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David Bowie: Nada realmente se va lejos

David Bowie: Nada realmente se va lejos

Desde Londres, el peregrinaje a los sitios sagrados
Martes 12 Enero, 2016
David Bowie: Nada realmente se va lejos

Ayer, muy temprano en la mañana, en el número 40 de Stansfield Road, en Brixton, dos ramos de flores, algunas tarjetas de condolencias (una con un dibujo de una estrella negra con un corazón en su centro), y una vela encendida, yacían tendidas en la húmeda entrada de una casa que, hace 69 años atrás, vio nacer y crecer a David Robert Jones, o mejor conocido para todos nosotros, como David Bowie. A pocas cuadras de aquel lugar, en Tunstall Road, un mural realizado en el año 2013 por el artista australiano James Cochran, retratando la icónica portada del magistral Aladdin Sane, de 1973, comenzaba ya a las 10 de la mañana a recibir a los dolientes fans, quienes buscaban aferrarse a alguna imagen de su ídolo, algo tangible en que volcar su dolor y su gratitud.

Con el transcurso del día, y al propagarse la triste noticia, la cantidad de peregrinos que acudirían al lugar, sacudidos brutalmente por ella, iría cada vez en aumento. Por la noche, la gente no sólo traía más flores y encendía velas, sino que entregaba ofrendas cargadas de intimidad, desde cartas, fotografías e incluso hasta dibujos, ya sea de Ziggy, del Rey Goblin, o del Delgado Duque Blanco, y más importante aún, su propia voz, como cantándole de vuelta a aquel que en sus múltiples mutaciones logró no sólo ser la banda de sonido de muchos, sino que formar parte de sus vidas. Jóvenes, familias con sus hijos, gente tal vez de la misma edad del ídolo, entonaban juntos “Life on mars?”, “Starman”, “Let’s dance”, “Changes”, o “Heroes”, mientras alzaban sus cervezas e intentaban retener las lágrimas. En una esquina, lejos del grupo más grande, un hombre de unos cincuenta años, oculto en la oscuridad, lloraba desconsoladamente. El viento frío de Londres era mucho más duro sin Bowie en el mundo.

A pocas cuadras de ahí, afuera del Ritzy cinema, en donde desde la mañana era posible leer el hermoso y a la vez desolador cartel “David Bowie, nuestro chico de Brixton, descansa en paz.”, una multitud, organizada a través de las redes sociales, comenzaba una fiesta callejera en su honor, con miles de fans congregados para celebrar el legado inmortal del alguna vez pequeño David Robert Jones. Desde esas mismas calles, el niño, el joven, aquél que logró convertirse no en una estrella más, sino que en el mismo hombre de las estrellas, finalmente vino a nosotros y voló nuestras mentes, tal como él temía. Locales como el Market House o el Prince Of Wales, estaban repletos, con filas enormes de gente esperando entrar. Algunos, bailando al lado de las ventanas “Fashion”, “Rebel Rebel” o “Under Pressure”, que se filtraban a todo volumen desde los bares, traían guitarras a cuestas, andaban pintados como Ziggy, usaban pelucas, o andaban disfrazados de la encarnación de Bowie que mejor manifestaba su interior, pues Bowie nos hizo a todos encontrar comodidad en lo extraño, en lo distinto, en todo lo que estuviera fuera de este mundo.

La imagen de Ziggy Stardust en movimiento, proyectada en un costado de la Brixton Library, en otro sector de la fiesta, en Windrush Square, parecía observar desde los cielos, omnipresente, magnética y, por cierto, omnisciente. Desde la ventana de un cuarto piso, en Rushcroft Road, un vecino sacó unos parlantes por su ventana, atrayendo a la gente que se encontraba cerca. Bailando en plena calle, como alguna vez lo hizo el mismo Bowie con Mick Jagger, el pequeño grupo comenzó a crecer cada vez más, gritando himnos como “Moonage Daydream” o “Ziggy Stardust”, clamando fervientes “Bowie, Bowie, Bowie” en las pausas entre canciones, chillando en “Andy Warhol”, saltando, alzando un árbol de pascua abandonado en “China Girl” o “Suffragette City”, resistiendo la melancolía en “Absolute Beginners” o “Ashes To Ashes”, y clamando a los cielos en “Space Oddity”, bajo las luces intermitentes de los aviones, diluidas en las nubes cual flota intergaláctica.

Mañana 13 de enero, se cumplirán cuarenta y cuatro años desde que Ziggy Stardust cayó a la Tierra, en el número 23 de Heddon Street, a pasos de Picadilly Circus, donde fue fotografiado por Brian Ward. Con su pistola de rayos en nuestras cabezas, David Bowie nos llevó con él en un sueño lunar, y se convirtió en algo más que un hombre, o un artista, en una fuerza. Su último disco de estudio, “Blackstar”, editado el mismo día de su último cumpleaños, el 8 de enero recién pasado, es el primer álbum donde decidió no salir en portada. Tras borrarse a sí mismo en el arte del anterior “The Next Day”, estamos ahora en frente a una estrella negra. Y no debería extrañar, pues una estrella tan masiva sólo puede convertirse en un agujero negro, y su gravedad nos atrapará por siempre.

Nuno Veloso
Fotos: Ticha Mercado

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