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Rock y música disco frente a frente

Rock y música disco frente a frente

Los géneros que dividieron a la juventud de los 70
Domingo 21 Enero, 2018
Rock y música disco frente a frente

La serie noventera That 70s Show, ambientada en la década de los setenta, se alimenta de los clichés de la época para darle vida a sus personajes. Uno de ellos es Steven Hyde, un rockero que odia la música disco, a la que tilda de tonta e irritante. En un capítulo, se burla de sus amigos que escuchan a Village People. El supuesto mal gusto ajeno lo inspira a organizar una quema de vinilos del estilo que tanto detesta. Una pila de elepés arde al final del episodio mientras todos los presentes celebran.  

Hyde, en el fondo, no tiene un problema puntual con la música disco. Lo que tiene es miedo al ridículo porque nunca ha bailado en su vida, como es revelado en otro capítulo de la serie. El estereotipo que encarna se basa en millones de acomplejados adolescentes que, al sentirse incómodos frente a tanta soltura corporal de connotaciones sexuales y tanta preocupación por el aspecto, asociaron a la onda disco con una detestable superficialidad y se volcaron de forma reaccionaria a las guitarras eléctricas. 

Las raíces del vilipendiado género, nacido en las comunidades gay, latina y afroamericana, contradecían con fuerza la noción popular, que aun así se arraigó. "Disco sucks" fue un lema rockero que cobró fuerza hasta volverse un fenómeno nacional en Estados Unidos, donde lanzar álbumes de música disco a la hoguera se volvió brevemente un panorama a finales de los setenta. Notorio fue el caso de la Disco Demolition Night, una quema masiva de vinilos a la que asistieron cincuenta mil enardecidos jóvenes y que terminó en disturbios. 

Ocurrida el 12 de julio de 1979, para muchos la Disco Demolition Night marcó el final de una era. Sin embargo, como pasa tantas veces en la música, la verdadera decadencia del fenómeno se inicia justo en el clímax de su fama, un año y medio antes, con la llegada al número uno de la banda sonora de "Fiebre de sábado por la noche" el 21 de enero de 1978. Encabezado por los Bee Gees, el soundtrack se mantendría en el tope por 24 semanas. 

Pese la buena actuación de John Travolta, a escenas de baile supremas y a su grandioso cancionero, "Fiebre de sábado por la noche" supuso el deterioro de una subcultura que, al iniciarse, era un refugio para los marginados. Para atraer más público, la película suavizaba lo que se veía en las discotecas de la vida real, donde todas las preferencias sexuales tenían cabida y eran celebradas, mientras se consumía cocaína a destajo para bailar hasta el amanecer. Los propios Bee Gees han dicho que no se consideraban parte de la onda disco, sino exponentes del blue-eyed soul, blancos usando herramientas creadas por negros.

Eventualmente, los latidos del levantamiento gay se transformaron en el pulso bailable del mundo, incluyendo a millones que no sabían del origen subversivo de lo que estaban danzando. En muchos sentidos, la música disco era una respuesta al rock and roll, que se había normalizado y blanqueado. Ofrecía una plataforma para que artistas afroamericanos triunfaran. Uno de ellos fue Nile Rodgers, el genio detrás de Chic, quien encontró ahí su nicho luego de ser rechazado en el circuito rockero por el color de su piel. 

Pero también había muchos elementos en común entre disco y rock. Las raíces negras, para empezar: ambos circulaban cerca del soul. Además, compartían la capacidad de asimilar otros estilos, como prueban los tentáculos de la onda disco posados sobre la música latina y la sinfónica. Basta revisar la banda sonora de "Fiebre de sábado por la noche" para encontrarse con Beethoven y salsa remozados para encajar en la tendencia. Además, contaba con verdaderas luminarias. Aparte de Rodgers, cuyos servicios han sido requeridos por todo tipo de artistas influyentes desde Bowie hasta Daft Punk, había mentes brillantes como el italiano Giorgio Moroder y el francés Marc Cerrone. 

Eventualmente, ambos géneros confluirían. Cuando Paul McCartney quiso dedicarle un tema ('Silly Love Songs' de los Wings) a sus críticos, lo hizo en clave disco para irritarlos aun más. Los Rolling Stones, en tanto, sacaron 'Miss You', una estrategia comercial fríamente calculada, según Keith Richards. A Rod Stewart, siempre tan opulento, el estilo le calzó como anillo al dedo en 'Da Ya Think I'm Sexy?', tan icónica que fue parodiada en su momento por Steve Dahl, uno de los nombres detrás de la Disco Demolition Night. 

Protagonizada por un aspirante a Tony Manero que se pasa al bando del rock y termina fundiendo sus joyas para hacerse una hebilla de Led Zeppelin, la versión de Dahl, titulada 'Do You Think I'm Disco?', ofrece pistas sobre los motores más oscuros del odio a la música disco: una horrorosa falta de tolerancia disfrazada de rockismo y que, exacerbada, llegaba a extremos como la homofobia y el racismo. De todos modos, nada pudo impedir que las filas de exponentes de la onda disco se engrosaran: Blondie publicó 'Heart of Glass' y Kiss hizo lo suyo con 'I Was Made for Lovin' You'. 

Removido de su hábitat natural y depredado por oportunistas, el polarizador fenómeno empezó a decaer, aunque su influencia nunca desapareció. Su sonido fue fundamental en el desarrollo de la electrónica. Y sus valores, eventualmente, fueron absorbidos por toda la música popular, incluido el rock. Sin ir más lejos, ahora el respeto a la diversidad sexual es un requisito mínimo de decencia cuando hace cuarenta años no lo era. Así evoluciona la música, así evolucionamos todos. 

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