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Radiohead: Cómo desaparecer completamente

Radiohead: Cómo desaparecer completamente

Una banda que no pierde el asombro y la vulnerabilidad
Martes 10 Abril, 2018
Radiohead: Cómo desaparecer completamente

Desde que Radiohead irrumpió en MTV con los guitarrazos de ‘Creep’, y los potenció con ese soberbio opus dos llamado “The Bends” para luego asumir el liderazgo del rock británico de los noventa gracias a “OK Computer”, su estatus de “la mejor banda del mundo” nunca más se lo han podido sacar. Tampoco han hecho el intento. Es más, en cada paso que dan, no hacen más que alimentar la mística. Más de veinte años después,  Thom Yorke, Colin y Jonny Greenwood, Ed O’Brien y Phil Selway se han transformado en un culto. En unos artistas de constante revisión y permanente descubrimiento gracias a su máxima de no repetir fórmulas, sino que ir inventándolas. Indescifrables, emocionantes, políticos e inteligentes, lideran la forma de llevar adelante ese objeto del pasado que es una banda de rock y hacerlo actual e imprescindible.

No toda la música es arte. La música es un ejercicio fascinante que no se limita a aquella manifestación, así le dé mucho valor y diferentes formas para expresarse. Desde el inicio de los tiempos, la música ha servido al ser humano para muchas cosas que no necesariamente son artísticas. Ahora, el sincretismo entre arte y música siempre nos enseña muchas cosas. Radiohead es uno de los ejemplos más importante de los últimos tiempos, por la forma y por el fondo. Cuando aparecieron en la escena en 1993, eran una banda algo peculiar, de clase media acomodada de Oxford, con un cantante extraño y guitarras espesas que llegaban temprano al britpop. Sus canciones eran buenas, pero nada hacía pensar entonces que se convertirían en lo que son hoy: una banda importante. Fundamental.

Todo lo que han hecho está permeado por el arte – y por sus símbolos–, y toma más valor en nuestra época, donde parece evidente la diferencia entre un músico y un artista. Cada uno de sus discos se ha transformado en un descubrimiento constante, ya que el quinteto nunca ha abandonado el camino artístico y de experimentación, combinando sabiamente la estructura de canción con la investigación sonora (aunque, en muchos casos, sea considerado algo complejo y sofisticado). Además, esa postura no adhiere a ninguna de las necesidades del mercado, pero aún así, se alimenta de un mercadeo que permite que el arte sobresalga por sobre todas las cosas, sin perder un sólo peso en el proceso, porque en medio del afán que seguro deben tener de hacer dinero con lo que mejor saben hacer, no pierden de vista la importancia del arte como un mecanismo precioso de comunicación. Todo en la estrategia de Radiohead es artístico, independientemente del literalismo estético al que se ven subyugados por la misma crítica y fanaticada.

Vámonos veinte años atrás. Después de consagrarse con ese coloso llamado “OK Computer” (que parece no haber envejecido ni un segundo), se reinventaron como nadie más de su generación lo hizo. Prácticamente inventaron el streaming con el lanzamiento de “Kid A”, cuando Capitol decidió crear una aplicación online (iBlip) para que los fanáticos pudieran escuchar fragmentos de las canciones. Así, pensando el mundo digital y la rara vida moderna, extremadamente pública y misteriosamente anónima, se transformaron en un grupo que convierte cada edición de un nuevo disco en un acontecimiento.

¿Cómo sería desaparecer completamente? Radiohead retomó esa idea que plantean al inicio de “Kid A” (“el disco más esperado desde In Utero de Nirvana”, según la revista Spin) para armar el que fue su último regreso discográfico, “A Moon Shaped Pool”. Era el año 2016, y la espera se hacía eterna en nuestros tiempos de inmediatez. Pero hay un hábito del mundo analógico al que los ingleses no han renunciado, y es el de mantener –y fomentar– las relaciones largas y estables con los discos. Por supuesto, hicieron todo lo contrario a lo que el marketing digital de nuestra era híperconectada haría: desaparecer. Dejar todo en blanco. El gesto no puede ser más simbólico. Desaparecieron completamente de internet. La web oficial, el canal de YouTube, el perfil de Facebook, la cuenta de Instagram, la de Twitter de Thom Yorke, todo quedó en blanco. Limpiar todas las redes fue en realidad una manifestación artística única: en estos momentos de ruido, donde todos tenemos opinión, donde todos los músicos parecen depender de cuánta autopublicidad posible, ellos dejaron todo en blanco (tal como The Beatles lo hizo en 1968).

A la par con la búsqueda incesante de nuevas propuestas sonoras, de largos devaneos electrónicos y suites minimalistas a las que a veces cuesta encontrarles la melodía (en lo que ha significado su alejamiento de la canción “tradicional”, dejando atrás su impresionante facilidad para construir melodías y estribillos rockeros del tamaño de un estadio como ‘Karma Police’, ‘Street Spirit (Fade Out)’, ‘Paranoid Android’, ‘Just’, etc.), los británicos también siempre han pensado estratégicamente en cómo venderse. En publicidad.  Al usar el blanco en todas sus redes virtuales, generaron una expectativa enorme, aunque no hubo pánico con su desaparición, porque los fanáticos sabían que había música, pero era imposible no engancharse. Y con la velocidad con que desaparecieron, con esa misma rapidez, regresaron, para presentar un disco a prueba de críticos, con la secta de fans incapacitada para pensar en lo nuevo como algo menos que una joya absoluta.

Pero el blanco, en el arte, es también comienzo y final. Habla de vida y de muerte. La era del rock –tal y como lo conocemos– está en agonía. Ellos lo saben. Los indicadores (hasta ese entonces) habían sido tan explícitos como brutales: las muertes de Bowie, de Lemmy, de Prince.¬.. En ese contexto, Radiohead puso todo en blanco para revivir al tercer día con el canto de un pajarito animado hecho en stopmotion en el amanecer británico (y la madrugada sudaca) inspirado en la trilogía infantil Trumpton de los sesenta. Se publicaba el single ‘Burn the Witch’. Nadie se había dado cuenta, pero todos aquellos que estuvieron a la espera de esa nueva canción la amaban desde antes, motivados por la sola desaparición del grupo (las 20 millones de reproducciones que obtuvo el clip en YouTube sólo en la primera semana es el mejor indicador). La viralidad que causaron fue imparable, y lograron lo que muy pocos en el alicaído terreno del rock habían conseguido: pusieron a todos a hablar de Radiohead en medio de la era del pop, el indie, el R&B, la EDM. El efecto fue que muchos millennials se preguntaron quiénes eran estos locos que para mantener el vínculo con los fans, y mantener la espera de un nuevo lanzamiento con un encanto jovial, habían decidido esfumarse de las redes. Simple y creativo.

¿Cómo desaparecer completamente? Esa pregunta que Radiohead nunca se dejó de hacer mientras el mundo cambiaba y se llenaba de pantallas y liviandad, esa ausencia, provocó el efecto completamente opuesto en una era en que el olvido es constante y la memoria distante de la realidad de todos, donde desaparecer de lo digital es un absoluto despropósito para un músico que quiera en primera plana. Pero con los de Oxford es distinto: ellos no han perdido el asombro y la vulnerabilidad, no han dejado de evolucionar en lo personal, de vivir con intensidad y de pensar la vida, por eso su arte siempre es tan interesante y vale cada año de espera.

César Tudela

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