticia’). Sin embargo, todas esas canciones se defienden y alzan por sí solas, y desde su naturaleza, crearon su figura metafolklórica. Desde las anticuecas a los cantos revolucionarios. Todo lo demás, llegó después, y por ende, para homenajear su nombre sería  mejor hablar de lo gavilanesco de “Ummagumma” (Pink Floyd), el anticuequismo del metal, o la actitud parriana de Sex Pistols y Fiskales Ad-Hok. Un verdadero tributo rock a la que es sindicada como la gestora de aquellos imaginarios.

César Tudela

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