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Ozzy Osbourne: Los diarios de un loco

Ozzy Osbourne: Los diarios de un loco

El camino al éxito del Príncipe de las Tinieblas
Sábado 05 Mayo, 2018
Ozzy Osbourne: Los diarios de un loco

Cómo un artista musical que no domina instrumento alguno excepto su voz, se convirtió en una de las mayores leyendas del rock al conjugar el terror, la desazón, el caos y la locura con dosis de humor y francas descripciones sobre la condición humana. Demonios y ángeles habitan en Ozzy Osbourne, el Príncipe de las tinieblas, que se despide el próximo 8 de mayo en la pista atlética.

Por Marcelo Contreras

Randy Rhoads había muerto el viernes 19 de marzo de 1982 y Ozzy Osbourne figuraba el jueves siguiente en el late show de David Letterman. Con la mirada algo perdida, el cantante lleva el pelo teñido rubio escalonado y un traje oscuro -una combinación de rebeldía y orden que no encaja-, tal como se veían los rockeros en los 80 cuando les metían juicio por ser mala influencia y desfilaban en tribunales.

Letterman, con apenas dos meses al aire en un programa que se convertiría en un clásico de la televisión estadounidense, conversa con cierta condescendencia. No aborda a Osbourne como el cantante más emblemático del heavy metal tras su paso por Black Sabbath, y aún faltan 18 meses para que el género se convierta en un fenómeno pop gracias a “Metal Health” (1983) de Quiet riot. Solo hacia el final de la conversación el animador muestra algo de empatía mencionando el fallecimiento del extraordinario guitarrista, fundamental en su renacer artístico. A ratos trata a Ozzy como a un chiflado y no es tan gratuito. A fin de cuentas tiene enfrente al tipo que masticó a un murciélago (“me llevó mucho agua bajar la cabeza de ese maldito”, comentaría años después sobre la experiencia que le costó 24 inyecciones), y que decapitó a una paloma con sus dientes mientras firmaba el contrato que lo lanzó como solista con gran éxito.

Ante cada respuesta de Ozzy, Letterman emite unos murmullos que no son ni aprobación ni rechazo, sino la señal de quien encuentra absurdo lo que escucha y un poco incomprensible al personaje. De pronto Ozzy Osbourne despierta de su modorra.

- “¿Qué es ese ‘mmhhúm’?”, pregunta al animador.
- “Reflexiono la información”, replica Letterman.

Ozzy, el Príncipe de las tinieblas, sonríe de vuelta con todo el candor y la amabilidad del mundo. La tensión pasajera desaparece entre las risas del público.

No-soy-tan-estúpido.

Ozzy proviene de una ciudad ruda como Birmingham, un núcleo industrial donde el metal flota en partículas gracias a las usinas. El martillar de grandes máquinas marca el ritmo de la urbe. Era un adolescente cuando California exportó al mundo a los hippies con sus flores, sus drogas y los deseos de paz y amor. Lo único en común con esos chicos de la costa oeste y Ozzy se remitía al pelo largo.

John Michael Osbourne era disléxico, no tenía oficio, y fue a dar a la cárcel tres meses como el más torpe de los ladrones al dejar todo marcado con sus huellas dactilares. Su padre no movió un dedo para sacarlo y Ozzy mató el tiempo tatuándose unas sonrisas como dibujadas por un niño en las rodillas. Su fanatismo acérrimo por The Beatles lo acercó a la música a pesar de no dominar ningún instrumento excepto su voz y un poco de armónica. Junto a Morrissey y Michael Stipe pertenece al peculiar club de estrellas de rock incapaces de urdir un acorde o marcar un ritmo, aún cuando su hijo Jack asegura haberle visto tocar guitarra en casa, como su nombre figura tras los sintetizadores de 'Killing Yourself to Live' y 'Who Are You?', de la obra maestra “Sabbath Bloody Sabbath” (1973). Tampoco escribe sus letras y su fraseo en los primeros álbumes de Black Sabbath era rudimentario, limitándose a seguir a la guitarra. Asegura arrepentirse por el vacío instrumental aunque cree que lo compensa con un talento para la melodía, y porque “tengo la habilidad de estar en el momento justo”.

