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Otra mirada al debut de The Doors

Otra mirada al debut de The Doors

A medio siglo de su lanzamiento
Miércoles 04 Enero, 2017
Otra mirada al debut de The Doors

Y llegamos al 2017. Este año veremos cómo algunas de las obras esenciales del rock clásico alcanzan medio siglo: "Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band" de los Beatles o "The Who Sell Out" de The Who, entre otras. Entre esos discos, una subcategoría corresponde a debuts tan auspiciosos como "Are You Experienced?" de Jimi Hendrix o "The Piper at the Gates of Dawn" de Pink Floyd. El que nos concierne hoy es el primer álbum de los Doors.

Homónima, la ópera prima del cantante Jim Morrison, el tecladista Ray Manzarek, el guitarrista Robby Krieger y el batero John Densmore apareció el 4 de enero de 1967. Podría haber salido antes: la banda estuvo fichada por el sello Columbia en los meses previos, pero la naturaleza condicional y probatoria del contrato terminó ahuyentando al grupo, que no sentía mayor interés de parte de la compañía. Ni siquiera les ofrecieron un productor.

"The Doors" muestra a una banda que, pese a su juventud, en ningún caso sonaba como una panda de novatos. Si bien tendemos naturalmente a centrar nuestra atención en Jim Morrison, una figura que irradiaba carisma poético y magnetismo sexual, más llamativa aun es la extrema cohesión entre los instrumentistas del grupo, quienes daban la impresión de haber tocado juntos por décadas, pese a que los Doors partieron recién el año 1965.

Despreciado de forma comprensible por el embelesamiento que causaba Morrison, el don musical de sus compañeros es un factor a considerar a la hora de reintroducir a los Doors, de volver a evaluar sus méritos. Los críticos de la época nunca valoraron del todo a Manzarek, Krieger y Densmore, considerados los secundarios de una narración en la que el cantante era el único protagonista. Y esa limitada visión de las cosas se reforzó luego con el revival del grupo, coronado con la película "The Doors" de 1991, dirigida por Oliver Stone.

Los cincuenta años del debut de los Doors marcan el momento preciso para una pequeña reivindicación. Para que hablemos de las bondades de un grupo cuyo nombre se haría sinónimo del lado oscuro del rock, el de las drogas a destajo y las muertes prematuras. ¿Acaso pensamos en ellos como obreros alguna vez? La respuesta es un contundente no, pero resulta que la química musical inmortalizada en "The Doors" no salió de la nada.

Antes de que llegara la fama, los Doors eran unos desconocidos. Y como tales, debían hacerse un nombre de la única forma posible: trabajando y trabajando. Pasaron una buena temporada como banda de la casa en un tugurio californiano de mala muerte llamado London Fog. Ésa fue la zona cero; de hecho, la celebración del aniversario 50 de "The Doors" comenzó en diciembre pasado con el desempolvamiento de un show en aquel lugar.

La historia de ese registro, "London Fog 1966", delata la confianza que tenía Morrison en el futuro (la grabación existe porque él movió contactos en la escuela de cine de UCLA), pero sobre todo la personalidad del grupo en sus inicios. Es posible escuchar, en el reciente disco en vivo, cómo la gente conversa indiferente mientras el grupo realiza prácticamente un ensayo en vivo, testeando versiones de temas que se publicarían años después.

Fue un período formativo similar, en cuanto a aprendizaje, al de los Beatles en Hamburgo.  Del London Fog al Whisky A Go-Go (un local de mayor prestigio ubicado a pocas cuadras) y del Whisky A Go-Go al sello Elektra, cada hito de superación en la cronología de los Doors tiene que ver con su asombroso desempeño sobre el escenario. Deslumbraban a cualquiera que se dignase a prestarles atención, fuese un encargado de booking o el ejecutivo de un sello.

Testigos de la época aseguran que, en cierto punto, la soltura de los Doors era tal, que Manzarek, Krieger o Densmore tenían absoluta libertad para irse por la tangente de improvisación que quisieran: sabían que el resto podría seguir el hilo a ojos cerrados. En ningún caso se trataba de un don divino, sino simplemente de horas de vuelo acumuladas. Incluso el personaje decadente que interpretaba Morrison se fue puliendo así.

"The Doors" queda como testimonio de que el talento innato importa, pero la mejor forma de hacer que aflore es mediante la persistencia. Antes de ser considerados un producto de la contracultura californiana o la banda sonora del hedonismo, los Doors fueron músicos aplicados y  capaces de reponerse de un mal contrato con un sello, de las condiciones menos que óptimas del local donde tocaban y de la miopía del público. Que eso nunca se olvide.

Andrés Panes

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