Sin las habilidades formales que se esperan de un músico, la grandeza y trascendencia de Ozzy radica en el personaje carismático que elige el terror como escenario, mientras conjuga la voz en un tono que representa espanto, desazón y melancolía, desde que describe a una figura siniestra en la canción 'Black Sabbath' y parece lloriquear aterrorizado ante su presencia, la desolación cocainómana para entonar 'Snowblind', la confusión existencial en 'I Don’t Know', y los augurios de colapso en 'Crazy Train'.

Crecimos mirando sus fotos y videos con expresión de lunático, imágenes con camisa de fuerza y colmillos de vampiro, los titulares gritando que orinó el monumento nacional El Alamo en Estados Unidos, que se jaló una hilera de hormigas con Mötley Crüe de testigos, o que tras unas botellas de vodka en la tranquilidad del hogar se acercó hasta su esposa Sharon diciendo “lo siento mucho pero hemos decidido que ¡tienes que morir!”, para luego intentar ahorcarla. Ozzy construyó un rol tal como los grandes actores y es tan bueno en su oficio que el público, antes de la era Internet, no podía distinguir a la persona del personaje. “A veces Ozzy es una persona infeliz porque una parte de mi es trabajar constantemente y comprender que a la gente le gusta lo que hago y lo respeta. Pero hay una parte a la que le gustaría irse a pescar y hacer lo que todo el mundo hace. Por lo que soy, por quien soy, estoy dividido entre Ozzy y John Osbourne (...) Ser Ozzy las 24 horas es duro. La gente espera que ande arrancando cabezas todo el día”. A pesar de las expectativas que enfrenta, la leyenda británica comprende que encarna una especie de ser universal. “Soy el hombre salvaje que hay en todos y lo que hago es encauzar esa violencia”.

Reinventarse es la palabra y Ozzy Osbourne lo ha hecho todas las veces necesarias. Una de las claves ha sido elegir a los mejores guitarristas disponibles en el heavy metal desde que alineó con uno de sus creadores como Tony Iommi, el renacimiento artístico en las manos benditas de Randy Rhoads, la posibilidad de continuar más que digno con Jack E. Lee, y el segundo aire que significó el arribo de Zakk Wylde. Incluso guitarristas menos rutilantes siempre fueron espectaculares como el subvalorado Joe Holmes en los 90, o el maltratado Brad Gillis, con quien Ozzy terminó la gira inconclusa tras la muerte de Rhoads.

Junto a su esposa Sharon tuvo la lucidez de ampliar su influencia como figura pop justo en el momento en que la calidad de sus discos a mediados de los 90 comenzó a decaer. En 1992 prácticamente inventó el truco de la gira del retiro que nunca es tal. Luego el Ozzfest -la mejor manera de revitalizar su presencia en audiencias más jóvenes y renovar al público-, y más tarde en el nuevo milenio encabezando la telerealidad con "The Osbournes". Incluso reinventó su matrimonio cuando se descubrió el affair que sostenía con su peluquera. Se declaró adicto al sexo y Sharon lo perdonó. Como figura creativa su música perdió relevancia hace más de 20 años en tanto el deterioro de su voz ha sido implacable. Pero Ozzy comprendió que su personaje permitía moverse más allá del negocio de las fronteras del rock pesado y representar una cultura completa.

Ozzy Osbourne es el heavy metal. Encarna sus decibeles, el pesimismo frente a la condición humana, los excesos caricaturescos, las caídas y los gloriosos retornos que le dan épica a su trayectoria. El guión de su vida es prácticamente perfecto. “Vincent Price actuó en muchas, muchas películas de terror. No vive en un castillo rodeado de murciélagos. Es un papel. Le doy a los chicos lo que quieren y yo soy lo que ellos quieren ser”.

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